El gesto espejo

Desde finales de septiembre de 2011, en que tras una mala media decidí dejar de correr y así estuve unos dos meses, en los que incluso Teresa acababa primero animándome y luego conminándome a salir y yo simplemente me negaba y me daba la vuelta y me marchaba de la conversación, no había estado nunca tanto sin correr como estos últimos 23 días. No desde luego voluntariamente, ni tampoco obligado por una circunstancia adversa. Sí es cierto que bajé el ritmo desde enero de 2014; no he perdido de vista la intensidad, pero salvo algunas excepciones no he corrido con ella: las razones son varias pero el resultado es uno. Esta mañana me he levantado sin prisa, me he vestido sin prisa, he metido las plantillas a las zapatillas nuevas, y ha sido al ponerme el reloj cuando me he dado cuenta de una cierta imposibilidad de que salir esta mañana fuese como otros días; no podía dejarme el reloj sobre la cicatriz fresca de la muñeca, así que me lo he cambiado de mano. Sin apenas fuerza en los dedos pulsaba mal y erradamente los botones, que decían otra cosa en la pantalla que lo que buscaba o no generaban acción alguna. Tampoco podía sujetarme bien la pierna derecha al estirar, y he optado como estos días por hacerlo, también esto, con la izquierda.

La temperatura era buena para un agosto, me encontraba bien. Pensaba que la vibración o los impactos harían eco en la muñeca, pero no. Así he ido avanzando por las avenidas, cómodo en el asfalto y vencida cierta aprensión. No tenía que mirar el reloj porque me conozco demasiado como para no saber cómo iba. Al llegar a un cruce un coche ha aflojado para que yo pasase cómodo, y he alzado la mano del braceo para agradecérselo al conductor, y en ese gesto me he dado cuenta de nuevo que algo me seguía siendo extraño, porque la mano que he levantado abriendo mucho los dedos para darle las gracias era la mano del reloj, la izquierda. La otra, la mano al otro lado, ha fingido que la cosa no iba con ella, entrecerrado el puño, yendo y viniendo y dejando ver en el bamboleo la estela blanca del esparadrapo que me había puesto para que al costurón retorcido y enrojecido no le diese el sol. La mano derecha de un diestro algo torpón ha acabado estos días por aceptar su papel provisional de mano izquierda -sin una clara conciencia de que fuese una situación transitoria, abriendo la puerta a la especulación de nuevos estados inamovibles, claro, cómo no ceder a esa tentación- y se ha empeñado en mostrarlo a las claras, no ayudando con el reloj, no siendo cortés. Sólo acompañando, como nos acompañan los gestos que hacemos frente a los espejos. Fingiendo que son el gesto, en vez de ser tan sólo eso, reflejo, falso gesto al otro lado, gesto sin espesor, gesto espejo.

Tras haber salido el libro mucha gente y de maneras muy distintas me ha preguntado si seguía escribiendo -después de preguntarme antes por qué había antes dejado de escribir y por qué había vuelto a hacerlo-. Por lo general a todo el mundo he dicho lo mismo, No. ahora No. Si alguien ha ahondado siendo alguien a quien estime he ampliado la razón de la negativa. No, no estoy interesado en ello, no he perdido de vista la intensidad, pero salvo excepciones ya no lo hago con ella. He parado, estoy parado. Hoy sentía la necesidad de correr, tenía la necesidad y la ilusión, entendía que hacerlo era ineludible y que podía llevarme a otro lugar por el que me interesase pasar, pero no tengo esa misma sensación frente a la escritura, y yo corro y escribo, lo he dicho también bastante, por sensaciones. Incluso de modo literal a alguna pregunta sobre el interés futuro de mi escritura he contestado que sí tenía ilusión en volver a correr un maratón con la plena conciencia de estar ante un suceso único, ante un gesto necesario, pero que esa misma ilusión no la tenía respecto a mi escritura. No me hace falta mirar el reloj de la escritura para saber cómo voy, o cuando no voy, y ahora sencillamente no voy, como no he ido durante meses al correr. No ha sido correr en ese período un gesto gratuito porque cumplía otra finalidad, pero sí sé que puede serlo la escritura, y desde luego cierto tipo de exposición pública de la parte más elaborada de esa escritura, y ante esa posibilidad hago como cuando Teresa me preguntaba por qué no quería salir a correr. Al contrario que entonces, ahora la carrera no ha sido mala sino que ha salido algo inesperadamente bien, pero mi respuesta es la misma; digo Porque no, y me doy la vuelta dejando la conversación.

