Días para el huracán

Hay piedras que caen y rompen todos los cristales a su paso y piedras que ruedan blandamente por un lecho de arena hasta detenerse, y lo hacen despacio, sin ruido, sin que nadie lo advierta. El mismo día que ha muerto Leonard Cohen ha muerto también Perico Fernández, un hombre que fue campeón del mundo. Suenan y suenan las canciones y los poemas de Leonard Cohen, lo hacen también dentro de mí, se pierde su voz por los pasillos de mis arterias, se amplifica su eco en los espacios más amplios de mi cuerpo, su voz ha sonado tanto y tanto tiempo dentro de mí que a veces la he confundido con la mía y cuando lloraba esa música lloraba yo y cuando se alegraba o se enfierecía era yo quien lo hacía, y si camina alguno de mis dedos cerca de los ojos acaba húmedo, pero a la vez que todo eso sucede alguien baila y se ríe y lanza un golpe y luego canta como si fuese una broma y cuando habla se traba, tartamudea como sucede cuando uno no sabe qué decir o lo atenazan el miedo o la sorpresa, y levanta los brazos, y el mundo en blanco y negro ruge mientras le roba la bolsa al hombre que levanta los brazos, un hombre que como Cohen tampoco logro quitarme de la cabeza, un hombre que se llamaba Perico Fernández. Algunas veces las piedras ruedan con estrépito y se llevan todo por delante, otras caen por pendientes solitarias, ocultas a la vista, y si suenan da lo mismo porque nadie está oyendo, nadie oye ya.

El boxeo está muy ligado a mi familia, uno de mis sueños siempre fue boxear. No hay violencia en el boxeo sino un profundo orden civilizador, respeto a las reglas y al otro y a uno mismo. El ring nos explica, pensaba yo, nos explica y explica el mundo y por qué el mundo cae con estrépito rompiendo todo en esa caída rugiente sin dirección cierta. Perico Fernández fue campeón del mundo del peso superligero en dos ocasiones, y no sé bien si se entiende eso, la importancia inobjetable de eso: en un mundo obsesionado por la victoria aunque sea a todo costa, un huérfano hijo de puta -esa era creo la profesión de su madre cuando lo abandonó en el hospicio en el que lo apaleaban las monjas para que fuese entrenando para la vida- fue dos veces el mejor del mundo y dos veces también el subcampeón: en la cima estaba él sólo con un ancho cinturón dorado. Mi tío había sido boxeador amateur, y en mi familia se respetaba a los que se movían la nariz como si fuese de plastilina, se respetaban las horas de comba y de hacer sombra, de repetir golpes con una mano atrás, de ensayar esquivas, el olor a sudor y vaselina y linimento, los nombres de los grandes más allá de sus posibles parodias, se respetaba a Uzkudun, a Pedro Carrasco, a Evangelista, a los hermanos Bisbal que habían compartido lona y risas con mi familia, a Legrá, a Velázquez, a Perico Fernández. Perico, el campeón del mundo, era tartamudo y hacía chistes y soltaba barbaridades entrecortadas por repeticiones de sílabas y la gente se reía, se reía de él, pero cada vez que salía en la tele y montaba el número o le hacían montar el número yo pensaba lo mismo que he seguido pensando siempre: ese hombre ha sido campeón del mundo, no había nadie más grande que él, quién de esos que se ríen de él no ha querido alguna vez ser el más grande, quién ha sido capaz de soportar los golpes como él, no los golpes arriba en la lona, no los golpes de un igual que mete las manos con respeto, sino los golpes de un mundo repugnante hasta la náusea. Ser un huérfano apaleado que quizás alguna vez ha pensado que el amor es que algo o alguien no te golpee o te insulte, quién no ha sido o se ha sentido huérfano alguna vez o no ha sentido que ese golpe era bajo o que se lo daba alguien que no era de su peso y que abusaba de él: cuando la gente se reía y lo siguió haciendo mucho tiempo, y yo creo que Perico Fernández se defendía con bromas cuando ya no podía hacerlo con golpes, devolver golpes, porque él era superligero y el contrario, el mundo, era un peso pesado, yo pensaba siempre algo parecido: respetad a ese hombre, ese hombre es el campeón del mundo.

_3_76bfd3bc

Cuando Perico fue campeón su país, el mío, España, era un lugar gobernado por la infamia, un país amaestrado, gris, feo, sucio, pequeño, lleno de huérfanos solitarios apaleados. Defenderte y salir y subir hacia la cima, eso era el boxeo, o lo eran los toros: un hombre contra fuerzas superiores que baila y golpea para intentar vencer una pelea, pero no la guerra, porque esa se pierde siempre, la guerra del tiempo y del respeto de los otros, porque la masa siempre respeta a los vencedores, los poderosos se rinden por momentos ante los vencedores y los adoran mientras los exprimen, y luego nada. Caída y nada, burla y nada, sordera, ceguera, y nada. Eso era el boxeo y era España y es España y es el mundo. La dignidad de uno solo frente a la indignidad de muchos por acción o indolencia: me temo que eso se parece demasiado a la vida que conozco. Yo veía boxear y leía sobre boxeo y oía sobre boxeo y soñaba con esquivar los golpes que suponía que me venían y con devolver algunos, y con que la pelea fuese entre iguales y que hubiese reglas y un árbitro, y en ello no hay violencia sino un profundísimo respeto a la idea de Justicia. Cuando por estupidez social se prohibió el boxeo en televisión no fue un momento para la esperanza: nadie dijo que ya no habría más peleas, nadie dijo No, los niños deben aprender bajo otras reglas. No. Lo que se dijo fue, La pelea será siempre desigual, habrá golpes bajos, no hay árbitro, no hay reglas, gana el de siempre, el de siempre pierde. Pierden los huérfanos hijos de puta, no hay esperanza para nosotros. La gente asciende sin méritos ni esfuerzo, pisotea a los débiles, abusa de los pequeños, la masa enfurecida adora a los vencedores y se burla de los caídos, pero no hay pesos que respetar y vale todo. No hay boxeo en televisión sino noticias de corazón y guerras y estupidez y comercio, y eso al parecer ha sido bueno porque gracias a eso al parecer ya no es el mundo ni es España un lugar gobernado por la infamia, un espacio amaestrado, gris, feo, sucio, pequeño, lleno de huérfanos solitarios apaleados de los que se ríe la masa cuando tartamudean por sorpresa pero sobre todo por puro horror.

