Imre Kertész

Ha muerto Imre Kertész. Hace unos días me entusiasmé por la próxima aparición del último volumen de sus diarios, que ahora ya serán de veras los últimos. Yo regresé a Kertész hace como un año, a quien leí con el estómago en la boca en su día -supongo que ese dolor me hizo apartarlo un tanto-, a sugerencia de mi maestro y amigo José Calvo, para afrontar un proyecto sobre Kaddish por el hijo no nacido, y eso me permitió atravesar la parte de diarios y ensayos que aún no había leído, así como los cuentos de La bandera inglesa. Toda la obra de Kertész es un movimiento ético hacia el intento frustrado de la comprensión y de la transmisión de esa comprensión. Como él mismo decía en lo que hace unos días se anticipó de esos diarios, “Yo escribo sobre Auschwitz, y a mí no me llevaron a Auschwitz para que me dieran el premio Nobel, sino para matarme; todo cuanto me ha ocurrido más allá de eso es mera anécdota.” Esa experiencia intransmisible ordena -en el sentido de vertebrar y de impulsar sin remedio- su escritura y su existencia, porque a Auschwitz le sigue una vida mecánica bajo el horror comunista. Del horror, cuando uno no estuvo allí, sólo quedan los relatos, sólo su aproximación mediante el relato. Cuando alguien que sí estuvo asume la tarea de contar y lo convierte en obligación, en necesidad de la que no es posible zafarse, genera una deuda moral en la sociedad en la que ese relato se genera y se da a conocer. Y si la sociedad no paga esa deuda, no reconoce al relator y debate y aprende, empeora sin remedio. Sucede, sucedió, con Camus y sucede, está sucediendo, con Kertész, y asociarlos no es gratuito, porque ambos se construyen en mitad de presiones que convergen en agredir a quien se mantiene independiente en su razonamiento y convicción y que lo expresa cuando la necesidad de expresión ya no puede aplazarse más.

A un lado están los hechos y a otro lo que se añade a los hechos, dice Kertész. Como él, yo no creo en la escritura autobiográfica. A un lado los hechos, los datos con los que conformar los hechos, y a otro lado el relato. Construirnos como ficciones, porque no tenemos más que eso para defendernos de la presión que no cesa. La sociedad que no reconoce al relator y que lo agrede, y que lo agrede personalmente más allá del eventual cuestionamiento de su relato, es una sociedad arruinada, enferma, moribunda. Un moribundo, bien es cierto, puede aguantar mucho tiempo así. Esa sociedad es Occidente. No es la peor, pero corre hacia la miseria moral como quien espera batir un récord. Kertész es judío y es obligado a ser judío, es un extranjero de sí mismo y un extranjero para los otros, hacia los que sale y de los que recibe un golpe con ambas manos en mitad del pecho abierto. El judaísmo se asimila a la enfermedad, y eso no ha cesado. Kafka lo sabía, y si no hubiese muerto antes de tuberculosis habría muerto quizás en los campos, en los mismos donde murieron sus hermanas y donde estuvo también Kertész, y tampoco asociar a Kafka y Kertész es casual. Uno podría imaginar a un maduro Kafka frente a un aniñado Kertész contemplados por un joven y vigoroso Camus: el horror de la historia, que es el horror de los hombres, separa a esos hombres, rompe en mil pedazos esa escena, pero también une a esos tres hombres para siempre.

Sé que hoy morirá mucha gente. Puede que incluso muera alguien a quien yo conozca, que me sea cercano. Pero hoy ha muerto Imre Kertész, y no todos los dolores son iguales aunque el mecanismo de cese de la vida y de activación del dolor sea el mismo. Porque quien nos cuenta nos salva, y estamos huérfanos de personas que nos recuerden nuestras obligaciones morales, tanto privadas como públicas. A esas figuras, cuando son de verdad, se les llama intelectuales. Si uno contempla un pez vivo, es su espinazo lo que le permite maravillarnos ante su ejemplo de vida frente al empuje de la corriente. Si uno contempla un pez muerto, es su espinazo lo que lo mantiene erguido, con apariencia, con ficción, de la vida que fue. Si el pez muerto se corrompe y su carne se afloja y despega y cae, es el espinazo lo que sobrevive. El espinazo, su permanencia, es lo que permite arrancar un nuevo relato. Eso es Kertész, eso era Kertész. En mitad de una Hungría que repetía escenas de parias, de apartados, de perseguidos, arracimados frente a los trenes y las porras de los vigilantes, y que así se convertía en una metáfora y metonimia de Europa, eso era Kertész, el espinazo de un pez en descomposición. Hoy morirá mucha gente, va a morir mucha gente, y también mañana. Pero yo hoy voy a llorar por Kertész, lo estoy haciendo ya, y voy a llorar por mí.

Kertesz

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Una respuesta a Imre Kertész

  1. melomania dijo:

    Reblogueó esto en melomania y otras cosasy comentado:
    con permiso

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