La mirada de los peces. Sergio del Molino

La mirada de los peces. Sergio del Molino. Random House, 2017.

En su estupendo ensayo sobre la pintura de Edward Hopper, Mark Strand observa que las arboledas en sus cuadros casi siempre aparecen como una masa indefinida, imprecisa, que no revela demasiado sobre qué sean esos árboles; los vemos, dice Strand, del modo en que los veríamos al pasar junto a ellos a ochenta o cien kilómetros por hora. Son una pantalla vegetal, el telón que impide ver, pero no percibir, la presencia grave y amenazadora que hay detrás. Uno recorre una larga pasarela de asfalto a la cual, por ambos lados, se asoman los altos árboles difuminados por la velocidad, y agradece que, por muy leves que sean la sensaciones de velocidad y desplazamiento, éstas existan; avanzar y no tener nunca que detenernos en mitad de esa carretera, echarnos a un lado, indecisos, mirando hacia lo alto y lo lejano, hacia la masa pétrea que quizás pespuntea sobre las copas que se van aclarando con la inmovilidad y la cercanía. El asfalto, el vehículo, son creaciones artificiales que nos defienden de ese lado oscuro de la naturaleza que creemos percibir, que Hopper percibe y cuenta y nos hace adquirir como percepción propia. Un hombre detenido por circunstancias ignoradas en una solitaria carretera de montaña que recorre quizás por vez primera desde un lugar recién conocido y con un destino incierto, que se siente observado desde arriba mientras trata de averiguar qué arboles son esos, él, que nunca ha entendido nada de árboles, y mientras trata de averiguar, o quizás incluso trata de no averiguar, qué hay detrás de ese muro áspero.

Por algún motivo que no comprendo, pensar en esos cuadros y en esos árboles que llenan los fondos de Hopper -que no son desde luego el océano que sale en otras ocasiones sus cuadros y que a mí me despierta una como conocida sensación de equilibrio- me ha ha hecho meditar sobre algunos aspectos de eso que se llama o llaman literatura del yo. No es lo mismo un árbol que otro, ni es lo mismo el yo que la primera persona. Decir esto es confirmar una obviedad, pero no es afirmar algo incierto. Ante algunas obras uno se detiene y piensa que lo que hay detrás es una oculta y sofisticada y necesaria poética del ocultamiento y el olvido, y entonces cada detalle es relevante, hasta el detalle que desde la ventana sólo se percibe como algo informe que por suerte no nos roza. En esas obras uno reza para que el coche no se pare y nos haga permanecer en la experiencia y todo sea sólo viaje con un algo de fuga.

(En otras, claro, si uno se ve obligado a detenerse, y solo y tratando de buscar una salida se acerca al quitamiedos y pasa al otro lado y se interna en la masa arbórea, advierte pronto que ésta no es tal sino una acumulación desordenada digamos que de adelfas, que sólo tienen como cualidad ser tóxicas cuando aparentan decorar; advierte pronto, de hecho, que todo es decorado, exceso de detalle, y que no hay nada al otro lado, sólo quizás un baldío improductivo, un derribo, un solar.)

La mirada de los peces, de Sergio del Molino, es una de esas obras con un telón arbóreo y algo amenazante, incomprensible pero desasosegantemente conocido. La anécdota que lo trama es una y es varia y si me apuro no necesita ser original, del mismo modo que no se necesita más que pintar una vulgar gasolinera para describir metonímicamente cómo es nuestro mundo: la importancia de ciertos profesores en nuestra vida, la construcción de esa vida en lugares concretos -los barrios suburbiales de las ciudades-, el modo en que nos vemos y el modo en que nos ven y el modo en que creemos que nos ven. Cómo nos contamos, claro, y cómo nos han contado, y cuánta distancia hay entre esas miradas y cómo puede salvarse y recorrerse esa distancia. Somos el telón de fondo de los otros y del otro, incluso cuando nos contemplamos en primera persona. Aun en esas ocasiones nos vemos desde arriba, detenidos en un arcén, inmóviles, pensando o tratando de pensar o tratando de no pensar si pasar al otro lado. El otro lado es una escritura porque es una ficción, y sólo se pasa el quitamiedos si, como dice Sergio del Molino en el libro, uno se deshace del pudor y le importa ya un carajo todo, porque el coche está detenido en mitad de vete a saber dónde y vete a saber por qué, y sólo queda quedarse inmóviles, o echar un vistazo al otro lado aun a riesgo de que al otro lado no haya nada o haya espejos, es decir, aún más nada. Yo leí el libro algo antes de que saliese a la venta y me dio por pensar que llevaba un cebo en el que se iba a picar a puñados, como en esos cuadros de Hopper en los que un personaje mira por una ventana y la mayoría de la gente se queda mirando al personaje, pero sólo unos pocos se quedan tratando de mirar lo que el personaje mira fuera del cuadro. Era facilón el asunto del profesor que se suicida, era puro cebo reseñista, porque que un hombre se quite la vida siempre es igual de llamativo que la mordedura de un hombre a un perro. Pero que un hombre muera no es extraordinario, sino una inevitable e ineludible constante. El problema es fijar a través de la construcción de una ficción el porqué ese hombre lo hace a propia mano, por qué se adueña del tiempo de ese modo, y obligarnos a plantearnos el porqué no lo acabamos al final haciendo todos; de eso nadie habla, porque es lo que hay al otro lado del muro de árboles que vemos desde la ventana de la lectura que pasa a ochenta por hora. Por eso decía que lo malo es detenerse, suele ser lo malo -lo extraordinario- en los libros de Sergio del Molino; si eso sucede, y es lo que suele suceder en las lecturas que te atraviesan, uno queda desamparado mientras sobre la cabeza crecen robustas las amenazas de la vida. Lo de la muerte ya decía que no es extraordinario; sin embargo, explicar cómo vivimos sí puede resultar serlo, y para eso da igual que sea en primera que en tercera que el que el coche sea automático. Cómo somos, cómo salvamos ciertas distancias, cómo no somos los otros y no somos el otro que podíamos haber sido. Qué sucede si el coche se detiene, y nos bajamos, y miramos hacia los árboles que se pierden hacia el fondo. Si caminamos hacia ese fondo, si habrá una gasolinera junto a la que un hombre fuma mientras una mujer lo contempla sin que su mirada cuente sino indiferencia. Qué encontraremos si tratamos de atravesar, todo arañados, desbrozando a puñados furiosos, la alta y espesa pantalla vegetal que aísla nuestro camino del mundo, o que aísla al mundo de que contándolo podamos mejorarlo.

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