leonard_cohen_cropped_1_jpg_627x325_crop_upscale_q85

Si quieres un boxeador subiré al ring por ti, canta Cohen en I´m your man. Todo el mundo sabe que los dados están cargados, todo el mundo apuesta con los dedos cruzados, todo el mundo sabe que la guerra ha acabado, todo el mundo sabe que los buenos perdieron, todo el mundo sabe que la pelea está amañada, los pobres siguen pobres, los ricos siguen ricos, así es como va, todo el mundo lo sabe, canta o recita o constata o reza Leonard Cohen en Everybody Knows La poesía es ritmo y medida y emoción y selección de la palabra que te dejará k.o, y eso también es el boxeo. En mi casa se respetaba a los boxeadores y se respeta la poesía, y ambos asuntos se parecen demasiado como para que yo no piense que son lo mismo, y que en mi visión del mundo, ya que no es posible que no existan los combates, que estos se midan y ordenen, que se pelee entre iguales y sin trampas, ya sería un motivo para mantener cierta fe en la utopía. Perico Fernández era un poeta, un rimador, como Cohen, como tantos otros. Cuando cantaba no tartamudeaba. Quienes se rieron de él, quienes no lo recuerden, quienes no sepan oír esa música, feos, sucios, grises, pequeños, nunca fueron campeones del mundo.

Anuncios
Publicado en Paseos | Etiquetado , , , | 1 Comentario

Un pequeño ensayo sobre la memoria como Exposición de Motivos

          Esta mañana nada más intentar abrir los ojos me he acordado del lechero que nos llevaba la leche a casa cuando yo era pequeño. Ni siquiera había abierto los ojos y seguía en la cama tratando de deshacerme de la sábana y la colcha cuando he visto la leche moverse dentro de la enorme cántara metálica en que nos la traía y cómo caía dentro de la lechera de casa mientras el hombre vaciaba a pulso y sin derramar nada el recipiente pesado; en la madrugada aún sin sonidos oía el rumor del líquido, en el que a veces flotaban algunas briznas de pasto seco, rozando y dando contra el metal. La oscuridad se aclaraba poco a poco en la habitación y estaba viendo a mi madre, cómo a veces mi madre bajaba la lechera y otras veces era el lechero el que subía a casa tirando de una lechera más grande que llenaba en la calle sacando la leche de otros cántaros aún mayores con un enorme cucharón. El lechero llegaba a la calle en carro, puesto en pie en él, en silencio, agarrando las riendas de un caballo sin lustre alguno. Yo no vivía en el campo sino en plena ciudad o mejor dicho en un margen de la plena ciudad, junto al mar, y veía llegar a veces si estaba jugando en la calle al lechero con su carro cargado de cántaras de latón grandes como hombres aburridos e inmóviles. No recuerdo su voz, no recuerdo su cara, pero sí la leche hirviendo luego en la cocina de casa y cómo mi madre me dejaba al cuidado de ver que no se fuese, y en ocasiones me despistaba y se producía un borboteo violento y repentino y una erupción blanca de espuma caía sobre el fuego. Yo miraba entonces aquel carro en la calle, aquel caballo inmóvil, solo mientras el lechero subía la leche, el brillo del latón alumbrando el crepúsculo de noviembre, sin saber que iba a estar acordándome de aquello mucho después, y tantas veces. Porque mientras me acordaba en el amanecer de hoy del lechero y del caballo tirando me he acordado también de que ya había tenido antes ese mismo recuerdo, y no había olores aún en la casa, lo que según Proust y las neurociencias habría hecho explicable esa persistencia del recuerdo y escribir varios tomos sobre él. Intentaba buscar la postura para incorporarme sin esfuerzo en la cama y he recordado que cuando dejamos aquella casa y nos fuimos a vivir al interior de la ciudad, también casi en otro confín de ella, el lechero estuvo viniendo una temporada a la nueva casa, pero ya no venía en el carro sino en una furgoneta blanca con las ruedas y los bajos siempre manchados de barro, y luego dejó de venir y mi madre comenzó a comprar la leche en bolsas, y a veces jugando en el recinto de los nuevos bloques me acordaba del caballo y del carro y de las cántaras y del lechero y de la leche subiendo en la olla sin que pudiese hacer nada para evitar que se desbordase en espumarajos. Y me he acordado de que hace veinte años también me acordé otra vez de todo esto y entonces escribí un texto sobre aquel caballo y aquel lechero y aquel olor a leche quemada. Estaba casi sentado ya en la cama intentando recomponer la postura para ponerme en pie, y he pensado que iba a escribir de nuevo unas líneas sobre el comercio de la leche en el barrio de Huelin de Málaga hace cuarenta años y sobre el sonido de la leche cambiando de recipiente, y me dolían al intentar levantarme las cicatrices y las fracturas ya acumuladas, eso que dicen que sucede con los cambios de tiempo, y es cierto, es cierto lo que dicen, cicatrices, fracturas recompuestas, todo duele precisamente por eso, por el cambio del tiempo, el cambio de tiempo, el tiempo.

Publicado en Paseos | Deja un comentario

Pelos. Eva Díaz Riobello, Isabel González, Teresa Serván, Isabel Wageman. Ilustraciones de Virginia Pedrero.

