Informe para el Consejo de Administración

La historia no es más que un puñado de gestos ordenados; el aparente orden de una ficción. Por eso puedo contar que fue determinante para todo lo que sucedió después que en julio de 2013 se me rompiese la lavadora, justo cuando yo acababa de acabar Hombres felices. Un libro es también un puñado de gestos ordenados; los previos de quien los cuenta, los propios de los hombres -hombres y mujeres- que lo pueblan, los que añade quien lo lee en ese silencio habitado de gestos de otros que anticipan o cuentan el propio y que nos hace sentir menos solos, más humanos. Se me rompió la lavadora y luego yo hablé de esa rotura con otros, una rotura que reparé yo, y hace unos días se me rompió el frigorífico, un frigorífico que también yo había vuelto a hacer vivir varias veces antes de que ya no sirviese para nada el esfuerzo y el gesto; todo tiene un fin último, no en sentido de destino sino de término, y que hable de electrodomésticos para hablar de un libro puede parecer incomprensible pero se trata de un libro que comprendo que a veces parece incomprensible o inaprensible o ininteligible, un balbuceo, de modo que si hablo de una lavadora y de un frigorífico y de Hombres felices no estoy sino hablando quizás del mismo gesto, de un gesto conformado por otros. Del gesto como excavación, del gesto constructivo, del gesto reparador. De término, y quizás de sentido.

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Sé que Hombres felices no es un libro fácil ni amable; lo he sabido todo el tiempo. Sé que lo saben quienes lo han leído y de esos gestos está hecho el libro. Y lo siento, siento no haberlo hecho de otro modo. Pero la verdad es que no tenía intención alguna de hacerlo de otro modo. Era un gesto, volver a escribir era un gesto dentro de otros o al final de otros, un gesto incomprensible o ininteligible, un ejercicio, un acto de esperanza, confiar en que la conformación de lo particular como universal siga siendo la literatura -no quiero decir que lo que yo haga sea literatura, sino que el hecho de que una historia privada se transforme en una historia universal es la literatura-. Era el gesto al final de una cadena de gestos inaugurada por el gesto de erguirme en una silla sólo cuando hablaba de literatura, por creer que era capaz de reparar un electrodoméstico. Como digo, gestos privados que saltan al otro lado del muro sin temor a ser públicos, sin temor. Tras cada palabra hay otras mil que la sostienen en el aire mientras la palabra aparenta flotar sobre lo que no existe, y esa es la poética que me interesó en todo ello, el hombre sentado sobre lo que de lejos parece el vacío y que es el vacío también mirado de cerca, sentado sobre un cable, sentado de modo imposible sobre un cable que se sostiene sobre lo que ya no existe, sobre lo que es historia, sobre lo que es gesto, ordenación de gestos; ficción. Eso fue. No quise traicionar esa idea y supedité todo a esa idea, y por eso ha sido aún más emocionante que en ocasiones esa emoción haya dado el salto, haya superado el muro, o mejor aún que todos, autor, personaje, lector, hayan acabado sentados sobre ese muro, juntos, solos pero no aislados, mirando todos el mismo punto del aparente abismo. Esa coincidencia ha sido el gesto feliz que justificó el libro.

petitSe me rompió la lavadora pero antes se me habían roto otras muchas cosas, y en cierto momento yo quise saber si era capaz de repararlas. Reparar es  construir un acto ficticio, porque algo vuelve a funcionar como si, como si no hubiese estado roto; es construir una ilusión. Como de lejos se genera la ilusión visual de que el hombre sentado sobre el cable está sentado sobre el vacío. Dice Imre Kertész: “ Lo que hago es una ilusión, y en ello derrocho mi vida, que es asimismo una ilusión.” Escribí ese libro, Hombres felices -dos ediciones, estupendas lecturas, toneladas de cariño en todo ello- desde esa mirada que tan bien explica Kertész, la mirada del como si. Lo hice con ilusión, y la gente lo leyó con ilusión, porque así es como se leen o se deben leer todos los libros, y yo conocía o conocí a la gente que lo leyó y vi que en ocasiones su ilusión y la mía coincidían y eso fue aún más ilusionante y aunque esa coincidencia también sea una ficción, porque son gestos distintos que convergen en su término pero no en su destino, y cada una de estas palabras ininteligibles y poco amables y difíciles tiene debajo otras mil que las sostienen y que sería imposible enumerar. Yo ya había publicado otro libro pero había olvidado qué sucede cuando uno publica un libro y ese libro llega a manos de alguien, esa emoción, esa ilusión compartidas. Ya había tenido lavadoras y frigoríficos, y los seguiré teniendo, claro. Algunas cosas pueden repararse y otras no, y todo es un como si, y lo que parece flotar en el aire en realidad se sostiene en un cable tendido sobre lo que ya no existe. Quería hacer lo que hice y cómo lo hice y que eso generase la ilusión de estar en compañía, aunque todo no fuese sino ilusión. Juan Casamayor me dijo un día que yo iba a cerrar muchas historias con este libro, y acertó; él lo hizo posible editando el libro, él sabe que lo quiero a pesar de que editase el libro, sin editarlo, del mismo modo que quiero a muchos más allá de la lectura o la comprensión y sin que ni la lectura ni la comprensión sean necesarios para que los quiera, pues al fin y al cabo casi todos los gestos, y desde luego el gesto de leer un libro, son gestos contingentes que algún relato construye como ficcionalmente necesarios. Juan Casamayor es, a estos efectos, una categoría, la de los hombres que sostienen las ilusiones de otros de modo que parezca que flotan de pronto en el vacío. La definición vale para el sustantivo editor, pero vale sobre todo para el sustantivo amigo. Por eso si sólo lo cito a él os estoy citando a todos, semejantes, hermanos, al hacer este balance al que creo que estoy obligado, porque al finalizar el año las grandes empresas cierran sus cuentas, enumeran los grandes sucesos societarios, analizan las pérdidas y las ganancias, hacen balance, y un hombre no es sino las empresas que acometió, y eso no es sino la ordenación de sus gestos, eso no es sino una historia. Y sólo era eso, al final se trataba sólo de eso, de arreglar unas cuantas cosas que no funcionaban y de derrochar ilusión afrontando una empresa, la empresa de contar unas pocas historias de un modo particular que no me avergonzase, que no me traicionase, y ver si alguien se quedaba a escucharlas. Así que a los muchos que os quedasteis, amigos míos, gracias.

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