Las islas vertebradas. Juan Manuel Gil

Las islas vertebradas. Juan Manuel Gil, Playa de Ákaba, 2017.

¿Qué hombre no es una isla? Esa pregunta no es que me haya venido a la cabeza con la lectura de Las islas vertebradas, de Juan Manuel Gil, sino que no para nunca de rondarme. Hay preguntas que llegan para quedarse y respuestas que no acaban de formularse nunca, y tengo la sensación de que Juan Manuel Gil tiene desde hace mucho, casi desde siempre, una pregunta similar guardada en alguna parte de su casa o del paisaje de Almería, que como todo sabemos es una isla rodeada de un blanco mar plástico. La literatura de las islas tiene sus propios lugares comunes, y uno de ellos es ls narración acerca de para qué va la gente las islas, si es para huir, o si es para llegar, o si es siempre para contarse de nuevo.

Se habitan las islas desiertas para que abandonen el adjetivo o para quedar también nosotros desiertos, porque ya tenemos demasiada gente dentro y hay que expulsar a veces esos tumultos. La escritura puede verse como la expulsión o el desalojo ordenado de ese tumulto. Yo creo que nada de lo que estoy diciendo le extrañará a Juanma Gil, que lleva tiempo en una isla, que con su obra está construyendo un archipiélago, que un día nadando se dio contra una roca que nadie había señalado en los atlas y ahí empezó a acumular materiales y comenzó a dejar que sedimentaran las personas y las cosas, y esta tarea le va ya por playas desiertas y campings recalificados como urbanizaciones. Si uno examina ciertos cabos y puntas de ese litoral que está componiendo creo que podría dárseme la razón en lo que digo, porque Juanma arrancó esa construcción cartográfica de que hablo con un libro llamado Guía inútil de un naufragio, que publicó en la naufragada editorial DVD. Tras éste publicó en El Gaviero, otro editorial naufragada, un libro quebrado por la forma llamado Inopia. Quedarse en la inopia, que es una suerte de equivalencia a estar sediento de paisaje, es algo habitual si uno habita una isla, lo mismo que si uno va sólo de visita a una isla suele matarse a hacer fotos para tratar de saber a la vuelta dónde ha estado. Pero un hombre que fotografía puede a su vez ser fotografiado, y entonces tendríamos una colección de fotos de gente aislada mirando a otros, fotos que uno podría haber hecho mientras camina con aquella legendaria máquina de retratar, la Hipstamatic 100, un proyecto mercantil naufragado y que también fue, es, el título del cuarto libro del isleño Gil. En mitad de estas obras, Inopia e Hipstamatic 100, Juan Manuel Gil publicó un libro llamado Mi padre y yo. Un western. Quien no lo haya leído que no se confunda; ese libro no es un western puro o tal vez sí, porque como el western parte de cierta concepción dialéctica del hombre, de que un hombre es una suma de soledad frente al paisaje, de palabras esculpidas contra el silencio, y de diálogos como monólogos enlazados de forma parecida a cómo las islas se juntan para formar un archipiélago. Y ahora Juan Manuel Gil publica Las islas vertebradas en una editorial llamada Playa de Ákaba; es obvio que es un isleño vocacional y por destino.

Las islas vertebradas comienza como comienza la vida, arrojados en medio de un diálogo sin que sepamos bien de dónde viene, hacia dónde va, de qué se trata, quién es esa gente. Es una concepción teatral, es decir, construida, de la existencia como extrañeza. Uno camina y camina explorando ese diálogo, el escenario en que se desarrolla, y pasado un rato se instala en él y decide ser mueble o ser lámpara o ser roca o ser alguien que se interroga y que interroga. El sentido de las cosas no es sino la narración de la construcción de ese sentido. Uno transita por ese escenario como quien parte a una larga excursión, se pertrecha cómo cree que puede ser útil, y sale a hacer preguntas. Uno de los personajes de la novela, Fatiha, dice, Yo las preguntas las acabo haciendo para que alguien me las responda. Pero, ¿qué preguntas son esas? ¿Quién debe responderlas? ¿Llegan siempre esas respuestas o en cambio, cuando no llegan, nos conformamos con disfrazar de respuesta esas expectativas rotas, esas esperas? Para intentar saber algo más el lector avanza por el sendero de esta novela, y el libro te hace dar vueltas como un trompo o un taladro, con ese ruido chirriante y necesario para lo que persiguen esos objetos, componer una pirueta hermosa que se mantenga detenida en el recuerdo, abrir un agujero por el que entre la luz o donde poner un soporte del que colgarnos. Eso sucede en Las islas vertebradas; nos regala imágenes que son como la efímera y fulgurante y punzante belleza de las peonzas girando; imágenes que iluminan brevemente la existencia de quienes habitan la isla, como quien abre de pronto una ventana y descorre una cortina o alza una persiana de un tirón y entran en la habitación la luz del sol y el olor del salitre; e imágenes que son la descripción del gancho del que nos colgaríamos en un ejercicio de coherencia y lucidez. Esas cosas son sólo el qué sucede pero no el porqué, quizás porque como he dicho los porqués son la expresión simulada de nuestra necesidad de ordenar la existencia y cartografiarla y conservarla en un atlas.

Si un hombre es una isla, ¿qué es una isla? ¿Es algo que se eleva del interior para mantenernos a flote, seguros, secos, o es el resultado de que todo se hunda alrededor nuestra? ¿Los que habitan las islas son gentes que ha huido a ellas o gentes que no saben cómo salir de ellas o gentes que sabiendo el cómo no alcanzan a construir un porqué? ¿A qué lugar llegamos cuando alguien a nuestro lado nos dice Ya hemos llegado? Uno no va a la escritura ni a la lectura, al menos en los conceptos que yo manejo de escritura y lectura, de literatura, para llegar, sino para alumbrar el camino que va siguiendo. Un camino en el que casi todo es extrañeza, calor, luz cegadora, noches pesadas, lluvias como malas digestiones, paisajes como personajes, escenas a las que nos arrojan con la obligación de representar un papel. ¿Quién soy de entre los que finjo ser, o creen que soy, o soportan que soy, o sueño con ser? Todo hombre es un misterio y un conflicto por resolver. ¿Qué palabras sumergidas son las que forman el esqueleto y mantienen a flote las palabras que somos? Esa inmersión en aguas desconocidas es lo que ha sido para mí la lectura de Las islas vertebradas. Sólo un reproche haría a la gran y satisfactoria apuesta narrativa que es este libro: que su autor haya metido en él un opel astra familiar, que es un coche feísimo.

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