Pelos. Eva Díaz Riobello, Isabel González, Teresa Serván, Isabel Wageman. Ilustraciones de Virginia Pedrero. Páginas de Espuma. 2016

Confieso que me acerqué con mucha prevención a a este libro, y ello por varios motivos, todos supongo que igualmente estúpidos e injustificados: microcuentos, a cuatro manos -a cuatro, a cuatro, si sólo fuera a cuatro, pues no hay gente ahí metiendo mano; esto es una frase hecha, vamos, que se meten mano lo justo, ahí, no entre ellas, que no sé,  metiendo mano lo que exija el guión, diría-, y con dibujos. De modo aislado sólo soporto alguna de esas cosas y según la dosis. Pero como conocía algunas de esas manos -pero de vista, eh, sólo de vista, nada de que me hubiesen metido mano- y como conocía al editor de primera mano, y sé que, salvo excepciones de escritores malagueños, no publica gilipolleces, me dije, ¡Pero qué coño! -pero es sólo una expresión, eh, nada que ver con que la portada esté llena de mujeres-, y me lleve el libro a casa, curiosamente el mismo día que fui por última vez a cortarme el pelo.

Pues ahí está ese libro, Pelos. Vaya tela. No es una ocurrencia, o no sólo, o si fue eso un día se les fue de las manos -pero yo sólo las conozco de vista-, no son aquellos Senos o aquellos Coños, sino Pelos, y yo los veo caer cuando me los cortan o cuando me arreglo la barba o -lo demás no os importa, qué coño- -otra vez lo de coño no tiene bada que ver con lo de la portada llena de mujeres, es sólo otra expresión parecida a la de antes, yo soy muy mal hablado, estoy todo el día con el coño en la boca y sé que eso ha sonado muy mal y no era mi intención o quizás sí, vete a saber-, y ahora regreso a la frase y ya están los pelos por el suelo esparcidos y no pienso en ellos sino en limpiar, y cojo el libro y lo abro y me caigo para atrás y menos mal que son cinco las mujeres de la portada, coño, porque si se cortasen a la vez el pelo y el pelo cayese todo junto al suelo formaría un buen colchón y así el guantazo no es muy gordo. Pelos es muy bueno porque í y porque a mí me vence mis reticencias sobre los microcuentos -en general me pasa con los micros igual que con las novelas, que prefiero esperar a que hagan la película-, y porque me coloca frente a un fenómeno para mi incomprensible e inasequible, la escritura compartida. Yo soy para todo un furibundo individualista, y no comprendiendo ni muy bien -ni muy ni bien ni poco, creo- cómo se desencadena en mí el mecanismo incontrolado de la escritura, entiendo aún menos cómo pueda hacerse eso junto a otros -porque yo me sentaría y me pondría a hablar de otra cosa y dejaría la escritura de lado, me pondría a hablar de manzanillas y amontillados o de atunes o de imanes y a la mierda la innecesaria escritura-. Comprender, esa es mi idea benjaminiana. Me puse a leer Pelos y dije, Coño -otra vez-, qué cuentos tan buenos -y me olvidé que podían ser micros- y luego me di cuenta que al pie de los cuentos venían firmas y entonces me puse a jugar, así como quien tiene melena y se enreda por matar el tiempo a hacerse bucles, rizos, trenzas, me puse a jugar a ver si adivinaba de quién era cada uno y nada, nada, como en los juegos a los que juego habitualmente -que es ninguno, lo anticipo, es una frase hecha, un recurso pobretón-, venga a perder, y eso aumentó mi estupefacción y mi admiración, cómo se hace para que cuatro escrituras converjan, se hagan trenza en una quinta cabeza mechones que vienen de ídems distintas. Y digo trenza y no postizo, esto no es un postizo: esto es verdad, o al menos esa apariencia de la misma que está en los cimientos de la literatura -llámala verosimilitud, llámala sinceridad, llámala trenza-. Los cuentos -que no digo micros por prejuicio- por chicos que sean están sembrados de verdad y no arruinados por los chistes y destellos que a mí como lector me molestan de los micros, son unos señores cuentazos y yo no entiendo como cuatro personas consiguen ser una quinta, no entiendo qué han puesto y sobre todo qué han dejado por el camino, no sé si cuando uno hace eso se deja de lado elegante y sinceramente -con la convicción humilde pero firme que está en los cimientos de la literatura- o intenta por el contrario que sean los demás los que se aparten -pero elegante y arteramente, con esas maquinaciones que quienes nos aman nos permiten a veces-. No sé cómo puede hacerse eso porque yo no concibo la escritura en compañía, pero acaban de darme una lección de cómo puede hacerse eso, acertaba un texto y fallaba seis, y yo decía, Coño, otra vez que fallo.

Enormes cuentos chicos cargados de verdad, como si cada pelo que cae al suelo nos contuviese por entero -y lo mismo las historias esas del ADN son verdad y es así-, y entonces llegan los dibujos, y yo la verdad es que a estas alturas ya no me fío de nadie, ni siquiera de que esos dibujos sean sólo de una, porque aquí hay gato peludo encerrado. Los dibujos tienen esa delicadeza de las manos bajo el cabello recién lavado, cuando la mano se desliza y cuando la mano se atranca con el pelo grueso y cuando la mano sale al raso y roza con la piel que es orilla del pelo. Yo pensaba que me estaban tomando el pelo las cinco de la portada, coño, de Pelos, que era un divertimento poderoso pero sólo eso -y estaba esperando a ver si hacían la película – y me he acabado Pelos y he tenido la sensación de ser como esos colonos incautos y sobradillos a los que los indios, esos indios de puños a lo alto y melenas al viento o largas trenzas y la piel vibrando al sol toda músculo, tensión y sangre, les acaban arrancando el cuero cabelludo.

img_20161006_190732797

Publicado en Y lo volvería a hacer (lo de leerlo) | Etiquetado , , , , , , , | Deja un comentario

El jardín de la memoria. Lea Vélez.

El jardín de la memoria. Lea Vélez. Galaxia Gutenberg. 2014

Dice Imre Kertész -en una de las múltiples, casi infinitas respuestas a la pregunta- que se escribe para evitar que la historia nos despoje de nuestra personalidad y de nuestro destino. Eso hay muchas maneras de hacerlo, porque muchas son también las maneras de imponérsenos las historias. En el mismo texto en que parafraseo a Kertész, que es su discurso de aceptación del Nobel, él describe que tuvo algo así como la experiencia dionisíaca nietzscheana, la tentación de perderse en la masa, y que la eludió a través de la escritura. Creo que es obvio que existe un puente que tiembla mucho por el que se hace el tránsito de la experiencia a la escritura, y si hay un momento en que la pasarela cimbrea y marea pasar el puente es eso que se etiqueta como literatura del duelo.

