Leavin´ Babylon (40 años de Exodus)

El hombre negro pregunta casi en trance: ¿Estás satisfecho con la vida que vives?, y mientras aguarda respuesta el jinete se lanza contra el tanque, y la desproporción hace que el desierto parezca aún más desierto, más vasto, más inhóspito e inhabitable. El niño contempla entonces las luces de los barcos que ya faenan en la noche que flota tras la pantalla, y para siempre una parte de su pasado será un desierto en el que un hombre armado con un fusil de 1941 arremete contra un tanque en 1981, mientras el hombre negro que no ha recibido respuesta a su pregunta ahora afirma rotundo: Sabemos hacia dónde vamos, sabemos de dónde venimos. Antes de saber que quizás alguna respuesta a las preguntas que uno podía hacerse estaba en el viento -y quizás por eso el viento las lleva y las trae y las zarandea y las disuelve como hace con las nubes y no queda rastro de ellas y por tanto la afirmación de que the answer is blowing in the wind es una ingenua mentira y no hay entonces, en puridad, ninguna respuesta sino imágenes inventadas por aproximación como cuando nos tumbamos en la arena a ver cómo ese mismo viento falsario acarrea mentiras de vapor de agua, no hay respuestas en el viento sino sólo humedad que a veces descarga y lo anega todo y ahoga a hombres, plantas y bestias y ese bramido durante la descarga y ese silencio de después es la respuesta- lo que supe el año que hice la comunión, probé el güisqui y leí La Metamorfosis de Kafka es que lo que sopla en el aire es una mística natural, que puedes percibir si escuchas con cuidado y atención. Escuchar con cuidado, mirar con atención, estar atento a las trazas casi invisibles que revelan la existencia de una trampa y la necesidad de estar en permanente revuelta. El hombre que contaba y cantaba todo aquello era, por así decirlo, un amigo de mi primo; su nombre era Bob Marley, y había muerto cuando el calor de 1981 ya apretaba como lo haría en un desierto afgano o una playa malagueña o jamaicana.

Esto, claro, es una reconstrucción: todo lo que nos rodea lo es al cabo, un modelo a escala más o menos natural del molde de la vida. Una reconstrucción acerca de las tardes en las que en una habitación atestada de adolescentes y en la que un niño ya acostumbrado a la soledad de los libros trataba de colarse asombrado -de la que lo echarán cuando algún cigarro o incluso algún canuto asome- suena una música que sigue sonando casi cuarenta años después junto a un adulto que fabricó su vida -Are you satisfied with the life you´re livin´?- en la soledad de los libros. Todo lo que contamos es una reconstrucción, todo lo que narramos es la exhibición de una artesanía, el relleno de un molde, una imitación de lo que no sabíamos que arrastraría y disolvería el viento y que fabricamos para tratar de impedir que ese viento logre acabar de hacer su trabajo: pulir las ruinas angulosas de nuestro pasado. Manipulo la radio de mi coche y en alguna emisora reconozco las notas de Exodus y la dejo sonar, claro, es una versión de estudio que no conozco, y cuando acaba el hombre de la radio habla de la fecha de esa canción y de ese disco, dice 1977 y hago cuentas antes de que él dé el resultado: 40 años. Y aclara que lo que ha sonado es una mezcla de Ziggy Marley, el hijo de Bob -y yo podría tratar de rellenar el molde de una tarde de 1988 en la que estoy escuchando su Concius Party en el mediodía de una casa ajena, pero no hoy-. Es una versión muy enfática, engolada, melodramática, lejos de la limpia rotundidad del original de 1977, así que con cuidado abro la guantera y saco mi cd de Exodus que compré cuando ya no encontraba dónde comprar agujas para poner mi vinilo de Exodus, mientras la voz de la radio habla de una edición conmemorativa de Exodus que voy a comprarme, pese al cierto repelús de la versión radiada, esa misma tarde, y que escucho mientras escribo estas líneas. 

Exodus

La lista de canciones del Exodus es como la alineación de una selección campeona del mundo. Yo trataba aquel disco con veneración cuando no era mío y con más reverencia aún cuando lo fue. Lo limpiaba y limpiaba, soplaba la aguja con cuidado, y lo hacía girar. En la cara A, Natural Mystic -son tantas como los granos de arena del desierto las veces que he oído esa canción-, So much things to say, Guiltiness, The Heathen -volvamos a los puestos de batalla, viene sobre nosotros otro día de guerra-, y Exodus -no hay vez que no oiga ese rasgueo mántrico inicial en que no se me erice el vello-. En la B, la cara más celebrativa y contemplativa del disco, Jamming, Waiting in Vain, Turn Your Lights Down Low -dos grandísimas canciones de amor-, Three Little Birds -he visto decenas de veces tres pájaros a horcajadas sobre el pentagrama de las torres de alta tensión mientras pasaba corriendo por uno de mis sitios habituales de entrenamiento y sonaba en ese momento la canción en mis auriculares-, y One Love. Es el disco casi perfecto -metes en él también War, Could You Be Loved, Small Axe, Trench Town Rock, Kaya, la demoledora Burning and Loothing, Sun is Shining, Them Belly Full,….., eh, para, para, para, así salen seis o siete discos si te descuidas, deja el Exodus como está; pues sí, llevas razón, déjalo así-, sin ni una sola canción de relleno. Afirmar esto es, como casi toda afirmación, una hipérbole, pero las hipérboles evitan que la tibieza se transforme en frialdad y la frialdad en olvido y desaparición, en simple y estúpida muerte. Fue uno de los primeros discos que me compré; el Exodus significaba una visión de la vida adulta que intuía que no me quedaría nunca cerca porque mi vida iba camino de ser menos selvática y aventurera, pero por eso mismo significaba por tanto una cierta idea de la ilusión y la esperanza, y tener ideas propias, es decir, bien copiadas de otro, acerca de la esperanza y la ilusión permite que uno regrese al campo de batalla aun a sabiendas de que la batalla está más perdida que ganada; perdida no es lo mismo que abandonada.

