Platón y la paella mixta

 

Estamos charlando sobre lagunas jurídicas, nenúfares y paellas mixtas, todo en la misma conversación fractal, y de pronto Ernesto Calabuig dice Hay que ser más Platón y menos platónico, o sea, contar en lugar de hablar sobre el contar, y ante mis pies se abre una sima. Las frases corren de una punta a otra de la meseta que queda al otro lado, siguen corriendo, se alejan, intento ir tras ellas pero no puedo, oscilo sobre el medio pie mientras se tensan los metatarsos, y hago bailar los brazos contra la dirección de la cintura hasta que consigo detener el vaivén y dar atrás medio paso y ganar suelo. Ya no caeré salvo por mi voluntad pero tampoco iré más lejos. Es hasta ahí, hasta ahí. Platón frente a lo platónico. Es hasta ahí.

Pepe Cervera también interviene en la conversación, y se aleja en ella. Se alejan los dos, Ernesto y él, charlando en la escena creada por la sensación -es lo platónico entonces-, mientras yo permanezco, es decir, permaneceré varios días allí, o semanas, o meses. Quizás acabe por sentarme en el suelo. Miraré el ancho de la grieta evaluando la capacidad de mis piernas y de eso que ahora llaman core, abdominales, dorsales, lumbares, para el salto, cuando ya esté solo y esté cansado de mirar hacia adelante, hacia los cambios de color del terreno imitados por el cielo -no miraré hacia atrás, ni un sólo momento, porque lo que hay detrás ya no existe, es ficción, relato contado-. Ernesto y Pepe habrán seguido caminando en la escena fabricada, charlando sobre adjetivos alemanes y sobre horchatas y sobre las sombras en los parques de Cullera, y no habrán nunca advertido -no sé cuándo lo harán- que quedé atrás, y ya no existo, porque ya sólo seré ficción, relato. Un hombre sentado junto a una grieta, al borde de la grieta, a ratos incluso dejando colgar los pies que acaban por pendulear ligeramente y al unísono. En el último libro de Pepe Cervera, un libro de cuentos, una novela, no lo sé, un libro, Alguien debería escribir un libro sobre Alejandro Sawa, novela, cuenta, el narrador de Pepe Cervera que finge ser Pepe Cervera:

-Ah, ¿y cuándo has decidido has decidido tú escribir sobre Alejandro Sawa?

Con esa pregunta, y sin sospecharlo siquiera, lo que ha hecho mi amigo Juan Pablo no ha sido más que prender la llama. Es así como surgen esos fuegos, súbitos y desconcertantes, de tal manera.

Cervera habla de fuegos y yo hablo de grietas y en ambos casos hay un hombre traspasado por un fulgor, desesperado ante el vacío. El participio, el adjetivo, quizás sea algo grueso, pero hay algo de él, desesperado. Tras la desesperación, bien lo sé, acecha la parálisis. Uno valora su capacidad de salto, y finalmente no salta. Queda atrás, deja de existir, se transforma en ficción, en relato, en el relato de otro.

El otro. El contenido del relato. Conduzco bajo la solanera mientras sigo allí, sentado a ratos junto a la sima, a ratos en pie, quizás un par de pasos o seis aquí y allá en paralelo al espacio vacío y vuelta, a ratos recostado sobre los antebrazos mientras los gemelos cuelgan acompañando a los pies. Se abren y cierran los semáforos y alguien arroja una colilla y una mujer colada entre las vértebras del atasco se ve sorprendida por el súbito movimiento del reptil metálico y acelera ridículamente para alcanzar la acera, y yo sigo allí, ya solo y detenido y sin poder ir a ningún lado que no sea ese, ardiendo, desconcertado, mientras la frase de Ernesto se repite y repite cada tanto como si fuese lo único que trae el viento, como si las nubes viniesen cargadas de la frase y me la lloviesen al chocar con el único obstáculo en que me he constituido en la planicie, como si granizo o aguanieve o sol en polvo sobre mí: Hay que ser más Platón y menos platónico, o sea, contar en lugar de hablar sobre el contar. Es hasta ahí, hasta ahí.

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La Albufera (fotografía de Pepe Cervera)