Siento una extraña atracción por esa literatura confesional. Supongo que porque me paso el día anticipando catástrofes y disponiéndome para ellas, para llevarlas conmigo, a cuestas, en los bolsillos -esto eso, haciendo mala literatura-, me atrae del mismo modo que me repele. La abordo como un pez desconfiado, ya sé que es un cebo, ya sé que picaré, pero doy vueltas y vueltas hasta que me decido a dejarme pescar. Eso hice con El jardín de la memoria, de Lea Vélez, le di vueltas y lo fui dejando hasta que estuve seguro que iba a acabarlo del tirón, que es lo mejor que puede decirse a secas de los libros. Hay también en esas vueltas un cierto temor a penetrar en el pudor y la intimidad de los otros a través de la puerta más temible, la del dolor. Pero bueno, me digo, es la escritura la que lo ha puesto ahí, la necesidad de la escritura de quien se llena los bolsillos, y a su pesar, de eso, el dolor, la muerte. Su necesidad explicativa o comprensiva -y aunque no se logre, porque no se logra, es inconsolable esa necesidad-. Y entonces me pongo y me acabo los libros de un tirón como he dicho, como quien se toma una pastilla o una medicina, que pase pronto, Que me cure.

El jardín de la memoria es un relato administrativo, y creo que es la primera vez que asigno al adjetivo un significado elogioso. No existe en él ese llanto histriónico y gritón que tanto rechazo me produce en la vida real, porque creo que el dolor es tan poco describible que ciertos silencios se imponen, y cuando el griterío surge me produce la sensación de que en ello lo que late es una profunda ignorancia del lugar del dolor y la muerte en nuestras vidas, de la necesaria conciencia sobre ello. A poco que uno tenga años y haya visto morir a gente ha visto estas cosas: alguien grita y se araña y alguien llega, lo abraza, lo calma y donde lo conduce es al silencio, un silencio acompañado y acurrucado. Y luego está esa gente, la que prefiero, que llora a solas en los coches o los sofás o los baños, que digiere como puede, que regresa con los ojos hinchados y hace por sonreír porque el dolor mayor no es el propio, sino el del otro. Por eso digo que este libro es felizmente -dudo si escribir esta palabra- administrativo, porque la historia, que es una historia común como otras tantas a las que el paso del tiempo despoja de existencia, es conocida, tanto como pueda serlo cualquier otra, el marido de la narradora está muriendo de cáncer, muere de cáncer, y la narradora la cuenta para administrar su dolor, el propio y el de los otros, el de quien se va y el que queda guardado en cajas para ella, para sus hijos, y ello en una familia en la que la experiencia de ese paseo es repetida, a través de un antecedente familiar reconstruido a través de fotografías. La narradora, la narradora que es Lea Vélez, tiende puentes entre ambas historias y con una historia que marca el momento más doloroso de la civilización occidental, las fotografías de Francisco Boix, el fotógrafo de Mauthausen, porque como dice Kertész, también refiriéndose al Holocausto, el dolor de los otros debe ser contado para que el tiempo y la historia no lo despojen de existencia y no sirva para nada. La narradora está obsesionada con escribir sobre Boix al tiempo que su historia personal se escribe a su pesar, y esa superposición de temas e imágenes, esa sedimentación, es la que nos define cuando decidimos sobrevivir contando.

No hay, como digo, un alarde de pirotecnia efectista, felizmente -dudo de nuevo si escribir la palabra-, sino un relato en el que una mujer va a la compra o al médico o cambia el estado de la casa para albergar una cama articulada. Hay un punto notarial en todo ello que me resulta más doloroso a mí como lector que si hubiesen volcado centenares de adjetivos huecos. Ese despojarse de adjetivos propios produce el relato de la marea en que flota el ir y venir de las historias que se cuentan, lo no dicho por indecible, porque para qué, si quien lee no sabe leer qué es eso aunque las palabras no estuviesen allí, para qué. Voy a regresar a Kertész. Determinados sucesos siempre están en presente, y este es uno de ellos. Uno los enfrentará siempre en presente. Los sucesos capitales, la muerte del otro, no pueden ser cambiados una vez que ocurren. Los contamos como una novela negra o los contamos como un folletín, pero hay una tercera vía, que es esta, la de Lea, la enumerativa, porque cuando uno cuenta, enumera, hace listas, advierte el mayor peso de lo que falta y siempre faltará en esa lista. Dice Kertész, que estoy seguro que se habría llevado estupendamente con Lea, que el duelo no solamente guarda amargura, sino unas reservas morales extraordinarias. Decía Kertész que es el amor lo que le ha salvado y le mantiene con vida. Eso es El jardín de la memoria, una carta de amor, un acto moral extraordinario. Lea Vélez, la autora, la narradora, se convierte sin querer en paradigma, el de las mujeres que lloran mientras arreglan una puerta y hacen la compra y que sostienen el mundo que los hombres creen haber construido. Y yo quisiera que ella jamás hubiese tenido que escribir ese libro.

14088487_1030115840434941_795211156269519052_n

Publicado en Y lo volvería a hacer (lo de leerlo) | Etiquetado , , | Deja un comentario

La hora violeta. Lo que a nadie le importa. La España vacía. Sergio del Molino.

La hora violeta. Sergio del Molino. Mondadori. 2013. Lo que a nadie le importa. Sergio del Molino. Random House.2014. La España vacía. Viaje por un país que nunca fue. Sergio del Molino. Turner. 2016

 

Me había impuesto hablar de dos libros, uno de ellos una novela, entendiendo como novela todo lo que no sea un libro de cuentos o que no lleve los renglones con mucho sangrado -entonces se llama libro de poesía: es como un libro de cuentos, pero el tema de cada pieza se ve mucho menos-.

