El amor del revés. Luis G. Martín.

El amor del revés. Luisgé Martín. Anagrama. 2016.

Recuerdo que al principio de que funcionase Canal Plus hicieron a veces pre-estreno de películas que iban a verse en cines unos días después. My Own Private Idaho, de Gus Van Sant, fue una de ellas. He mirado en güisquipedia que eso fue en 1991. Yo quería verla porque conservaba un muy buen recuerdo de la anterior, Drugstore Cowboy, con la que además compartía con el protagonista la superstición contra los sombreros sobre las camas. Como no iba a estar en casa dejé el video programado -he escrito casi un ensayo de historia de la tecnología en cinco líneas; canal plus con la llavecita blanca, un video, programarlo-. Volví a casa con la película casi acabada, y me di cuenta de que el video no estaba grabando. No entendía qué podía haber pasado, hasta que me dio por preguntar a mi padre, que andaba enterrado en prensa deportiva, Papá, tú has tocado el video que yo había dejado programado, Pues claro, me dijo sin levantar la vista del papel, Y eso por qué, le pregunté cabreado, y casi anticipando la respuesta, Porque estabas grabando una película de maricones. Lo que siguió fue uno de nuestros habituales intercambios de gritos, porque él no entendía que yo quisiera ver una película de maricones y que en su casa no se veían películas de maricones, y yo no entendía que no se metiese en sus putas cosas y me dejase tranquilo. Si no recuerdo mal Teresa había subido conmigo a casa, llevábamos poco tiempo juntos -ahora eso se ha transformado en veinticinco años- y pudo ver una escena de familia Navarro en todo su esplendor. Si no recuerdo mal ella llamó a su casa -llamó por un teléfono fijo colgado en la pared de la cocina, lo aclaro para que esto sea más evidentemente un ensayo histórico- mientras mi padre y yo nos gritábamos, y le pidió a su madre que metiese una cinta en el video y grabase lo que había en canal plus; en pleno partido de gritos mi padre me preguntó, Qué pasa, es que te has vuelto ahora maricón, o qué, y yo le contesté, Sí, me he vuelto maricón, qué pasa. Él resoplaría o algo así y me daría la espalda, y yo quizás dejé el asunto ahí, cuando Teresa me intentó calmar diciendo que la película se estaba acabando de grabar en su casa. Me he acordado de esto, que soy consciente de que no deja en gran lugar a mi padre, y también de unos versos de Wordsworth – “¿cómo puede uno pretender que otros/ hagan por él, siembren por él, y a un gesto suyo/ le amen, si ni siquiera tiene cuidado de sí mismo?” – leyendo de una sentada el nuevo libro de Luisgé Martín, El amor del revés. Yo tengo Los oscuros, su primer libro de cuentos -pero no lo encuentro ahora por casa, y tengo un cabreo del quince-, un libro plagado de secretos, y he leído igualmente de un tirón dos de sus novelas anteriores, La mujer de sombra, y La misma ciudad. Me gusta mucho como escribe Luis G. Martín -así firmó él Los oscuros, un libro que a Felipe R. le recomendó Hipólito G., parece que hubo una época en que los escritores hacían esas cosas con sus nombres: continuidad del ensayo histórico-, los tres libros me han encantado de manera sucesiva, y respecto a las novelas las he recomendado y regalado mucho. Tienen algo hipnótico sus libros, una especie de humo seco que atonta al lector, una sustancia que yo no sabría desentrañar porque soy un analfabeto funcional, un humo que sale de grietas en las ventanas y puertas de sus historias y que las vela y las hace asumibles aun cuando den a escenas un tanto temibles, pero que existen. Lo horrible existe, aunque no lo veamos, aunque lo ignoremos, existe. Como mi amigo José Antonio, mi librero, sabe que me he llevado los libros anteriores de Luis G. -yo le voy a dejar el G. porque me da coraje que se le haya ocurrido algo tan buen como lo de Luisgé-, hace un par de días me regaló El amor del revés -aun tengo pendiente en casa La vida equivocada-, el ejemplar que a la librería ha mandado la editorial. Voy a hacerte un regalo, tú siempre te llevas los libros de Luisgé -como es él el que habla ahora sí pongo Luisgé- Martín, verdad, Claro, tío, me encanta Luis G. -ahora, como estoy hablando yo…-, Pues voy a bajarte su libro nuevo, espera un momento. Así me fui, más contento que nadie a casa, con un paquetón de libros y uno regalado, porque soy un hombre fácil de contentar, y más si tienes acceso a las facturas de mis compras de los últimos años. Me ha hecho mucha ilusión el regalo de José Antonio -si la librería Luces cerrase por el puto metro de mierda de Málaga os juro que hago estallar el túnel que hagan bajo la Alameda- como me han hecho mucha ilusión otros regalos anteriores suyos, como el ejemplar de promoción de Lo que a nadie le importa, de Sergio del Molino, o las pruebas de imprenta sin corregir de Canadá, de Richard Ford; es como volver a tener el Canal Plus y ver la película en pre estreno antes de que