Las palabras que restan

Las crónicas hablan de la incredulidad, de la duda, de aquellos que entraron en lo que quedaba en pie de algunos recintos por vez primera. No sabían frente a qué se encontraban, no sabían si eran humanos, y de serlo, de qué concreta subespecie hasta entonces desconocida. Eran lo más parecido a sombras que, si se desplazaban, se desplazaban más despacio que cualquier sombra. Supongo que los recién llegados vomitarían y llorarían, como yo lo he hecho tantas veces antes las imágenes y los relatos. El dolor, la muerte, sus múltiples formas de percepción y causa, es de suponer que no les eran desconocidas, pero aún así llorarían y vomitarían, incapaces de ordenar el pensamiento en una estructura previa que hiciese aquello comprensible. No la había. No la había hasta el punto de que tuvo que ser construida, tuvieron que ignorarse algunos principios para que de alguna manera débil e imperfecta aquello fuese evaluado siquiera parcialmente, y una ficción de reparación pudiese salvarnos de la mudez, de la nausea. Pudiese intentar salvarnos, más bien.

Las cifras oscilan, pero son siempre atroces. El problema es también un problema adjetivo, un problema de agotamiento del adjetivo. Se fabricó un sustantivo, de uso posterior, pero siempre he creído que la analogía no es posible, no es muy posible más bien. Si bien es cierto que los seres humanos tienen cierta querencia al exterminio, y que lo practican con cierta frecuencia sobre las cosas y los animales, mi sensación es que ese bacilo homicida encuentra su mejor tejido de cultivo en el exterminio de los semejantes, o mejor dicho, de los semejantes a los que se les niega la condición de semejantes. Como en Calderón, sangran y se duelen como nosotros, pero no son nosotros, son otra cosa, y no es casual el uso de esa habitual coletilla para la indefinición: es causal, no son semejantes, sino cosa. Pero por concretar una cifra, que una todas las cifras dispersas, pienso que podemos dejarlo con cierto acuerdo en un total de 15 millones, si bien es cierto que no respecto de todas las partidas de esa contabilidad puede decirse que se hubiese ajustado de modo tan razonado el modo en que iba a estimularse su crecimiento como se hizo con la partida mayor.

Esa partida mayor, el grupo más numeroso, puede también concretarse pacíficamente -es una maldad usar ese adverbio- en la cifra en 6 millones. Como decía, la manera en que se planificó la actuación respecto de ellos no ha tenido comparación en la historia del mundo. Esa planificación supuso, según puedo leerlo yo, llanto, nausea, lectura, el fin de la Historia tal y como se había concebido hasta entonces. Porque hasta entonces uno podría pensar que la Historia se conformaba con datos y con algunos hechos y con narraciones sobre esos hechos y esos datos, que los hacían visibles de un modo o de su contrario. Tras que aquellos hombres se adentrasen en unas ruinas que albergaban más ruinas que identificaron como algo vagamente humano mi sensación es que la Historia, el Mundo, se han transformado sólo en ficción. Ficción que tiende a ser sustituida por otra ficción porque hemos encontrado en lo relativo un confortable refugio para la ignorancia y el miedo, y que cuando no puede sustituirse es borrada o demolida según la capacidad del nuevo relator.

Cada día es el día mundial de algo. Cada día, dicen las cifras, es un día de guerra en un mundo en guerra, un mundo en el que no han cesado los conflictos desde 1945. Ni un sólo día, ni un puto día sin que alguien mate a alguien usando un justificante externo y ajeno a la mera animadversión personal: la guerra. Un mundo en guerra que según yo lo leo es más que nunca un mundo hechos de palabras. Por mucho que la imagen tienda a la reproducción en masa, la imagen es leída en su glosa y no en su mera descripción. La comunicación, con apariencia de ser mayor que nunca lo fue entre los hombres, y más allá de las reflexiones sobre el aislamiento en el cual esa aparente comunicación se funda, se centra en las palabras, en contar palabras, etiquetar palabras, contar caracteres. En mitad de ese mundo de palabras que ayudan a vaciar el sentido de la Historia, el 27 de enero fue el Día Mundial de Conmemoración de las Víctimas del Holocausto.