Yo hablo poco de novelas porque me gustan más los cuentos, pese a que he leído muchas novelas. Supongo que porque la mayoría de las novelas más contemporáneas me cansan, los personajes pasan mucho tiempo pensando en quién va a hacer su papel en la película -y eso, incluso hablando de literatura y no de subproductos de autoyudapseudohistóricosentimentosexualesmarcablanca-, y los autores dejan mucho espacio al estupendismo en sus páginas. Echo de menos mucha sinceridad en ellas, que la gente meta vida y se juegue la vida en ellas, cosa que sí encuentro con más frecuencia o en un mayor porcentaje en los cuentos: echo de menos que los textos tengan corazón. Cualquiera puede tener técnica, el oficio se aprende, las fórmulas son objeto de vending tallereto, con todo lo que hay ya escrito es fácil copiar o recrear hallazgos, pero amigo, tener corazón, poner corazón -y más aún, tener cojones, echarle cojones o coño al asunto- eso ya es más difícil. Tener raza, hostia, eso no se aprende ni de coña.

Hay un más allá: saber que la única salida que te queda, además de tener raza, además de tener corazón y escribir con corazón, con sinceridad, y con los dedos ensangrentados de vida, es hacerlo. Que no te queda más remedio que hacerlo. La inevitabilidad.

Yo creo que en esa categoría está Sergio del Molino.

Anticipo que no conozco a Sergio del Molino, aunque parte de esto, una parte chiquitilla, sí se lo he dicho en un par de mensajes que le he mandado, por si me daba un infarto corriendo y se me quedaba esto sin decir y mi cadáver era menos bello por eso -una mierda me va a dar un infarto corriendo, que estáis chalaos (y algunos gordos); eso da por quedarse en el sofá-. Es más, yo llevaba un año evitando a Sergio del Molino, porque sabía que podía pasar esto.

Y ha pasado.

Yo había leído de Sergio del Molino sólo un cuento, en Madrid-Nebraska, la antología del viajero Sergi Bellver, que tampoco me entusiasmó. Y ya está, no había leído nada más; porque me había recetado: del Molino, ni de lejos, y tenía yo mis motivos. Pero mi amigo José Antonio, de la librería Luces -Luces es como mi salón pero sin tele y por tanto sin el disneichanel: vamos, como debería ser mi salón- me cazó llenando la bolsa de provisiones para el mes de agosto -digresión uno: pensaba pagarlos- -digresión dos: provisiones para agosto de 2063, hasta entonces tengo cubiertas las necesidades con las compras anteriores- y me dijo: ¿si te hago un regalo te lo lees? Y yo que soy agradecido le dije que Claro.

Pa rechazar regalos de libros está la cosa.

Y va el tío y me trae una novela de Sergio del Molino: Lo que a nadie le importa. Y le dije: hostia -lo sé, uso muchos tacos: los tacos evitan que se me salgan de la pared los argumentos cuando los cuelgo ahí; sin tacos va Chéjov y saca un clavo para usarlo al final de un cuento que acabará traducido por Paul Viejo, y cuelga al personaje del clavo, y se sale el clavo de la pared por no llevar taco y el personaje sobrevive al suicidio y se le jode el cuento a Chéjov, pero no la traducción porque Paul lo traduce todo, y lo mete en una adenda final en el cuarto tomo de los cuentos completos. Y todo esto por poner hostia, si fuese menos mal hablado una digresión menos: cosas del uso excesivo de los tacos como recurso estilístico -. Ahora tengo que retomar la frase sin digresión: hostia, le dije a JA, Sergio del Molino, ¿tú has leído La hora violeta? Yo no tengo cojones de acercarme a ese libro.

Pero vayamos por partes, Jack the Ripper said. Allá que me fui yo con las provisiones y la novela de Sergio del Molino. Leí la contra y salía la guerra civil -la pongo con minúsculas- y eso me mosqueó porque forma parte del manual de estilo novelero postcontemporáneoespañol la obrita sobre la guerra civil. Pero luego leí que salía El Corte Inglés y eso me animó, porque ECI es la maría y la cocaína y el alcohol y los productos terminados en zepán, todo junto y legal, del capitalismo español, el cóctel verdiblanco de la felicidad de la clase media y media alta, la ilusión de fugarnos de la eterna provincia en que agoniza España.

Pasaba agosto y leía a John Berger y a otros amigos y corría en las madrugadas y nadaba de boya a boya y me negaba a escribir más en mi vida, y eso se parecía a la felicidad. Y entonces abrí el libro de del Molino y leí: Éramos pobres, pero teníamos Francia.

Y se armó, vaya si se armó.

Lo que a nadie le importa es la novela que yo quisiera escribir si no me quedase más remedio que escribir una novela. Así lo digo. Escrita desde una mirada radicalmente individual, una novela sentimental sobre cómo pueda ser el dolor oculto de un hombre que quiso ser otro, reconstruido por quien apenas nada sabe de él -como pasa siempre en las familias-, y precisamente por eso la novela más universal que se ha escrito sobre la guerra civil y sobre la cultura de hacer colas que este país arrastra desde Lepanto. Los libros te atrapan por varias vísceras, pero sólo me interesan, ahora que me hago viejo y guapo, los que te cazan desde esa apuesta emocional de alto riesgo. Ese es un libro que tarda años en larvarse, en crecer, en construirse, como todos los excepcionales. Y si hablo de estructura, hombre, ponedlo en los cursos esos que hay por ahí de termomix literaria, esa aparente facilidad de planos permeables es orfebrería pura. No decae, no se acaba la fiesta citable, y uno está leyendo entre espejos que le explican quién es y qué somos y qué es esto. Si las bandas de desgraciados que cobran por representar la soberanía popular leyesen libros como éste, si las bandas de desgraciados que votan a esas bandas de desgraciados -no hago exclusiones, no tomo prisioneros- leyesen libros como éste, no hablaríamos de España sino construiríamos España, porque hablaríamos de decencia en un país indecente, de moralidad en un país inmoral, no haríamos colas de izquierdas o de derechas sólo porque ya hay un tipo ahí y no nos gusta señalarnos y es mejor ir detrás y por eso siempre vamos a la cola en una cola y no asumimos el riesgo de ser el primero en el peligro de llevarte la guantá. Yo creo que Lo que a nadie le importa es un gran libro de historia, de Historia, sonrojante. También es eso.

