Años pares primera quincena

 

El niño lanza puñados de arena gruesa. Y corre. Los puñados se abren en abanicos y alcanzan a veces a la mujer que los esquiva con requiebros que dejan ver tramos de piel no oscurecida por el sol mientras persigue al niño. Cuando se acerca a él, patea el rompiente y lo salpica. El niño, que ríe, no esquiva el agua, se agacha, cierra la mano sobre la arena negra y mojada, y de nuevo la arroja hacia la mujer, que ríe.

El hombre toma fotos -¿toma, hace, dispara? Lleva una ridícula camiseta sin mangas de esas que la gente sólo viste fuera de los lugares en los que habita, y mira la batalla por el visor de la cámara. El movimiento dificulta el enfoque. La atención se centra en el niño, y la cara del niño, cuando vea después las fotos, sí aparece en ocasiones nítida en mitad de un borrón de luz. En varias de las fotos el viento, como participando en la pelea, arroja sobre el rostro de la mujer su propio pelo y borra su identidad; sólo las marcas blancas de piel no bronceada aparecen definidas. La cara de la mujer, cuando vea después las fotos, apenas se distingue. Cuando vea después las fotos, cuando el niño vea las fotos de ese verano varios veranos después, no recordará cuál fue la playa de aquel año, ni la mujer.

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