El jardín de la memoria. Lea Vélez.

El jardín de la memoria. Lea Vélez. Galaxia Gutenberg. 2014

Dice Imre Kertész -en una de las múltiples, casi infinitas respuestas a la pregunta- que se escribe para evitar que la historia nos despoje de nuestra personalidad y de nuestro destino. Eso hay muchas maneras de hacerlo, porque muchas son también las maneras de imponérsenos las historias. En el mismo texto en que parafraseo a Kertész, que es su discurso de aceptación del Nobel, él describe que tuvo algo así como la experiencia dionisíaca nietzscheana, la tentación de perderse en la masa, y que la eludió a través de la escritura. Creo que es obvio que existe un puente que tiembla mucho por el que se hace el tránsito de la experiencia a la escritura, y si hay un momento en que la pasarela cimbrea y marea pasar el puente es eso que se etiqueta como literatura del duelo.

Siento una extraña atracción por esa literatura confesional. Supongo que porque me paso el día anticipando catástrofes y disponiéndome para ellas, para llevarlas conmigo, a cuestas, en los bolsillos -esto eso, haciendo mala literatura-, me atrae del mismo modo que me repele. La abordo como un pez desconfiado, ya sé que es un cebo, ya sé que picaré, pero doy vueltas y vueltas hasta que me decido a dejarme pescar. Eso hice con El jardín de la memoria, de Lea Vélez, le di vueltas y lo fui dejando hasta que estuve seguro que iba a acabarlo del tirón, que es lo mejor que puede decirse a secas de los libros. Hay también en esas vueltas un cierto temor a penetrar en el pudor y la intimidad de los otros a través de la puerta más temible, la del dolor. Pero bueno, me digo, es la escritura la que lo ha puesto ahí, la necesidad de la escritura de quien se llena los bolsillos, y a su pesar, de eso, el dolor, la muerte. Su necesidad explicativa o comprensiva -y aunque no se logre, porque no se logra, es inconsolable esa necesidad-. Y entonces me pongo y me acabo los libros de un tirón como he dicho, como quien se toma una pastilla o una medicina, que pase pronto, Que me cure.

El jardín de la memoria es un relato administrativo, y creo que es la primera vez que asigno al adjetivo un significado elogioso. No existe en él ese llanto histriónico y gritón que tanto rechazo me produce en la vida real, porque creo que el dolor es tan poco describible que ciertos silencios se imponen, y cuando el griterío surge me produce la sensación de que en ello lo que late es una profunda ignorancia del lugar del dolor y la muerte en nuestras vidas, de la necesaria conciencia sobre ello. A poco que uno tenga años y haya visto morir a gente ha visto estas cosas: alguien grita y se araña y alguien llega, lo abraza, lo calma y donde lo conduce es al silencio, un silencio acompañado y acurrucado. Y luego está esa gente, la que prefiero, que llora a solas en los coches o los sofás o los baños, que digiere como puede, que regresa con los ojos hinchados y hace por sonreír porque el dolor mayor no es el propio, sino el del otro. Por eso digo que este libro es felizmente -dudo si escribir esta palabra- administrativo, porque la historia, que es una historia común como otras tantas a las que el paso del tiempo despoja de existencia, es conocida, tanto como pueda serlo cualquier otra, el marido de la narradora está muriendo de cáncer, muere de cáncer, y la narradora la cuenta para administrar su dolor, el propio y el de los otros, el de quien se va y el que queda guardado en cajas para ella, para sus hijos, y ello en una familia en la que la experiencia de ese paseo es repetida, a través de un antecedente familiar reconstruido a través de fotografías. La narradora, la narradora que es Lea Vélez, tiende puentes entre ambas historias y con una historia que marca el momento más doloroso de la civilización occidental, las fotografías de Francisco Boix, el fotógrafo de Mauthausen, porque como dice Kertész, también refiriéndose al Holocausto, el dolor de los otros debe ser contado para que el tiempo y la historia no lo despojen de existencia y no sirva para nada. La narradora está obsesionada con escribir sobre Boix al tiempo que su historia personal se escribe a su pesar, y esa superposición de temas e imágenes, esa sedimentación, es la que nos define cuando decidimos sobrevivir contando.

No hay, como digo, un alarde de pirotecnia efectista, felizmente -dudo de nuevo si escribir la palabra-, sino un relato en el que una mujer va a la compra o al médico o cambia el estado de la casa para albergar una cama articulada. Hay un punto notarial en todo ello que me resulta más doloroso a mí como lector que si hubiesen volcado centenares de adjetivos huecos. Ese despojarse de adjetivos propios produce el relato de la marea en que flota el ir y venir de las historias que se cuentan, lo no dicho por indecible, porque para qué, si quien lee no sabe leer qué es eso aunque las palabras no estuviesen allí, para qué. Voy a regresar a Kertész. Determinados sucesos siempre están en presente, y este es uno de ellos. Uno los enfrentará siempre en presente. Los sucesos capitales, la muerte del otro, no pueden ser cambiados una vez que ocurren. Los contamos como una novela negra o los contamos como un folletín, pero hay una tercera vía, que es esta, la de Lea, la enumerativa, porque cuando uno cuenta, enumera, hace listas, advierte el mayor peso de lo que falta y siempre faltará en esa lista. Dice Kertész, que estoy seguro que se habría llevado estupendamente con Lea, que el duelo no solamente guarda amargura, sino unas reservas morales extraordinarias. Decía Kertész que es el amor lo que le ha salvado y le mantiene con vida. Eso es El jardín de la memoria, una carta de amor, un acto moral extraordinario. Lea Vélez, la autora, la narradora, se convierte sin querer en paradigma, el de las mujeres que lloran mientras arreglan una puerta y hacen la compra y que sostienen el mundo que los hombres creen haber construido. Y yo quisiera que ella jamás hubiese tenido que escribir ese libro.

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