Un año antes de grabar Exodus Marley había sobrevivido a un intento de asesinato dos días antes del concierto por la paz, el Smile Jamaica, que había organizado en Kingston. Después de aquel concierto, que celebró pese al riesgo de que se repitiese el atentado estando en medio de 80.000 personas, se fue con su gente a Londres, se exilió para hacer música. Jugaba casi cada día al fútbol en un parque cerca de Chelsea. No debía ser un tipo fácil, no era un hombre fiel -once hijos de siete mujeres-, todas las facciones políticas le acusaban de estar del otro lado -nunca se supo quién había tratado de matarlo- cuando era tan popular que los candidatos pensaban que podía orientar los resultados electorales. Es imposible caer bien a todo el mundo todo el tiempo, y si uno se detiene a tratar de hacerlo no crea nada, sólo se paraliza. Los puristas, esa gente amargada y aburrida, lo acusaban y acusan de comercial, el rastafarismo más denso, como el de su amigo de banda Bunny Wailer, no compartía que se expusiera y pactara con el demonio occidental. Pero por otro lado, en el documental Marley, de 2012, el mismo Bunny -la formación original de los Wailers, él, Bob y Peter Tosh- narra cómo grabaron Small Axe como gesto de protesta contra el monopolio de productores, The Big Tree- que robaba a los artistas jamaicanos -Si tú eres el árbol grande nosotros somos el hacha pequeña, lista para cortarte y echarte abajo-. Era el hombre que representaba a los hombres de una revolución de gestos pequeños y poderosos, como los riffs de guitarra que están al comienzo de Exodus y están en la esencia de la música reggae. Pero en aquel entonces yo no sabía nada de esto, sólo musitaba fonéticamente las canciones de aquel lp dorado con letras rojas y las de otros discos que aquella gente que rodeaba a mi primo y que juntos componían lo más parecido a un hermano mayor que podía tener un niño de 8 años sin hermanos mayores ponía sin cesar en el tocadiscos mientras el sol de la tarde clavaba las lapas a las rocas y hacía brillar el rebalaje.

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1981 había comenzado para mí con una reunión de vecinos en la escalera donde se comentaba el golpe de estado de Tejero. Un reunión bajo la luz eléctrica y la oscura noche fuera amenazando con hacerse aún más oscura. Recuerdo sin embargo ese verano como de un deslumbramiento permanente, corriendo por las calles y la playa, corriendo entre los renglones de los libros, viendo en qué consistía que la gente se hiciese adolescente y eso era oír aquellos discos, el reggae pero también rock, heavy y progresivo, y hasta Boney M y música disco si mis primas lograban hacerse con el control del plato. En mi casa apenas se oía música, y lo que se oía era flamenco y eso que se llama canción española. Pero aquel verano se llenó de metales y percusiones y vapores extraños que salían de la vigilada ventana abierta -niño, avisa si vienen los mayores- del cuarto de mis primos. Yo me había mudado un año antes al interior de la ciudad y había perdido el mar por mis problemas respiratorios, y veranear en la casa de mis tíos, una casa a cuarenta pasos de la playa y en la que a veces se llegaban a juntar cuatro familias los fines de semana y las barras de pan se compraban diariamente por docenas, era para mí dejar Babilonia y alcanzar Sión cuando comenzaba a sonar a toda pastilla Could you be loved y aquella gente a cantar a voz en grito en la hora de la siesta, Jah bendiga a Chris Blackwell, su productor, pero todavía más al inmortal Lee Scrath Perry.