Yo leí hipnotizado Lo que a nadie le importa. Luego le puse un mensaje pequeñito de hombre pequeñito como soy yo a Sergio, que es un gran hombre. Esas cosas, gran hombre, buena persona, apenas se dicen, y yo creo que no se puede aspirar a nada más ni mejor.

Y luego dije, bueno, de perdidos al río. Ya intuyes por dónde va a ir esto y cómo acabarás. Pero hay que hacerlo. Y me hice con La hora violeta.

La hora violeta es el libro que nadie debería tener que escribir, el peor libro que nadie debería tener que escribir cuando esto de escribir es irreductible inevitabilidad -si no lo es, mejor dejarlo pronto-. Yo soy incapaz de describir para quien no sepa qué es La hora violeta qué libro es: usad gúgel. Es un himalaya de amor y de dolor, y no siento que yo sea capaz ni adecuado ni digno para resumir más ese libro terrible y hermoso. Sólo apuntaré que Mortal y rosa no me pareció tan mortal como lo es La hora violeta, quizás por una cuestión de disposición personal -no era padre ni pensaba serlo cuando leí Mortal y rosa-, pero también porque hay un despojamiento, una limpieza de adjetivos en La hora violeta que no hay en el libro de Umbral. Cómo adjetivar cuando estás frente algo que ya como sustantivo seco contiene una adjetivación tan apabullante como para fundir una supernova. Yo no quería leer La hora violeta porque presumía que me arrastraría a una oscuridad donde ni quise pensar como sería estar cuando intuí de lejos que quizás podía estar, pero Sergio del Molino es tan elegante que no lo permite, y te tiene en pie mientras él está de pie. Y al final no, claro, al final hay que caer, y llegué a la página 188 y tuve que salirme del salón e irme a la cocina a oscuras a respirar y llorar, porque nada hay más radical ni hermoso, no hay amor más grande, que el final de esa página.

Así que ya está hecho, ya está leído el libro que yo no quería leer por muchas razones, algunas evidentes y otras privadas, uno de esos de los que uno nunca sale igual que entró y que cuando te hacen una resonancia y te sale una mancha en el corazón y amplían mucho la imagen de la mancha para saber qué es eso resulta que es ese libro. Hay que tener raza y todo lo demás, hay que ser un corazón que palpita y palpita para tener los cojones de, cuando uno está ante ese abismo y la escritura le es inevitable, y pese a eso, ponerse y escribir un libro así. Ese es el genuino más allá.

Al haber leído los dos libros en orden inverso a cómo se han escrito uno puede concluir, no hay que ser muy listo y yo no lo soy, y sin haber leído otra cosa más que aquel cuento en Madrid-Nebraska, que obviamente nada va ser igual ya en la literatura de Sergio. Yo creo que la mirada que -iba a escribir por desgracia, pero no estoy seguro de que deba escribirlo- ha encontrado y afinado en esos dos libros no va a abandonarlo ya nunca, se ha colocado en ese no lugar donde sólo están los que, como decía Gil de Biedma, han amado mucho. Un lugar de enorme riesgo, pero es que no hay otro lugar ya en este sucedáneo de la vida que es la vida.

Y voy a atreverme a aventurar algo más, desde esas dos lecturas: Sergio del Molino es un escritor de los que merecen ese nombre porque lleva barba, y como Poli G. Navarro me dijo un día, los escritores llevan barba -véase la pestaña de Imágenes en gúgel también-; pero además, dejándome llevar por un prejuicio ignorante y mercadonero sobre las contaminaciones de la biografía, me parece Sergio del Molino una buena persona, de los que honra conocer. Después que dicen de uno que es una buena persona ya no se puede decir nada más.

Adenda.

Escribí las líneas anteriores en septiembre de 2014, tras leer esos dos libros y antes de conocer brevemente en persona a Sergio del Molino. Luego el tiempo cobra piezas, y una de ella ha sido el nuevo libro de Sergio, un ensayo literario -es decir, no es aburrimiento mortal de datos, cifras y frases ampulosas-, La España vacía. Viaje por un país que nunca fue. La España vacía incluso ha creado una categoría periodística, la de esa España vaciada con la huida a la ciudad que ya sólo se llena a veces en puentes y vacaciones rurales -crear una categoría es propio de gente con talento desbordante, gente que no tiene más remedio que hacer eso, que casi diría que tiene la obligación moral de hacer eso-. De nuevo una historia de dos Españas, un mantra en el tiempo de un país cosido de mala manera por quienes tenían asignado hacer que esas costuras se viesen lo menos posible. Ese ensayo es el relato de un viaje, el viaje de la mirada de Sergio por carreteras bacheadas que te transportan en el tiempo y en en el espacio a la España que a (casi)nadie le importa. Y es igual, es igual, es la mirada reconocible y afinada de un hombre que cuenta el lugar que habita, como antes ha contado el cuerpo y el tiempo. Tres libros corriendo en la misma dirección, escritos engranados, piezas de un montaje identitario, el propio, el de los otros, el de nuestra relación con el otro y los otros. Tres libros de un escritor que merece el nombre, un hombre que merece el nombre, una muy buena persona.

img_20161002_110016483

Publicado en Y lo volvería a hacer (lo de leerlo) | Etiquetado , , , | Deja un comentario

Carta a Javier Morales sobre sus OCHO CUENTOS Y MEDIO.

Ocho cuentos y medio. Javier Morales. Editorial Baile del Sol. 2014.

