La hora violeta. Lo que a nadie le importa. La España vacía. Sergio del Molino.

La hora violeta. Sergio del Molino. Mondadori. 2013. Lo que a nadie le importa. Sergio del Molino. Random House.2014. La España vacía. Viaje por un país que nunca fue. Sergio del Molino. Turner. 2016

 

Me había impuesto hablar de dos libros, uno de ellos una novela, entendiendo como novela todo lo que no sea un libro de cuentos o que no lleve los renglones con mucho sangrado -entonces se llama libro de poesía: es como un libro de cuentos, pero el tema de cada pieza se ve mucho menos-.

Yo hablo poco de novelas porque me gustan más los cuentos, pese a que he leído muchas novelas. Supongo que porque la mayoría de las novelas más contemporáneas me cansan, los personajes pasan mucho tiempo pensando en quién va a hacer su papel en la película -y eso, incluso hablando de literatura y no de subproductos de autoyudapseudohistóricosentimentosexualesmarcablanca-, y los autores dejan mucho espacio al estupendismo en sus páginas. Echo de menos mucha sinceridad en ellas, que la gente meta vida y se juegue la vida en ellas, cosa que sí encuentro con más frecuencia o en un mayor porcentaje en los cuentos: echo de menos que los textos tengan corazón. Cualquiera puede tener técnica, el oficio se aprende, las fórmulas son objeto de vending tallereto, con todo lo que hay ya escrito es fácil copiar o recrear hallazgos, pero amigo, tener corazón, poner corazón -y más aún, tener cojones, echarle cojones o coño al asunto- eso ya es más difícil. Tener raza, hostia, eso no se aprende ni de coña.

Hay un más allá: saber que la única salida que te queda, además de tener raza, además de tener corazón y escribir con corazón, con sinceridad, y con los dedos ensangrentados de vida, es hacerlo. Que no te queda más remedio que hacerlo. La inevitabilidad.

Yo creo que en esa categoría está Sergio del Molino.

Anticipo que no conozco a Sergio del Molino, aunque parte de esto, una parte chiquitilla, sí se lo he dicho en un par de mensajes que le he mandado, por si me daba un infarto corriendo y se me quedaba esto sin decir y mi cadáver era menos bello por eso -una mierda me va a dar un infarto corriendo, que estáis chalaos (y algunos gordos); eso da por quedarse en el sofá-. Es más, yo llevaba un año evitando a Sergio del Molino, porque sabía que podía pasar esto.

Y ha pasado.

Yo había leído de Sergio del Molino sólo un cuento, en Madrid-Nebraska, la antología del viajero Sergi Bellver, que tampoco me entusiasmó. Y ya está, no había leído nada más; porque me había recetado: del Molino, ni de lejos, y tenía yo mis motivos. Pero mi amigo José Antonio, de la librería Luces -Luces es como mi salón pero sin tele y por tanto sin el disneichanel: vamos, como debería ser mi salón- me cazó llenando la bolsa de provisiones para el mes de agosto -digresión uno: pensaba pagarlos- -digresión dos: provisiones para agosto de 2063, hasta entonces tengo cubiertas las necesidades con las compras anteriores- y me dijo: ¿si te hago un regalo te lo lees? Y yo que soy agradecido le dije que Claro.

Pa rechazar regalos de libros está la cosa.

Y va el tío y me trae una novela de Sergio del Molino: Lo que a nadie le importa. Y le dije: hostia -lo sé, uso muchos tacos: los tacos evitan que se me salgan de la pared los argumentos cuando los cuelgo ahí; sin tacos va Chéjov y saca un clavo para usarlo al final de un cuento que acabará traducido por Paul Viejo, y cuelga al personaje del clavo, y se sale el clavo de la pared por no llevar taco y el personaje sobrevive al suicidio y se le jode el cuento a Chéjov, pero no la traducción porque Paul lo traduce todo, y lo mete en una adenda final en el cuarto tomo de los cuentos completos. Y todo esto por poner hostia, si fuese menos mal hablado una digresión menos: cosas del uso excesivo de los tacos como recurso estilístico -. Ahora tengo que retomar la frase sin digresión: hostia, le dije a JA, Sergio del Molino, ¿tú has leído La hora violeta? Yo no tengo cojones de acercarme a ese libro.

