Carnicería España

Hace como veinticinco años pasaba casi cada día paseando junto a una carnicería. Me llamaba la atención su fachada, fea y fría, alicatada sobre un edificio bajo y feo pero cálido, que me daba la sensación de estar atestado de gente viviendo en sus pequeñas casas; uno de esos bloques de tres plantas sin ascensor de los años cincuenta del siglo pasado. La carnicería se llamaba España, y cuando pasaba frente a ella solían ser horas en las que estaba cerrada, apenas recuerdo haberla visto abierta cuatro o cinco veces -y era igual de fea y fría y algo desolada por dentro que lo era su fachada, los expositores casi vacíos espero que por haber agotado la venta del día-. Un día se me ocurrió meter un cuento algo tremendo allí, entre las neveras y el tacto desagradablemente liso del acero inoxidable y las luces fluorescentes y clientes y carniceros que desconocía. Alguna vez incluso pensé en ir en horas de apertura de mañana, cuando suponía que habría más género y más gente, y entrar a comprar, para conocer más y poder mejor escribir a favor de ese conocimiento, o contra él.

Recuerdo haber comenzado aquel cuento. De hecho, recuerdo haber comenzado varios textos con esa fachada dentro, las neveras, las luz del expositor iluminando bandejas casi vacías. No los he buscado; sí recuerdo no haber acabado ninguno. Mucho después me mudé, y no volví a caminar por esa zona. Esta mañana, sin embargo, pasé por allí en coche, y al llegar al cruce desde el que se entra en la calle, me acordé de la carnicería, y al mirar ya no estaba. Sigue el bloque, con ropa colgada en la mañana de levante ligero, pero no la carnicería. La fachada revestida de material barato ahora está pintada de negro estucado, y bajo un nombre femenino he leído Micropigmentaciones. Sé qué es una carnicería pero no sé bien qué tipo de negocio son las micropigmentaciones. De qué modo en un barrio popular ese negocio puede servir como serviría una mercería o una frutería, o una carnicería. Me he arrepentido, parado con el coche un momento frente a la fachada negra sobre un fondo de bloque color ladrillo, de no haber terminado aquel cuento, alguno de aquellos textos; las historias que no se cuentan se pudren. Uno trata de cogerlas mucho después del lugar en que las dejó y se pierden como polvo, se escurren entre los dedos y las teclas con un tacto viscoso y desagradable. No escribiré aquella historia: lo que no contamos se deshace, se disuelve lentamente, y muere. Si lo hiciese ahora, si lamentando aquellos días que quedaron inacabados tratase de terminar alguno de esos cuentos, estaría digamos que micropigmentando, tratando con palabras de aparentar lo que ya no fue, ni será. Contar no es inventar ni es fingir, sino comprender. Recuerdo los versos deAngel González: Habrá palabras nuevas para la nueva historia/ y es preciso encontrarlas antes de que sea tarde. No habré ya de contar la historia de la Carnicería España. Pero es tiempo de contar otras, ya es tiempo. Palabras nuevas antes de que sea tarde y se deshagan las palabras y las historias se desmenucen, y no valgan nada. Y sea irremediablemente tarde.

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