Yo no creo, caro Javier, que vaya a completar ningún medio cuento más a cuenta de tus “Ocho cuentos y medio”, como pides en la Nota del Autor al inicio de tu libro; no. Sabes, yo -que soy un hombre pequeño que corre por sensaciones y apenas sabe decir nada inteligente sobre sus lecturas o sus entrenamientos-, no voy a hacerlo, porque nunca lo he hecho. Cuando oigo a esa gente que a veces lee quejarse con cierto gozo de que los personajes y las historias se separen de ellos, la mayor parte de las ocasiones no entiendo de que están hablando; yo no querría todo y a todo y a todos todo el tiempo junto a mí, y nunca me pregunto a dónde van o qué harán las gentes y las historias cuando no estén conmigo, si desaparecen o si aspiran a permanecer en el aire como el salitre y como las piedras en la playa. Lo más que yo hago, Javier, es recoger a veces piedras en la playa; uno de los porqués de esa conducta es una historia que no es de esta carta, pero baste decir que recojo una piedra blanca, lo más pulida y perfecta como piedra que vea, y la guardo, la hago pesar en la mano a veces, la miro algo de lejos, y luego, un día, la tiro, me olvido de ella y la tiro o la tira alguien por mí cansado de verla por ahí, molestando. Por un algún motivo ha sido estar leyéndote y acabar pensando en esas piedras que recojo en la playa a veces. Ocho cuentos y medio, ya lo han dicho otros a los que no soy digno de atar la sandalia, es un libro honesto; iba leyendo y ese era el sustantivo que tenía en la cabeza, honestidad, y quizás por eso me acordé de esas piedras. Me gusta que me coja la historia en medio, y no saber de dónde ni hacia dónde sino sólo eso: creo que eso es un cuento, ese estar en medio de la nada e improvisar la obra, y creo que los cuentos, como la vida, no tienen un final sino que sufren un apagón, y esa oscuridad, incluso esa elipsis, la desnudez, son el cuento y son la vida. Pero como no me importa nada de lo que suceda antes sino sólo ese momento de deslumbramiento, de cierta epifanía de barrio, ni en tus cuentos ni en los de nadie, yo no hago nunca por continuarlos, no quiero saber nada de a dónde van las gentes a los que les han tomado la casa. Por eso, amigo mío,no puedo hacer nada por ese medio cuento: no sé hacerlo, ni quiero hacerlo. Sólo puedo darte las gracias por haber escrito ese libro y haber hecho que lo hiciese pesar en las manos, y pedirte disculpas por si en mi ejemplar tacho lo de “y medio”, y lo dejo en “Ocho cuentos”, nada menos, tan salingeriano pero uno menos en Canarias, y vuelvo a como hago siempre dejar la cosas importantes sin hacer.

Un abrazo grande

Felipe R. Navarro

P.S. ¿Sabes si al corrector de la editorial le quedan muchos más días de vacaciones acumulados?

ocho-cuentos-y-medio

Publicado en Y lo volvería a hacer (lo de leerlo) | Etiquetado , , | Deja un comentario

El gesto espejo

Desde finales de septiembre de 2011, en que tras una mala media decidí dejar de correr y así estuve unos dos meses, en los que incluso Teresa acababa primero animándome y luego conminándome a salir y yo simplemente me negaba y me daba la vuelta y me marchaba de la conversación, no había estado nunca tanto sin correr como estos últimos 23 días. No desde luego voluntariamente, ni tampoco obligado por una circunstancia adversa. Sí es cierto que bajé el ritmo desde enero de 2014; no he perdido de vista la intensidad, pero salvo algunas excepciones no he corrido con ella: las razones son varias pero el resultado es uno. Esta mañana me he levantado sin prisa, me he vestido sin prisa, he metido las plantillas a las zapatillas nuevas, y ha sido al ponerme el reloj cuando me he dado cuenta de una cierta imposibilidad de que salir esta mañana fuese como otros días; no podía dejarme el reloj sobre la cicatriz fresca de la muñeca, así que me lo he cambiado de mano. Sin apenas fuerza en los dedos pulsaba mal y erradamente los botones, que decían otra cosa en la pantalla que lo que buscaba o no generaban acción alguna. Tampoco podía sujetarme bien la pierna derecha al estirar, y he optado como estos días por hacerlo, también esto, con la izquierda.

La temperatura era buena para un agosto, me encontraba bien. Pensaba que la vibración o los impactos harían eco en la muñeca, pero no. Así he ido avanzando por las avenidas, cómodo en el asfalto y vencida cierta aprensión. No tenía que mirar el reloj porque me conozco demasiado como para no saber cómo iba. Al llegar a un cruce un coche ha aflojado para que yo pasase cómodo, y he alzado la mano del braceo para agradecérselo al conductor, y en ese gesto me he dado cuenta de nuevo que algo me seguía siendo extraño, porque la mano que he levantado abriendo mucho los dedos para darle las gracias era la mano del reloj, la izquierda. La otra, la mano al otro lado, ha fingido que la cosa no iba con ella, entrecerrado el puño, yendo y viniendo y dejando ver en el bamboleo la estela blanca del esparadrapo que me había puesto para que al costurón retorcido y enrojecido no le diese el sol. La mano derecha de un diestro algo torpón ha acabado estos días por aceptar su papel provisional de mano izquierda -sin una clara conciencia de que fuese una situación transitoria, abriendo la puerta a la especulación de nuevos estados inamovibles, claro, cómo no ceder a esa tentación- y se ha empeñado en mostrarlo a las claras, no ayudando con el reloj, no siendo cortés. Sólo acompañando, como nos acompañan los gestos que hacemos frente a los espejos. Fingiendo que son el gesto, en vez de ser tan sólo eso, reflejo, falso gesto al otro lado, gesto sin espesor, gesto espejo.

