Mango, silencio, Tiempo.

En Un largo sábado, su estupenda charla-libro con Laure Adler, George Steiner cuenta cómo casi adolescente compró en un quiosco un libro de Paul Celan, y nada más leer un primer verso, En los ríos, al norte del futuro, supo que su vida iba a cambiar para siempre, que nada sería igual tras ese libro. No recuerdo si antes o después Steiner habla en ese libro-charla de las necesidades de la lectura; el silencio, el espacio propio, y claro, los libros, tener libros. Me he acordado de Steiner tras leer una mierda de artículo seudo político, que he leído mientras me comía un mango y era incompatible comer mango con sujetar un libro y he recurrido a una pantalla que me da igual que se manche de mango, y me he acabado cabreando. Otra vez. Conmigo mismo, que he perdido una enorme cantidad de tiempo estas semanas leyendo artículos y otros textos de mierda, oyendo a auténticos analfabetos, tratando de ser racional y razonable y sencillo si entendía que en algún instante era una obligación auto impuesta -como ciudadano, como jurista- hablar y tratar de expresar algo de modo preciso pero sencillo, entendible aun si frente a mí se había renunciado a la duda que genera todo conocimiento. En realidad primero me he entristecido, porque siento que han sido esfuerzos innecesarios y vanos, porque nadie parece entender que no puede accederse al conocimiento si uno no encuentra silencio y espacio y lecturas, y que en tanto uno busca eso es imposible que se enrede en disputa alguna -salvo en si es correcta o no la traducción de Valente del poema de Celan- porque identifica a quien está hundido en esa búsqueda como a un semejante, a un compatriota, un hermano, y a quien no lo está como a un falsificador, un ladrón, un embustero. Y luego de entristecerme, me he cabreado, porque nadie va a devolverme el tiempo que he perdido estas semanas, ese tiempo del que también habla Celan –tiempo es de que la piedra pueda florecer/ de que en la inquietud palpite un corazón./ Tiempo es de que sea tiempo.“- y habla Steiner, y que es el único bien preciado, el más escaso, lo que menos tengo. Es en vano, es arrojar perlas a los cerdos que han tomado las plazas porque la hambruna ha vaciado los bosques en los que se refugiaban tantos cerdos salvajes, no humanos, que ahora acuden a rebuscar a las basuras y asedian las casas en las que alguien trata de preservar un mínimo silencio y un mínimo espacio junto a sus libros. Devoran basura, la mordisquean sin criterio, no saben lo que mastican porque sólo mastican, y hacen un ruido infernal con sus mandíbulas sucias que obliga a cerrar las ventanas para que la calle en la que husmean y se acometen y acometen todo lo vivo y honesto quede fuera y quede lejos.

Es tiempo, decía Celan. Pero nadie va a devolverme ya ese tiempo.

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