El mismo año que Marley grababa Exodus tuvo la primera noticia del melanoma que iba a matarlo en 1981. Como no pretendo estar escribiendo una biografía ni un artículo doctrinal mientras ahora suena en casa el Live at the Lyceum de 1975, creo pero no voy a comprobarlo que fue precisamente un pisotón durante una pachanga de fútbol lo que hizo que le descubriesen la primera lesión del cáncer en un pie. No se operó, no se trató de modo serio. Siguió tocando, quizás por aquello que había dicho tras el atentado, que si los malos no descansaban para arruinar el mundo tampoco iba a hacerlo él, y luego, cuando la enfermedad tomó el control, se dejó caer en manos de algunos charlatanes. No sé si se puede ser rastafari y confiar aún más en la ciencia que en Jah y en la hierba, o al menos en los tres con la misma intensidad. Cuando supe de la noticia de la muerte de Bob Marley en aquel verano de 1981 tengo el vago recuerdo ahora de haber estado a punto de llorar, no sé si por qué pensaba que uno dejaba de oír a los muertos -pero no es así, de hecho los muertos no cesan de hablar nunca, no paran de interpelarnos, de animarnos a hacer lo que debemos-; la tele habló después de la marcha de la primera guerra de Afganistán, mientras las imágenes mostraban a los muyaidines a caballo blandiendo armas de la Segunda Guerra Mundial y lanzagranadas que quizás les había dado la CIA y lanzándose contra los tanques rusos -y cuarenta años después aquellos héroes occidentales son ahora terroristas, la encarnación del diablo, ese es el resultado del moldeado del tiempo occidental sobre aquellas imágenes-. Yo me asomé entonces a la terraza, a punto de llorar por la muerte de Bob Marley, uno de mis primeros ídolos, y asombrado ante la locura de aquellos jinetes guerreros, y por la calle hacia la que de día bajaba a la playa subía la noche confundida con el mar en el que los pescadores que vivían en las casas de algo más abajo ya habían prendido los fanales para atraer el pescado a las redes, un pescado que luego acompañábamos a comprar a la playa cuando sacaban las barcas o acababan de arrastrar el copo y se hundían sus manos encallecidas en las masas relucientes y fragantes de morralla y algas.

Comprar esa nueva edición de los cuarenta años de Exodus -tres discos, el original, uno en directo, y unas remezclas de su hijo mayor Ziggy- ha sido un acto irreflexivo, pero esos actos también apuntalan la identidad quizás más de lo que queremos creer o dejar ver: yo soy según esa lectura irreflexivo, compulsivo, extremo. Ya tengo el Exodus, varias veces comprado, el disco en directo contiene versiones que ya tengo de uno u otro modo, y las mezclas de Ziggy son a ratos diría que hasta risibles, pero no sé si decir esto no es más que el síntoma del síndrome peligroso e inevitable del envejecimiento, esa guerra perdida pero de la que no abandonaremos el campo de batalla por las buenas. Celebrar un aniversario ajeno es celebrar lo que fuimos -creo que también cuando celebramos uno propio sucede eso-. Alegrarnos de que suene No woman, no cry es alegrarnos de las veces en que hemos oído esa canción y nos hemos alegrado antes, nos hemos animado para los siguientes minutos de una vida que no hace más que acumular aniversarios, es decir, pérdidas. La contabilidad del corazón y la memoria es una pseudo ciencia perversa en la que siempre salimos deudores. Cuarenta años después de que a Marley le descubriesen un melanoma tras grabar uno de los discos más importantes de mi vida recorro mi cuerpo buscando manchas que hayan cambiado de tamaño o que antes no estuviesen allí. Trazamos líneas entre los puntos del horizonte, entre las luminarias que brillan en la noche salitrosa del Mediterráneo o del Caribe, reconstruimos rastros en la arena que borra el mar o borra el viento. Celebramos un aniversario para, como en tantas otras cosas que tienen que ver con contar, tratar de comprender. Por qué hemos sido exiliados de la tierra prometida que brilla llena de frutos junto al mar, de dónde venimos, hacia dónde vamos, saber cuál es nuestro grado de satisfacción con la vida que llevamos. Suenan las trompetas y quizás sea la primera o quizás la última que anuncia el Juicio, arde la hierba y su olor llena el aire pegajoso, los dedos se hunden en el teclado del tiempo y pulsan teclas que arrojan una melodía que ahora no nos resulta nada familiar. Pero ya lo hará, ya lo hará, porque algunas músicas una vez que suenan una vez ya no cesa de oírse su bramido y un estampido metálico se repite cada mañana cuando pensamos en cuántos ríos nos quedan aún por cruzar pero también en cuántos ya no cruzaremos, suenan y suenan tras este toque de queda permanente en que a partir de cierto instante vivimos. Al niño que fui en 1981 me habría gustado decirle aquella noche que quizás la cosa iba de eso, tanto la música de Marley como todo en general: de jinetes poco armados contra tanques, pero que no había que tener miedo por eso sino fe, fe en los golpes que debemos dar con el hacha pequeña para tumbar el gran árbol, fe en el trabajo que debemos cada uno hacer: Marley, hacer música, y aquel niño, en el futuro, contar. Y lo otro, que te reviente un cañón o que te mate un melanoma o lo haga el tiempo por cansancio, al final no son sino arreglos más o menos afortunados para que acabe la canción. Y le habría contado, mirando ambos hacia la noche atravesada de destellos y al mar cercado por nudos en los que iban a quedar atrapadas algunas historias que tenemos pendiente terminar de escribir, que a Marley le preguntaron tras el atentado si no tenía miedo a que lo matasen y dijo No. Luego hizo un pausa y completó la respuesta casi riendo: What is to be must be. Lo que deba ser, será.

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