Estos días atrás me preguntaba al volver del hospital cómo lo haría para algunas cosas sin contar con la dirección de la mano derecha. De modo cada vez menos torpe he recreado los gestos que antes hacía con la derecha, y ahora casi de modo instintivo ya los hago con la izquierda. El tiempo continúa avanzando y yo me ducho sin problemas con una sola mano o me corto las naranjas para el zumo. La existencia de ciertos órganos duplicados es un signo del extraordinario diseño humano, supongo, en evitación de que determinados gestos devengan de pronto imposibles. Gestos diarios, vitales -de una cierta cualidad de lo vital-, e inapreciables casi si uno no se detiene de modo previo a generar ante ellos un interrogante y a hacer visible después una reflexión; coger un plátano, distribuir el aire, filtrar impurezas, contemplar una avenida vacía, hacerte con el silencio de esa avenida, caminar por ella. Cuando uno no puede hacerlos del modo habitual genera una nueva rutina que integre ese gesto recreado, esto es, vuelto a crear. Pero vuelto a crear ya no es el mismo gesto, no es el espejo del anterior, no es su reflejo, sino otro. Es otro, y el gesto anterior, que ahora ya es otro también, simplemente deja de existir, se transforma en recuerdo. El nuevo gesto se integra en nuestra vida, la coloniza de modo silencioso, se instala en ella sin un mal gesto salvo alguna torpeza inicial, y ya no volvemos a saludar con la derecha, y al cabo tampoco lo echamos de menos aun cuando sea por mera supervivencia de la memoria, que si sólo acumulase nuestro dolor acabaría por hacernos estallar.

Sí es cierto que para algunos gestos no hay remedio cuando dejan de poseer un aparato motor. El corazón se para, y no hay vuelta atrás. O el hígado. O el páncreas. O el cerebro. Si algunas cosas dejan de hacerse la situación se vuelve insalvable, no es sustituible una rutina por otra, pensaba mientra corría. Pero ahora estaba haciendo los gestos de la mano derecha con la otra, y entonces la otra pasa a ser la derecha, y no pasa nada: el fingido orden natural del mundo no se altera, y en unos días pulsaré con naturalidad los botones y la pantalla del gps en carrera me dirá lo que quería saber. La importancia de algunos gestos es impostada, es, claro, una ficción, edificar sobre lecho de arena un significado para un signo sin importancia y destinado al pronto olvido. Pensar que algunos gestos vayan más allá de su dilución sin memoria, sin dejar estela alguna, en la rutina, propia o de otros, posee cierta tensión totalitaria. Nuestros gestos se destinan a la construcción de una suerte de arqueología, y a mí se me hace poco comprensible que ciertos gestos míos innecesarios puedan acabar en un hoyo junto a los de otros, ocupando el espacio de otros sí necesarios e ineludibles, modificando -manchando, arruinando- la imagen que de los otros y de uno mismo esa contemplación de restos produce a través del relato. La escritura tiene para mí ese componente irrenunciable de necesariedad de comprensión, y si no está presente no veo el motivo para repetir un gesto, esto es, para integrarlo en mi rutina. No me poseen ahora de ese modo las historias, no siento ni la pulsión ni el interés. Algunas cosas se repiten y se acumulan, pero la caja tiene aún espacio de sobra, no está colmada ni mucho menos: no necesito ordenarla. No quiero colocarme frente a otros como el mimo que finge ser nosotros y especularmente nos repite para hacer la gracia o molestarnos, porque a mí eso me molesta, porque el tiempo corre en el reloj pero no corre para siempre y algunos órganos dejan de funcionar de pronto y ya no será posible el regreso. Esencialmente y por moral kantiana no quiero colocarme así frente a mí mismo, fingiendo ser yo, recreando sin carnalidad una apariencia de vida, porque la literatura es la vida o no es nada y nada significa. Uno escribe y se disuelve en el río junto a muchos, es parte de esa corriente, pero uno no debe, no debiese, contaminar esa corriente. El hombre con ciertos trastornos cierra viente veces la puerta antes de salir de casa, pero el fin ya está cumplido cuando la puerta se ha cerrado una vez, por vez primera: el resto es gesto gratuito, compulsivo, innecesario, mero reflejo, vanidad, pura nada, se disuelve sin peso ni recuerdo ni memoria o lo que es peor, como recuerdo risible. Iba corriendo con todo eso en la cabeza y con buenas sensaciones, repitiendo gestos a sabiendas de lo que son, de lo que significan, de lo que los antecede y lo que los continúa o quizás continúa, qué sucede si no se hacen de nuevo, o qué no sucede ni a nadie importa. Iba corriendo por una calle llena de jazmines que desbordaban las vallas de los casas y caían sobre la acera, y a ratos estar haciendo eso de nuevo tras un parón forzado me ha parecido extraordinario. Han sido sólo treinta y seis minutos, apenas siete kilómetros, pero no estaba repitiendo nada que hubiese ya antes hecho, no era un eco; corría con la ilusión de estar haciendo algo nuevo.

rider 19 osaka

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Paseos. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s