¿De qué habla la ficción? ¿Hablar de la ficción es ficción o es sólo impotencia disfrazada malamente de ficción? ¿Qué cuentan las historias que se cuentan? ¿Cuál es su interés? ¿Para quién? ¿Cuántos centímetros puede alcanzar ese escupitajo que es la ficción del yo y es el otro? ¿Metros, años? Yo habría podido ir intercalando esas preguntas mientras Pepe y Ernesto hablaban de los ortodoxos preparativos de un arroz -quizás en la escena fabricada vamos caminando entre los azules y verdes de los arrozales y brillan como lizas los toldos y velas recogidas de las barcas abarloadas en la albufera y quizás alguien dice, Me tomaría un litro de horchata ahora mismo, qué sed tengo, leche-, y quizás habrían quedado sin contestar -claro, sin contestar, pero es aún más vital que queden hechas las preguntas, poder hacerlas-, pero eso no me importaría. Caminaría junto a ellos, que brillan al sol también altos y enraizados, y yo no tendría respuestas pero no estaría solo, y al poco el aire se habría llevado la amenaza; o quizás ahora nos sentamos en un bar y nos sirven tres cazallas y al beberlas el escozor caliente y azucarado del alcohol hace que las preguntas que se me atraviesan como espinas en la garganta caigan al estómago y que allí se deshagan con los ácidos, y sigo acompañado. Acompañado y sin respuestas es mejor que solo y sin respuestas. Si la literatura es una conversación alrededor de una mesa, es una charla en la que no salen tantas respuestas como acasos o quizás o silencios o preguntas simples o subordinadas hasta el cansancio extremo, importa menos ese vacío cuando alguien tiende sobre él un pontón pidiendo que rellenen otra vez las copas o como en el verso de Gil de Biedma, dejando su brazo sobre el mío. Pero no es así, no lo es nada, es todo un producto, una simple artesanía; todo parece tan real que si fuese real no sería peor, y pongo el intermitente y giro a la derecha.

Cuando uno para de escribir -no digo deja – tiene el problema de volver a escribir: está ante una grieta. En realidad la frase es una falacia, es falsa, está mal construida, finge una categoría donde apenas hay un ejemplo, la muestra de nada. La frase correcta debiese comenzar Cuando yo paro de. Pero yo se mira desde fuera, en ese extrañarse se finge otro, es otro porque ser es una ficción -y también estar-: se pregunta como si preguntase a un extraño, a un conocido. No diré a un amigo, en esa pregunta no hay amigos. Uno está ante la grieta, la sima, el abismo, es Yo estoy ante; pero déjenme fingir, esto es, déjame, por favor, no me lo hagas más difícil de lo que ya es. Bastante solipsista ya es todo esto, no me hagas sentir aún más ridículo. Quiero ser otro, que le pase a otro todo, otro al que contemplo como contemplo el movimiento flexible de las palmeras contra el poniente, a punto de ser abatidas pero sin romper. Que sea otro el que ha parado de escribir y tiene el problema de volver a escribir, y mientras lo piensa o no lo piensa se le acumule el combustible a la espera de que la llama se prenda; que sea otro el que oiga la frase, que la frase haga desplomarse el terreno abriendo un surco descomunal que se pierde a lo lejos, no sorteable, no saltable -el hombre evalúa su capacidad para el salto, y siempre la juzga insuficiente, y a veces no salta, no saltará-. El hombre lee, se lee, leo; todo para evitar quedarse allí frente a la grieta. Escribirá para no quedarse allí, saltará para ello, para no contemplar la inmensa meseta sin límites: para ir hacia los demás que se fueron, hacia el otro, el otro que es el yo. Pero sobre qué. El impulso del salto.

Camino ahora por la calle -pero ya sabes, o sea, sé -y ahora tú porque voy hacia ti flotando entre palabras- que sigo allí y ya no hay nadie, y hace sol en ambos lados ahora mismo- y hace sol, y hay sombras que construyen un camino en sombra por el que camino. Me desplazo hacia algún lugar que no recuerdo porque todo el esfuerzo muscular está concentrado en la frase: contar y no hablar sobre el contar. ¿Qué es lo que interesa a un hombre, esto es, al otro hombre que soy cuando me contemplo desde fuera mientras camino aprovechando las sombras torrefactas de la calle? Pienso en mis libros pendientes acumulados formando colinas, montañas, depresiones, ¿de qué hablan cuando hablan conmigo, de qué hablan esté o no yo allí atravesando el paisaje? ¿De qué hablarán los libros que quizás escribiríamos si escribiésemos? ¿Cuál es el conflicto, la aventura, la peripecia, qué debe ser resuelto o enterrado cuando se escribe para contar? ¿Qué cuenta Platón? ¿Camina Platón por el ágora y de pronto ante sus pies se abre una sima que simula un confín del mundo? Cuando Eutidemo dice: Todas nuestras preguntas son de la misma naturaleza; no es posible desenredarse de ellas, ¿quién es Eutidemo, quién Critón, quién Sócrates, quién Platón? ¿Dónde están las montañas que pudo ver Platón? ¿Porque había dioses no miraba a las montañas? Ahora que no los hay y que si uno piensa en llegar al Polo es porque ya ha leído cómo alguien llega al Polo y lo cuenta y que si piensa en las montañas es porque alguien las asciende y desciende y las cuenta, ahora que no hay dioses ni accidentes geográficos que bautizar -sólo abismos retóricos de clase media lectora-, ¿qué mira Platón? Todas las preguntas son de la misma naturaleza, sí.