Pero vayamos por partes, Jack the Ripper said. Allá que me fui yo con las provisiones y la novela de Sergio del Molino. Leí la contra y salía la guerra civil -la pongo con minúsculas- y eso me mosqueó porque forma parte del manual de estilo novelero postcontemporáneoespañol la obrita sobre la guerra civil. Pero luego leí que salía El Corte Inglés y eso me animó, porque ECI es la maría y la cocaína y el alcohol y los productos terminados en zepán, todo junto y legal, del capitalismo español, el cóctel verdiblanco de la felicidad de la clase media y media alta, la ilusión de fugarnos de la eterna provincia en que agoniza España.

Pasaba agosto y leía a John Berger y a otros amigos y corría en las madrugadas y nadaba de boya a boya y me negaba a escribir más en mi vida, y eso se parecía a la felicidad. Y entonces abrí el libro de del Molino y leí: Éramos pobres, pero teníamos Francia.

Y se armó, vaya si se armó.

Lo que a nadie le importa es la novela que yo quisiera escribir si no me quedase más remedio que escribir una novela. Así lo digo. Escrita desde una mirada radicalmente individual, una novela sentimental sobre cómo pueda ser el dolor oculto de un hombre que quiso ser otro, reconstruido por quien apenas nada sabe de él -como pasa siempre en las familias-, y precisamente por eso la novela más universal que se ha escrito sobre la guerra civil y sobre la cultura de hacer colas que este país arrastra desde Lepanto. Los libros te atrapan por varias vísceras, pero sólo me interesan, ahora que me hago viejo y guapo, los que te cazan desde esa apuesta emocional de alto riesgo. Ese es un libro que tarda años en larvarse, en crecer, en construirse, como todos los excepcionales. Y si hablo de estructura, hombre, ponedlo en los cursos esos que hay por ahí de termomix literaria, esa aparente facilidad de planos permeables es orfebrería pura. No decae, no se acaba la fiesta citable, y uno está leyendo entre espejos que le explican quién es y qué somos y qué es esto. Si las bandas de desgraciados que cobran por representar la soberanía popular leyesen libros como éste, si las bandas de desgraciados que votan a esas bandas de desgraciados -no hago exclusiones, no tomo prisioneros- leyesen libros como éste, no hablaríamos de España sino construiríamos España, porque hablaríamos de decencia en un país indecente, de moralidad en un país inmoral, no haríamos colas de izquierdas o de derechas sólo porque ya hay un tipo ahí y no nos gusta señalarnos y es mejor ir detrás y por eso siempre vamos a la cola en una cola y no asumimos el riesgo de ser el primero en el peligro de llevarte la guantá. Yo creo que Lo que a nadie le importa es un gran libro de historia, de Historia, sonrojante. También es eso.

Yo leí hipnotizado Lo que a nadie le importa. Luego le puse un mensaje pequeñito de hombre pequeñito como soy yo a Sergio, que es un gran hombre. Esas cosas, gran hombre, buena persona, apenas se dicen, y yo creo que no se puede aspirar a nada más ni mejor.

Y luego dije, bueno, de perdidos al río. Ya intuyes por dónde va a ir esto y cómo acabarás. Pero hay que hacerlo. Y me hice con La hora violeta.

