Siete de la tarde. Acerca de la poesía de Luis Pimentel

Son las siete de la tarde y nadie parece acordarse de Luis Pimentel. Pero son las siete, cada día son las siete de la tarde al menos una vez y a veces muchas, y voy conduciendo por la autovía casi desierta, y me acuerdo de Luis Pimentel. Me suelo acordar mucho de Luis Pimentel, casi como esos hinchas de fútbol que aplauden cuando el reloj llega al número de su jugador favorito fallecido. Casi cada vez que son las siete de la tarde me acuerdo de Pimentel, de unos versos de Pimentel.

Yo supe de Luis Pimentel allá por el 91. Leí esos versos –Es la hora/en que la ciudad es paisaje– cuando yo solía estar estudiando -fingiendo que estudiaba- en unos locales del centro de Málaga, sobre la iglesia de San Agustín, donde pasaba muchas horas, y cuando me asomaba a las ventanas -me asomaba más que estudiaba- pasaba lo mismo que pasa en ese poema llamado Siete de la tarde, “coronas de polvo, papeles y hojas” en los rincones de las plazuelas, y torres que regresaban al bosque, y el granito de las cornisas disolviéndose en el aire. Recuerdo haber leído ese poema por la tarde y haberme asomado a la ventana y haber visto allí, tras ella, el poema, haber caído dentro de la mirada del poema, y haberme estremecido y casi echado a llorar -esto no es literatura-. Y desde entonces con mucha frecuencia, desde el 91, de vez en cuando lo releo, a Pimentel, ese poema y otros de Barco sin luces y otros libros, y desde entonces cada vez que dan las siete de la tarde y me doy cuenta de que son las siete de la tarde me digo eso de Es la hora/en que la ciudad es paisaje.

Este es el poema de Pimentel:

SIETE DE LA TARDE

Se escapan mis manos de sombra
a palpar las cornisas sensuales,
porque ya el granito es carne, sangre y alma
y se disuelve la piedra inmaterial
en la urna del aire.

Son las siete de la tarde,
y el fino florete del viento
yace caído, roto sobre la calle.
Las torres se han ido a sus bosques.
Duermen las coronas de polvo, papeles y hojas
en los rincones de mis plazuelas.

Es la hora
en que la ciudad es paisaje.

Barco sin luces, el libro en el que aparece este poema, salió con un prólogo de Dámaso Alonso, al que había entusiasmado Pimentel. Pimentel no llegó a ver editado su libro con su poesía en español, murió como tres años antes. Cuando Dámaso Alonso escribe sobre esos poemas dice que su lectura lo sitúa “allá donde se abre en playas la ternura”.

Allá donde se abre en playas la ternura…

Yo defiendo mucho a los hombres pequeños. Frente a los titanes de anchos hombros -por ejemplo, Dámaso Alonso-, o junto a ellos más bien, legiones de hombres pequeños que miran despacio las cornisas son los que sostienen el mundo. Los hombres pequeños suelen acabar desbordados, sin embargo. Sus dolencias son la de insuficiente caja torácica para tanto corazón, la de insuficiente capacidad del nervio óptico para filtrar toda la luz del mundo. Si a alguien pequeño le dicen que lo que hace te lleva allá donde se abre en playas la ternura es normal que el corazón no aguante y reviente; es normal que la ceguera sea inmediata si de pronto toda la luz de esas playas llega a los ojos. Qué vas a hacer después de que digan eso de ti; sólo disolverte como arena, entre el levante, entre los vaivenes del agua, disolverte.

La poesía de Pimentel, lo que yo sé contar sobre mi percepción de la poesía de Pimentel, está llena de espacio vacío y miradas sobre ese espacio vacío o casi vacío. Luego supe que Pimentel -que se llamaba de otro modo- era médico -era médico por o para llamarse de otro modo, supongo- y me gustó más porque a los hipocondríacos nos encantan los médicos. Creo que nunca he hablado con nadie de Luis Pimentel, nunca. Lo leo, repito esos versos con frecuencia, pero no he hablado creo nunca sobre él ni con nadie sobre él. Iba conduciendo esta tarde y los carriles eran los tres casi sólo para mí y la tarde estaba en la hora de ser paisaje y alguien estaba mirando de ese modo. Supongo que hay una forma de saudade en todo esto -Pimentel era gallego-, un modo de añorar algo indefinido o indefinible del que uno no se libra nunca pero menos aún cuando dan las siete de la tarde y te pilla asomado, y yo estoy todo el día asomado, de un modo u otro siempre asomado. No hay seres humanos al otro lado de esos versos de Luis -¿podría yo haber sido amigo de Luis Pimentel como para llamarlo Luis?-, sino a este lado. Iba conduciendo e intentaba recordar más versos de Luis Pimentel y he pasado bajo un paso peatonal elevado y un chico que llevaba a la espalda una guitarra iba leyendo mientras cruzaba. Paisaje. Llegando a casa he visto a un hombre rebuscando en los contenedores, un hombre con una camiseta amarilla. Paisaje. Todo se acaba disolviendo en la urna del aire. Un día dan las siete de la tarde y hay coronas de polvo y hojas en las esquinas, y el metal de las barandillas se hace continua sombra.

Un día nadie nos recuerda.

Barco sin Luces. Luis Pimentel. Linteo, Ourense, 2001.

DSC_0324-01

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Paseos, Y lo volvería a hacer (lo de leerlo) y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Siete de la tarde. Acerca de la poesía de Luis Pimentel

  1. Gracias. Leer de nuevo Barco Sin Luces es justo lo que se necesita para un día sin viento en las velas.
    Otra vez, gracias

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s