llegue a los cines. Es un extraño privilegio hormigueante llegar el primero a ciertas formas de belleza, es como ser rico o como no tener alergias alimentarias o como tener el movistar plus pirateado. Como he dicho en el tercer párrafo, me he leído de un tirón El amor del revés. El amor del revés es el libro más hermoso de Luisgé -ahora ya le llamo así por respeto a su hallazgo, qué nombre tan bueno, coño- Martín. El amor del revés debería ser una lectura civil obligatoria. El amor del revés narra cómo un hombre, Luisgé Martín, descubre que es homosexual y qué pasa cuándo eso sucede en un país en el que con suerte tu padre apaga el video para que no se grabe una película de maricones -película, My Own etcétera, que por cierto no me gustó, me pareció un poco tostón tras el fogonazo de Drugstore Cowboy-, pero con mala suerte un puñado de malnacidos te apalea. Qué sucede cuando uno se contempla deforme, un monstruo, una versión irredimible y asquerosa del bicho llamado Gregor Samsa -aun cuando, como él, sea el único hombre real de la historia y no una ficción cercenada y sin sentimientos de un hombre-, qué sucede cuando uno se ve de ese modo porque todo y todos los que le rodean le dice que ser quién es, y cómo es, “eso”, es irredimible y asqueroso, y que lo que algunos llaman la normalidad, incluso la ley de dios, es el único ideal posible. Como si la normalidad admitiese una única definición, como si dios existiese y se ocupase de mandar mensajes a través de Al Yazira o Intereconomía. Qué sucede cuando uno nunca puede ir a una boda que protagonice pero sí a su funeral, como recuerda el narrador recordando la historia más hermosa de las que se cuentan en Cuatro bodas y un funeral. He dicho antes que recordar para contar la historia de mi padre no lo dejaba en buen lugar, pero no es cierto: mi padre es un hombre bueno que vive en una sociedad que sigue enferma. Cada vez menos, pero sigue enferma. En la que hasta hace tres días alguien que amase a otra persona no podía hacerlo público sin miedo ni asco ni vergüenza propios, inoculados, además del miedo y asco y vergüenza públicos. En la que, y ya que he citado a dios, algunos lo invocan para justificar actitudes que repugnarían a dios si existiese y mandase mensajes por Telemadrid. Dice al principio hermoso de su hermoso libro Luisgé Martín que se pone nombre a la sexualidad, pero todo lo que ocurre tiene siempre su principio en los sentimientos. Yo creo que hacer entender eso es esencial para que todo lo demás sea comprensible. No es cuestión de pollas o de coños sino de corazón, y eso o se tiene o se finge tener, pero si se tiene es imposible que pueda admitirse que un hombre tenga que convertir su vida en un solitario sufrimiento sin solución. Lo mismo que la historia que he contado de mi padre puede convertirse en categoría puede hacerlo la de Luisgé, por eso la literatura es más importante que la vida, porque si la vida admitiese lecciones corregiría su rumbo y evitaría que una persona tenga que someterse a la tensión narrativa de construir ficciones continuas para poder sobrevivir, y que ninguna de esas ficciones sea amable con él, con lo que siente, que le salve de un horror que no es suyo sino impuesto. Mi padre sólo lee prensa deportiva, pero si fuese capaz de leer otra cosa yo le obligaría a leer El amor del revés como terapia, para que vea que la realidad es más compleja y más apasionante y más hermosa. Y también obligaría a leer el libro de Luisgé a muchos de mis amigos, gente de la misma generación que Luisgé, que es casi la mía, y que son incapaces de entender que el corazón es más importante que los genitales -y yo a veces soy incapaz de entender por qué son entonces aún mis amigos-. Yo me fijo mucho en la última palabra de los libros, cuenta mucho la última palabra de un libro. Las palabras final y feliz aparecen en el último párrafo del libro. También aparece la palabra madre. La palabra amor aparece en muchas ocasiones en el libro, siquiera sea para hablar de su imposibilidad. También sale una boda; soy muy tradicional, me encantan las bodas. Me encanta que la gente se quiera porque es mucho más preferible a que se odie, a que se deje caer. La historia de Luisgé es la historia de un luchador que aprende a amarse, y cuando eso sucede los finales felices pretenden que lo demás llega por añadidura. No siempre es así, pero es mucho peor que encima uno no sea capaz de reconciliarse con quién es, con cómo es, de reconocerse tras las ficciones y las máscaras. Por eso El amor del revés además de su enorme calidad literaria es tan hermoso, porque la historia de ese hombre contada de manera hermosa es hermosa más allá de las palabras, porque un hombre aprende a cuidarse, y está bien que por ello los demás le amen. Porque es hermoso que a veces algunas historias, incluso las bodas, acaben bien.

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