La hora violeta es el libro que nadie debería tener que escribir, el peor libro que nadie debería tener que escribir cuando esto de escribir es irreductible inevitabilidad -si no lo es, mejor dejarlo pronto-. Yo soy incapaz de describir para quien no sepa qué es La hora violeta qué libro es: usad gúgel. Es un himalaya de amor y de dolor, y no siento que yo sea capaz ni adecuado ni digno para resumir más ese libro terrible y hermoso. Sólo apuntaré que Mortal y rosa no me pareció tan mortal como lo es La hora violeta, quizás por una cuestión de disposición personal -no era padre ni pensaba serlo cuando leí Mortal y rosa-, pero también porque hay un despojamiento, una limpieza de adjetivos en La hora violeta que no hay en el libro de Umbral. Cómo adjetivar cuando estás frente algo que ya como sustantivo seco contiene una adjetivación tan apabullante como para fundir una supernova. Yo no quería leer La hora violeta porque presumía que me arrastraría a una oscuridad donde ni quise pensar como sería estar cuando intuí de lejos que quizás podía estar, pero Sergio del Molino es tan elegante que no lo permite, y te tiene en pie mientras él está de pie. Y al final no, claro, al final hay que caer, y llegué a la página 188 y tuve que salirme del salón e irme a la cocina a oscuras a respirar y llorar, porque nada hay más radical ni hermoso, no hay amor más grande, que el final de esa página.

Así que ya está hecho, ya está leído el libro que yo no quería leer por muchas razones, algunas evidentes y otras privadas, uno de esos de los que uno nunca sale igual que entró y que cuando te hacen una resonancia y te sale una mancha en el corazón y amplían mucho la imagen de la mancha para saber qué es eso resulta que es ese libro. Hay que tener raza y todo lo demás, hay que ser un corazón que palpita y palpita para tener los cojones de, cuando uno está ante ese abismo y la escritura le es inevitable, y pese a eso, ponerse y escribir un libro así. Ese es el genuino más allá.

Al haber leído los dos libros en orden inverso a cómo se han escrito uno puede concluir, no hay que ser muy listo y yo no lo soy, y sin haber leído otra cosa más que aquel cuento en Madrid-Nebraska, que obviamente nada va ser igual ya en la literatura de Sergio. Yo creo que la mirada que -iba a escribir por desgracia, pero no estoy seguro de que deba escribirlo- ha encontrado y afinado en esos dos libros no va a abandonarlo ya nunca, se ha colocado en ese no lugar donde sólo están los que, como decía Gil de Biedma, han amado mucho. Un lugar de enorme riesgo, pero es que no hay otro lugar ya en este sucedáneo de la vida que es la vida.

Y voy a atreverme a aventurar algo más, desde esas dos lecturas: Sergio del Molino es un escritor de los que merecen ese nombre porque lleva barba, y como Poli G. Navarro me dijo un día, los escritores llevan barba -véase la pestaña de Imágenes en gúgel también-; pero además, dejándome llevar por un prejuicio ignorante y mercadonero sobre las contaminaciones de la biografía, me parece Sergio del Molino una buena persona, de los que honra conocer. Después que dicen de uno que es una buena persona ya no se puede decir nada más.

Adenda.

Escribí las líneas anteriores en septiembre de 2014, tras leer esos dos libros y antes de conocer brevemente en persona a Sergio del Molino. Luego el tiempo cobra piezas, y una de ella ha sido el nuevo libro de Sergio, un ensayo literario -es decir, no es aburrimiento mortal de datos, cifras y frases ampulosas-, La España vacía. Viaje por un país que nunca fue. La España vacía incluso ha creado una categoría periodística, la de esa España vaciada con la huida a la ciudad que ya sólo se llena a veces en puentes y vacaciones rurales -crear una categoría es propio de gente con talento desbordante, gente que no tiene más remedio que hacer eso, que casi diría que tiene la obligación moral de hacer eso-. De nuevo una historia de dos Españas, un mantra en el tiempo de un país cosido de mala manera por quienes tenían asignado hacer que esas costuras se viesen lo menos posible. Ese ensayo es el relato de un viaje, el viaje de la mirada de Sergio por carreteras bacheadas que te transportan en el tiempo y en en el espacio a la España que a (casi)nadie le importa. Y es igual, es igual, es la mirada reconocible y afinada de un hombre que cuenta el lugar que habita, como antes ha contado el cuerpo y el tiempo. Tres libros corriendo en la misma dirección, escritos engranados, piezas de un montaje identitario, el propio, el de los otros, el de nuestra relación con el otro y los otros. Tres libros de un escritor que merece el nombre, un hombre que merece el nombre, una muy buena persona.

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