¿Cuánto espacio ocupó ese Día y su contenido y su razón de existencia en el mundo de las palabras que habitamos? Habitamos el mundo, y no las palabras, pero, ¿cuánto espacio? Lo que debiese preocupar aún más, ¿cuánto ocupa a diario en la memoria del mundo? La partida contable más numerosa, he escrito antes con deliberación, intentando vaciar el discurso lo más posible, disfrazar el sentido lo más posible: esa es la sensación que tengo sobre lo que se está haciendo con la Shoá: edulcorar, hacer plano el lenguaje, lo que al cabo es una victoria permanente del nazismo, como bien habría explicado Victor Klemperer. Esa partida contable se llama pueblo judío. El modo en que uno se integra en ese grupo fue objeto de elaboración legal. Uno adquiere la personalidad civil a través de una norma, y a través de una norma se transforma en otra cosa: 6 millones de judíos que cavaron una tumba en el aire, por usar la expresión de Kertesz. Opositores, soldados rusos, homosexuales, eslavos, gitanos, diversas partidas contables, pero la principal, los judíos de toda Europa; aun quienes no sabiendo bien qué era eso de ser judío les importaba bien poco serlo fueron calificados por una norma como judíos, etiquetados -¿fue eso un hashtag?- y exterminados. Por exterminados quiero decir, claro, asesinados y cremados tras pasar penalidades una sola de las cuales basta para hacer surgir el llanto, la mudez, la nausea. Por exterminados quiero decir que existió un sistema jurídico, social, administrativo, que ordenó cómo un semejante, cosificado, iba a desaparecer de eso que se llama faz de la tierra y que es si es una faz, debiese ocultarse por vergüenza de quienes la pueblan. Y esa, la organización del mal más allá de lo que Arendt llamó su banalización, es la diferencia que para mí separa la Shoá, el Holocausto, de cualquier otra masacre humana, y mira que en ese cajón hay donde elegir. La Humanidad construyó su Historia civilizando el conflicto, hasta que llegado ese momento civilizó la pérdida de la condición humana; la reguló, y al regularla, al racionalizar el exterminio del otro, puso fin a la Historia. El nazismo y el exterminio de los judíos en los campos puso fin a la Historia. La Historia, desde entonces, es un como si.

Pero claro, el 27 de enero de 1945 queda muy lejos. El judío queda muy lejos y encima es incómodo. El judío es quien aplasta al palestino, por ejemplo, esos que fueron asesinados ahora hacen lo mismo; eso es una construcción común que obvia lo obvio: que no es lo mismo. Un sistema como el actual, el del como si, la Historia como si, el mundo como si, el Derecho como si, no ha sido ordenado jurídica, social, administrativamente para el exterminio. Confundir la mala praxis, por extendida que pueda estar, con la maquinaria organizativa de la Solución Final, me parece una vileza: es una vileza. Peo la Historia se sustituye por otra ficción más amable o conveniente o ambas, porque es como si fuese la Historia, o se borra, o se destruye -se cava su tumba en el aire-. En el mundo de las palabras, el vacío de esas palabras oculta su significado y su sentido, y sólo hay significante embellecido. Sólo hay imagen sin pie, luz artificial en medio de una negrura que nadie hace por alumbrar. El olvido es esa negrura que avanza por los salones cuando cae la tarde; uno está allí sentado, apaciblemente sentado, y cae la noche despacio y la vista se va acostumbrando hasta que cuando queremos darnos cuenta todo está oscuro.

Yo he tenido esa sensación, que se había hecho de noche en mi salón. Nadie encendía las lámparas, usando el título de Felisberto Hernández para un fin distinto. Nadie las enciende, y cuando las luces se extingan del todo puede que no quede nadie que recuerde a las víctimas. La memoria requiere un esfuerzo, del mismo modo que lo requiere ser humano y no otra cosa similar aun con vecindad civil reconocida. 1945 queda tan lejos que un día no estará, porque es incómodo guardar tanto trasto en las casas contemporáneas, cada vez mas pequeñas. La memoria que antes era miles de volúmenes ahora es un pendrive -un lápiz de memoria; el nombre es un chiste-, que es cierto que ocupa menos espacio, pero es mucho más susceptible de ser perdido. La gente olvida la Historia porque la Historia es borrada de continuo y se transforma en anécdota, en una lona sobre una fachada de un edificio arruinado: lo que se construye no es lo que estaba, sino como decía una ficción, un pastiche. El mundo en el mejor de los casos es sólo como si. En el peor se llama negacionismo o revisionismo, y está al alcance de cualquiera, y nadie se toma en serio, por ejemplo, en España, su persecución.

Lo que pretendíamos como Humanidad se acabó cuando se liberaron los campos. En realidad antes, cuando se abrieron tras su regulación legal. Lo de después es otra cosa, que nos permite sobrevivir sin inocencia. Eso habría que contar cada año, de continuo, sin cansancio. Los que mataron a quince millones de personas, a seis millones de judíos, quienes los cosificaron, el nacionalsocialismo alemán, los nazis, no se cansaban. Porque los de alrededor se cansaban, y dejaban para mañana frenarlos, criticarlos, denunciarlos, combatirlos, lo hicieron. Un hombre que se pretende un hombre, entonces, no puede cansarse, no puede abrigarse, no puede dejar para mañana, no puede dejar en manos de otros el razonamiento que separa la idea de la mala praxis, al hombre de la alimaña. Si uno piensa en la civilización piensa en la ausencia y evitación de la barbarie, pero fue una construcción de la civilización la que ordenó el Holocausto. La civilización construye muros de defensa, o construía, contra la barbarie, pero desde hace ya un tiempo sólo construye muros, y la razón o el sentido de hacerlos quizás ya está guardada en un pendrive. Pero un pendrive es algo cada vez más pequeño, y se va a perder un día, y entonces no nos quedará ni el como si para abrigarnos.

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