Tras haber salido el libro mucha gente y de maneras muy distintas me ha preguntado si seguía escribiendo -después de preguntarme antes por qué había antes dejado de escribir y por qué había vuelto a hacerlo-. Por lo general a todo el mundo he dicho lo mismo, No. ahora No. Si alguien ha ahondado siendo alguien a quien estime he ampliado la razón de la negativa. No, no estoy interesado en ello, no he perdido de vista la intensidad, pero salvo excepciones ya no lo hago con ella. He parado, estoy parado. Hoy sentía la necesidad de correr, tenía la necesidad y la ilusión, entendía que hacerlo era ineludible y que podía llevarme a otro lugar por el que me interesase pasar, pero no tengo esa misma sensación frente a la escritura, y yo corro y escribo, lo he dicho también bastante, por sensaciones. Incluso de modo literal a alguna pregunta sobre el interés futuro de mi escritura he contestado que sí tenía ilusión en volver a correr un maratón con la plena conciencia de estar ante un suceso único, ante un gesto necesario, pero que esa misma ilusión no la tenía respecto a mi escritura. No me hace falta mirar el reloj de la escritura para saber cómo voy, o cuando no voy, y ahora sencillamente no voy, como no he ido durante meses al correr. No ha sido correr en ese período un gesto gratuito porque cumplía otra finalidad, pero sí sé que puede serlo la escritura, y desde luego cierto tipo de exposición pública de la parte más elaborada de esa escritura, y ante esa posibilidad hago como cuando Teresa me preguntaba por qué no quería salir a correr. Al contrario que entonces, ahora la carrera no ha sido mala sino que ha salido algo inesperadamente bien, pero mi respuesta es la misma; digo Porque no, y me doy la vuelta dejando la conversación.

Estos días atrás me preguntaba al volver del hospital cómo lo haría para algunas cosas sin contar con la dirección de la mano derecha. De modo cada vez menos torpe he recreado los gestos que antes hacía con la derecha, y ahora casi de modo instintivo ya los hago con la izquierda. El tiempo continúa avanzando y yo me ducho sin problemas con una sola mano o me corto las naranjas para el zumo. La existencia de ciertos órganos duplicados es un signo del extraordinario diseño humano, supongo, en evitación de que determinados gestos devengan de pronto imposibles. Gestos diarios, vitales -de una cierta cualidad de lo vital-, e inapreciables casi si uno no se detiene de modo previo a generar ante ellos un interrogante y a hacer visible después una reflexión; coger un plátano, distribuir el aire, filtrar impurezas, contemplar una avenida vacía, hacerte con el silencio de esa avenida, caminar por ella. Cuando uno no puede hacerlos del modo habitual genera una nueva rutina que integre ese gesto recreado, esto es, vuelto a crear. Pero vuelto a crear ya no es el mismo gesto, no es el espejo del anterior, no es su reflejo, sino otro. Es otro, y el gesto anterior, que ahora ya es otro también, simplemente deja de existir, se transforma en recuerdo. El nuevo gesto se integra en nuestra vida, la coloniza de modo silencioso, se instala en ella sin un mal gesto salvo alguna torpeza inicial, y ya no volvemos a saludar con la derecha, y al cabo tampoco lo echamos de menos aun cuando sea por mera supervivencia de la memoria, que si sólo acumulase nuestro dolor acabaría por hacernos estallar.

Sí es cierto que para algunos gestos no hay remedio cuando dejan de poseer un aparato motor. El corazón se para, y no hay vuelta atrás. O el hígado. O el páncreas. O el cerebro. Si algunas cosas dejan de hacerse la situación se vuelve insalvable, no es sustituible una rutina por otra, pensaba mientra corría. Pero ahora estaba haciendo los gestos de la mano derecha con la otra, y entonces la otra pasa a ser la derecha, y no pasa nada: el fingido orden natural del mundo no se altera, y en unos días pulsaré con naturalidad los botones y la pantalla del gps en carrera me dirá lo que quería saber. La importancia de algunos gestos es impostada, es, claro, una ficción, edificar sobre lecho de arena un significado para un signo sin importancia y destinado al pronto olvido. Pensar que algunos gestos vayan más allá de su dilución sin memoria, sin dejar estela alguna, en la rutina, propia o de otros, posee cierta tensión totalitaria. Nuestros gestos se destinan a la construcción de una suerte de arqueología, y a mí se me hace poco comprensible que ciertos gestos míos innecesarios puedan acabar en un hoyo junto a los de otros, ocupando el espacio de otros sí necesarios e ineludibles, modificando -manchando, arruinando- la imagen que de los otros y de uno mismo esa contemplación de restos produce a través del relato. La escritura tiene para mí ese componente irrenunciable de necesariedad de comprensión, y si no está presente no veo el motivo para repetir un gesto, esto es, para integrarlo en mi rutina. No me poseen ahora de ese modo las historias, no siento ni la pulsión ni el interés. Algunas cosas se repiten y se acumulan, pero la caja tiene aún espacio de sobra, no está colmada ni mucho menos: no necesito ordenarla. No quiero colocarme frente a otros como el mimo que finge ser nosotros y especularmente nos repite para hacer la gracia o molestarnos, porque a mí eso me molesta, porque el tiempo corre en el reloj pero no corre para siempre y algunos órganos dejan de funcionar de pronto y ya no será posible el regreso. Esencialmente y por moral kantiana no quiero colocarme así frente a mí mismo, fingiendo ser yo, recreando sin carnalidad una apariencia de vida, porque la literatura es la vida o no es nada y nada significa. Uno escribe y se disuelve en el río junto a muchos, es parte de esa corriente, pero uno no debe, no debiese, contaminar esa corriente. El hombre con ciertos trastornos cierra viente veces la puerta antes de salir de casa, pero el fin ya está cumplido cuando la puerta se ha cerrado una vez, por vez primera: el resto es gesto gratuito, compulsivo, innecesario, mero reflejo, vanidad, pura nada, se disuelve sin peso ni recuerdo ni memoria o lo que es peor, como recuerdo risible. Iba corriendo con todo eso en la cabeza y con buenas sensaciones, repitiendo gestos a sabiendas de lo que son, de lo que significan, de lo que los antecede y lo que los continúa o quizás continúa, qué sucede si no se hacen de nuevo, o qué no sucede ni a nadie importa. Iba corriendo por una calle llena de jazmines que desbordaban las vallas de los casas y caían sobre la acera, y a ratos estar haciendo eso de nuevo tras un parón forzado me ha parecido extraordinario. Han sido sólo treinta y seis minutos, apenas siete kilómetros, pero no estaba repitiendo nada que hubiese ya antes hecho, no era un eco; corría con la ilusión de estar haciendo algo nuevo.

rider 19 osaka

Publicado en Paseos | Deja un comentario