Paco Aguilar-Huida-al-Vaciìo

Huída al vacío – Paco Aguilar

El cuento no es la historia sino la historia como es contada. No sólo cómo es contada, ni solo la historia, que entonces adelgaza hasta anécdota notarial. Pero allí ahora echado de lado sobre el brazo izquierdo plegado mientras pulgar y corazón disparan granos de arena roja gruesos como balines hacia la grieta, me pregunto, momentáneamente conforme con la soledad y el silencio del desierto, cuál son las historias que me importarán para contar si vuelvo a hacerlo. ¿Hay dos tipos de historias, las que uno ha visto y las que no vio pero cuenta para verlas? Platón camina por el ágora mientras otros conversan pero las manos de Homero no toman del suelo de Troya la tierra enrojecida por la mezcla de sangres derramadas. Uno es Platón o es Homero -o también es ambos, o es silencio-. Contar sobre el contar, me digo para salvarme de los fallos de equilibrio, es explicar lo que nos incumbe de la historia. Lo digo aunque nadie me oye ni me oiga, lo digo para que lo diga el otro, el otro al que contemplo mientras escribo esto o pienso en escribirlo. Lo pienso para que lo piense el otro. Pienso en Homero, que no estuvo en Troya, que no vio herido a Menelao ni vio las lágrimas de Odiseo ante Alcinoo; cuando canta sus historias está contando a su vez la propia, la del hombre que contempla el mundo y siente cómo las imágenes de otros abren en él surcos fértiles en los que crecen frutales y crece la maleza y las bayas de todos los surcos se parecen y desconoce sus nombres y sus efectos al comerlas, antes de comerlas. Contar sobre el contar quizás sea escribir una Historia de las Inmovilidades, quisiera haber podido decirle a Ernesto mientras Pepe y él se alejan en las muchas versiones de la misma ficticia historia, las calles, los arrozales. Un hombre como paradigma de los hombres que estiraron los brazos sin que los brazos alcanzasen a tocar nada, de los que estuvieron pero no pudieron volver -no quisieron, no les dejaron-, y sobre todo de la legión de los que nunca salieron. Hombres que poblaban las aldeas construidas en las riberas de los sueños de otros y que aprendían, oyendo historias que no les sucedieron, que de modo momentáneo uno puede ser Critón y puede ser Sócrates y puede fingir ser un héroe entre los tracios mientras hace lo posible por alimentar a los suyos. La Historia de las Inmovilidades es sobre todo la de los hombres que nunca salieron pero quisieron hacerlo y que hicieron lo que podían porque no debían hacer lo que debían: lo platónico. Un hombre se interroga sobre el motivo de que la sangre de otros no se confunda con la suya en sus antebrazos manchados y en tensión mientras el zumbido de la vida ha enloquecido sin control en sus oídos: lo platónico. El hombre que se dice Nadie y que consumado el engaño al cíclope y queriendo gritar que es otro sólo alcanza a susurrar, Es que soy simplemente Nadie: lo platónico. Todas nuestras preguntas son de la misma naturaleza y nos enredan y nos hacen tropezar. Cuando quizás deba contar -porque unos hombres tienen el deber y otros no, otros tienen otros simplemente-, ¿deberé decidir forzosamente entre Platón y lo platónico y brindar sólo por la gloria del primero? Se acumula el desecho combustible a la espera de la chispa que lo prenda y vierto agua sobre él, estoy de nuevo de pie delante del abismo y de la inmensidad vacía de terreno en la que el viento ya ha borrado casi todas las huellas de los que se alejaron. Las historias no son valiosas en sí mismas sólo por su enumeración notarial y geográfica, por sus posibilidades taxonómicas: lo son por lo que hacen con nosotros mientras se construyen, mientras las leemos y ocasionalmente al escribirlas. Por lo que hacen por el otro, al menos por el otro, ser el otro, esa ficción. He vuelto al coche, conduzco por las calles desiertas del mediodía del sur. Vivo dentro de una cápsula, es un capítulo de la Historia de las Inmovilidades, la vida en individuales cápsulas tan transparentes que parecen ni estar y en las que suena música de Giorgio Moroder para que entiendas que estás siempre en una ficción cuando la música suena. Cápsulas que golpean unas contra otras y que recuperan su aspecto externo sin que se adviertan desde fuera los daños que producen los impactos. Quería haberle dicho a Ernesto mientras él y Pepe me miraban de soslayo avanzando en la caminata que los cobardes no van a las guerras ni van a las noticias, que los menos aptos quedan en las aldeas de las riberas para oír las historias de unos que sí fueron, contadas por otros que tampoco estuvieron allí. Las historias de los que estuvieron, cuando son contadas, son la historia sumergida de los que quedaron a la espera: quizás esa historia sumergida, por banal y aburrida que pueda parecer, deba contarse de modo independiente para intentar hacer comprender las razones de no haber salido, de hacer lo que se pudo y no lo que se debió. Quizás contar es un pequeño ejercicio de combate poco homérico, nada heroico, intrascendente, pero lo único al alcance de los que no salieron. Pero se abrió la grieta de pronto delante de mí y no pude decírselo a Ernesto mientras Pepe miraba los caminos anfibios de los arrozales ni pude continuar más avanzando ni pude saltar después ni pude luego alcanzarlos, y ahora estoy aquí solo y se ha acabado la calle y aparco el coche y miro el cuadro antes de apagar el motor y donde giran los kilómetros que fueron quedando atrás el número es 101.010, y nada significa.

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