Un pequeño ensayo sobre la memoria como Exposición de Motivos

          Esta mañana nada más intentar abrir los ojos me he acordado del lechero que nos llevaba la leche a casa cuando yo era pequeño. Ni siquiera había abierto los ojos y seguía en la cama tratando de deshacerme de la sábana y la colcha cuando he visto la leche moverse dentro de la enorme cántara metálica en que nos la traía y cómo caía dentro de la lechera de casa mientras el hombre vaciaba a pulso y sin derramar nada el recipiente pesado; en la madrugada aún sin sonidos oía el rumor del líquido, en el que a veces flotaban algunas briznas de pasto seco, rozando y dando contra el metal. La oscuridad se aclaraba poco a poco en la habitación y estaba viendo a mi madre, cómo a veces mi madre bajaba la lechera y otras veces era el lechero el que subía a casa tirando de una lechera más grande que llenaba en la calle sacando la leche de otros cántaros aún mayores con un enorme cucharón. El lechero llegaba a la calle en carro, puesto en pie en él, en silencio, agarrando las riendas de un caballo sin lustre alguno. Yo no vivía en el campo sino en plena ciudad o mejor dicho en un margen de la plena ciudad, junto al mar, y veía llegar a veces si estaba jugando en la calle al lechero con su carro cargado de cántaras de latón grandes como hombres aburridos e inmóviles. No recuerdo su voz, no recuerdo su cara, pero sí la leche hirviendo luego en la cocina de casa y cómo mi madre me dejaba al cuidado de ver que no se fuese, y en ocasiones me despistaba y se producía un borboteo violento y repentino y una erupción blanca de espuma caía sobre el fuego. Yo miraba entonces aquel carro en la calle, aquel caballo inmóvil, solo mientras el lechero subía la leche, el brillo del latón alumbrando el crepúsculo de noviembre, sin saber que iba a estar acordándome de aquello mucho después, y tantas veces. Porque mientras me acordaba en el amanecer de hoy del lechero y del caballo tirando me he acordado también de que ya había tenido antes ese mismo recuerdo, y no había olores aún en la casa, lo que según Proust y las neurociencias habría hecho explicable esa persistencia del recuerdo y escribir varios tomos sobre él. Intentaba buscar la postura para incorporarme sin esfuerzo en la cama y he recordado que cuando dejamos aquella casa y nos fuimos a vivir al interior de la ciudad, también casi en otro confín de ella, el lechero estuvo viniendo una temporada a la nueva casa, pero ya no venía en el carro sino en una furgoneta blanca con las ruedas y los bajos siempre manchados de barro, y luego dejó de venir y mi madre comenzó a comprar la leche en bolsas, y a veces jugando en el recinto de los nuevos bloques me acordaba del caballo y del carro y de las cántaras y del lechero y de la leche subiendo en la olla sin que pudiese hacer nada para evitar que se desbordase en espumarajos. Y me he acordado de que hace veinte años también me acordé otra vez de todo esto y entonces escribí un texto sobre aquel caballo y aquel lechero y aquel olor a leche quemada. Estaba casi sentado ya en la cama intentando recomponer la postura para ponerme en pie, y he pensado que iba a escribir de nuevo unas líneas sobre el comercio de la leche en el barrio de Huelin de Málaga hace cuarenta años y sobre el sonido de la leche cambiando de recipiente, y me dolían al intentar levantarme las cicatrices y las fracturas ya acumuladas, eso que dicen que sucede con los cambios de tiempo, y es cierto, es cierto lo que dicen, cicatrices, fracturas recompuestas, todo duele precisamente por eso, por el cambio del tiempo, el cambio de tiempo, el tiempo.

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