Librerías

Los viernes por la tarde solíamos ir a esperar que mi padre saliese de trabajar en la calle Molina Lario. Para llegar andando, cuando hacía bueno, al centro desde Huelin lo hacíamos a través del puente de hierro y de mi vértigo infantil de no querer mirar abajo: en todas las historias que valgan algo alguien cruza un puente. Paseábamos por el centro antes de recogerlo, y siempre pasábamos por calle Nueva, y siempre que pasábamos yo me colaba en la librería Ibérica o cuanto menos mi madre tenía que sacarme a rastras de la lectura del escaparate. Y cuando mi padre salía entonces volvíamos a veces y me compraba un libro que yo llevaba cogido con las dos manos como una ofrenda. Y lo era. Aprendí a leer y casi a la vez aprendí qué era una librería.

Hace unos meses charlaba con mi amigo José Antonio, en la librería Luces, acerca de una idea suya para acercar las librerías a quienes nunca las han pisado, una idea maravillosa que un día cercano pondremos en marcha. Desde fuera cualquier lugar en el que parezca que quienes entran necesitan una especie de salvoconducto o contraseña o especialización genera expectación pero también algo de miedo y hasta de rechazo. Las librerías a veces parecen, o parecían, eso, cuevas alicatadas de papel impreso, y hay que vencer ese miedo, y contar, siempre es contar, que aun cuando dentro de las cuevas en todas las historias hay un dragón, siempre hay también una espada para combatirlo, o un chiste para vacilarle y que acabe siendo tu amigo. Todo lo que somos, lo peor y lo mejor que somos como especie, está en una librería. Cómo ser mejores y cómo dejar de ser infames está ahí guardado. No como en los libros de autoayuda, que también están en las librerías, sino como en lo que hay en el fondo de las cuevas en las historias que merecen la pena: un cofre del tesoro.

Nunca he sido infeliz en una librería. Al contrario, siempre que entro en una soy inmensamente feliz. Son parte indisoluble de mi vida, de mis paseos, de mis sueños, escenarios en los que están los que amo y en los que introduzco a quienes amo. He sido o soy cliente de todas las que conozco en Málaga, y de algunos de quienes trabajan en ella he acabado siendo amigo. Me llaman por mi nombre en muchas, se alegran al verme y yo me alegro al verlos a ellos, es decir, son mi familia. Hace años mi rutina del sábado era siempre bajar al centro -bajar a Málaga, como decía mi abuela analfabeta que cada vez que podía me traía libros de una papelería/librería que había frente al mercado de Huelin- pasear las librerías, comprar alguna cosa, y acabar sentado al sol, leyendo, en la plaza de la Marina. En una de las rachas malas económicas que he tenido tuve que optar por no comprar libros durante casi un año; mi peor recuerdo de esos días, tras hacer la memoria su trabajo de endulzamiento del dolor pasado, ya es sólo ese, cuando para que la escasez me doliese menos hasta evitaba pasar por delante de una librería para no pararme o no entrar siquiera a mirar, como cuando era pequeño y era viernes y llegábamos en calle Nueva a la altura de la librería Ibérica.

El primer regalo que mis tres hijos han tenido ha sido un libro. Con Teresa aún en el hospital yo me he escapado a la librería más cercana y les he comprado su primer libro de cuentos populares españoles, al día siguiente o incluso el mismo día de nacer, del mismo modo que otros hacen a sus hijos socios del club del que han sido siempre. Cuando vienen conmigo a una librería los dejo a su aire, no me preocupo de ellos allí porque están en su casa, en su salón, donde cogen y leen y juegan, pues eso es leer también, un juego contra el tiempo, y si la tarjeta lo permite todo lo que cogen se va a casa con ellos, cada uno con su bolsa, su propia ofrenda. Sé seguro que mi herencia no es ni será nunca buena, pero al menos les habré dejado eso, la ausencia de miedo a las librerías, a entrar y registrar y hablar en ellas y con los que hay en ellas, y que sepan que mucho de lo que les pase no tendrá solución en un libro, pero sí que un libro es como un hombro o un brazo en que apoyarnos.

Hoy es el día de las Librerías. Hablaría muy bien de nosotros como especie que echásemos un rato en visitarlas, en habitarlas, en hacerlas nuestras. Si todo lo que somos está ahí, lo mejor y lo peor, que no optemos por lo peor debiese ser la opción preferente. Hace un rato charlaba con mi amigo Jesus Garcia Jimenez, que me decía que leyendo un artículo sobre Doctor Zhivago se había acordado de mí porque en el texto salía esta frase: “estaba firmemente convencido de que la literatura puede transformar a las personas.” Y yo le he dicho que sí, que es verdad, que creo en eso que repito en otra variante -la literatura nos salva la vida-, y que la lectura, que está en las librerías, es lo que hace que la gente deje de ser gente, masa informe, y pase a ser individuo, y después ciudadano. No siempre es así, claro, y gente que lee, y que incluso entra en librerías, es gente y sólo gente y es masa, masa informe, acrítica, marmórea o marmolillo. Pero hay más posibilidades de que la vida de un hombre mejore si entra en una librería que si no entra nunca y se va al bar de al lado -cosa que yo muchas veces hago tras salir de Luces, y me voy a la Casa de Guardia y me tomo allí unos mejillones y un par de vermús curioseando los libros que acabo de comprar.

Hoy he salido de casa con El desaparecido (América) de Kafka, en las manos, porque yo siempre salgo de casa con un libro. En El desaparecido habla Kafka por boca de Karl Rossmann del gran teatro de Oklahoma. Cuando va a incorporarse a él, encuentra allí a su amiga Fanny. Del gran teatro de Oklahoma dice Fanny: es el mayor teatro del mundo, casi no tiene límites. Eso quizás sea también una librería, un lugar sin casi límites, en el que uno siempre encuentra un amigo. Hemos salido de casa Kafka y yo juntos, pero seguro que no volveremos a casa solos, después de un par de visitas a las librerías.

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