Vantablack

Un hombre apoya la frente en el cristal del ventanal. Intenta cerrar los ojos pero el cabeceo del vehículo le obliga a abrirlos, y cuando lo hace se encuentra con su reflejo azulado y algo difuso colgando fuera del autobús de línea. El hombre regresa en la noche dominical de ver a sus hijos que desde que se separó viven en una ciudad suficientemente lejana como para que las horas cambien un par de veces el modo de saludarse. Cuando se encuentra a sí mismo se huye y lanza la mirada más allá, y allí están la noche y el asfalto, y lo único que hace pensar en que sean cosas distintas es una oscilante línea blanca. Y entonces intenta cerrar de nuevo los ojos, y también lo hace el reflejo que lo acompaña fuera. Sabe que hasta quizás pasado un mes no volverá a verlos, no viajará de nuevo a través del día, la tarde y la noche. No es que no quiera hacerlo, ni incluso -aunque sí parcialmente- que no le dejen hacerlo, sino que no puede hacerlo; sus horas de padre tienen un precio que a duras penas puede pagar. Uno es más padre, a veces -contemplado ese hombre desde desde arriba o desde un costado, desde el otro lado del cristal, como una hormiga que habite un terrario donde la verticalidad del mundo aparece seccionada y expuesta-, según el modo en que cambian los números de su cuenta bancaria.

Yo no sé si ese hombre que viaja y no sé a qué regresa sabe quién es Anish Kapoor, si ha visto alguna vez alguna obra de Anish Kapoor. Yo vi en 2006 la instalación My red homeland, de Anish Kapoor. Un brazo barría pesadamente y sin cesar toneladas de barro rojo, y a cada barrido el paisaje cambiaba. Lo que estuvo no volvía a estar. Lo que pudiera ser quizás no lo fue nunca o no se recordó porque no alcanzó a verse. Era violento y plácido a la vez, tenía una lentitud lisérgica aquel ejercicio casi perpetuo de construcción y olvido. Y ya está, ya está, no he vuelto a pensar en Anish Kapoor desde entonces y tanto tiempo hasta que Anish Kapoor -a veces un artista imagina una obra cuyo precio constructivo no puede pagar, no es que no le dejen, no es que no quiera- ha comprado hace unos días un color. Ha comprado el color negro. Un matiz del negro. Un matiz llamado Vantablack.

El negro más impenetrable, dicen, es el Vantablack. Uno mira el Vantablack y ve un agujero, un hueco profundo donde no sean posibles ni la contemplación ni el sonido. El Vantablack, dicen las crónicas, está compuesto de un bosque de tubos de carbono: la luz entra en el bosque y se pierde y no regresa, no sale nunca de allí, de esa oquedad, de esa espesura prácticamente impenetrable. Si uno alguna vez se ha perdido, si ha estado perdido, bien puede saber qué es el Vantablack. Una empresa puede fabricar la negrura más espesa, y Anish Kapoor ha comprado esa negrura. Anish Kapoor ha comprado el derecho a usar artísticamente el Vantablack.

Vantablack_01

Cuando leí la noticia de esa compra me acordé de My red homeland, y pensé en esa misma instalación pero usando Vantablack. Pensé en el brazo mecánico que lentamente fuese barriendo, apartando y amontonando barro de un negro tan impenetrable que cuando uno estuviese delante de la instalación, aquella descomunal masa de materia oscura situada por ejemplo en mitad de una amplia sala sobre la que cayese en ese momento la luz solar, tuviese la sensación de estar al borde del punto por el cual el mundo que conoce desaparece y no vuelve a ser. Esa sensación de vértigo y presión en las sienes y pesadez muscular y profundo e irremediable malestar físico de un hombre detenido ante el hueco más profundo del universo que conoce, con los pies ante una sima sin final posible.

Luego, pero, pensé también en Anish Kapoor como un hombre moderadamente despreciable. Pensé en los abogados y los agentes de Anish Kapoor firmando papeles y luego haciendo una llamada. Pensé en la sonrisa de Anish Kapoor tras esa llamada como en la del niño que lo tiene todo porque lo pide todo pero que en realidad no tiene nada porque carece del relato que da sentido a la posesión, y carece del sentido de ese relato. Un hombre ordena comprar el color negro, y en otro lugar otro hombre negro contempla un gigantesco cartel que donde puede leer Refugees wellcome mientras intenta no perder de vista el fondo de la calle y sujeta las cuerdas que, de aparecer la Policía que gobiernan los mismos que han colgado el gran cartel que flota ante una fachada color crema, convertirían en bolsa desmadejada y llena de esquinas la sábana que frente a él exhibe un montón de bolsos de imitación y le permitirían huir con ella. En otro lugar un hombre mira sin ver el barro en el suelo frente a él, en él, y contempla las vallas metálicas que lo separan de otro relato del mundo y que a los que estamos a este lado de ellas nos impiden huir de la vergüenza. En otro lugar una mujer, tras haber decidido atravesar una espesa barrera de miedo y dolor oye cómo, tras haber sido forzada o insultada una vez más o simplemente otra vez mirada con esa mirada que equivale a un golpe, una cuchillada, un tiro, un policía le pregunta si está segura de lo que está contando y si no habrá confundido todo con una simple y banal discusión conyugal. Los sofás en los que amanece por vez primera a las cuatro de la madrugada mientras alguien durante un par de horas llora sin consuelo ni exhibición y luego regresa a la cama para que el cuerpo que sigue en ella no advierta esa ausencia. Las mañanas sin final ni plano recorridas por hombres y mujeres que regresan otro día más a casa sin dinero ni ocupación ni comida ni esperanza. El último vistazo a una casa que se deja ante los ojos hambrientos de la comisión judicial. Ese hombre, el hombre que vuelve pero no regresa del dolor de ser padre a turno y crédito, y se contempla azulado flotando en la noche exterior que corre junto a él. El dolor de las escaleras de incendio de los hospitales donde el dolor se hace humo de cigarrillo y los que se duelen querrían ser fumadores compulsivos para seguir allí eternamente aislados, mientras la brasa viva, de un destino al que le importa una mierda el rechazo y que se impone cerrando el puño sobre el bíceps hasta tocar el hueso. Cada una de esas personas, en un momento que nadie contempla, que es casi inconsciente, que no deja marcas ni memorias, adelanta un brazo frente a la cara, convierte la mano en una suerte de flecha o cuchilla, e intenta hacerla pasar al otro lado de ese negro impenetrable en el que viven cuando son conscientes de que están por desgracia tan vivos como desamparados, y entonces la yema del dedo corazón se hunde hasta que el borde de la uña topa con algo tan duro que no puede atravesarse, algo con el tacto del cristal, con la dureza y frialdad implacables del cristal, y ya no avanza más ni hay esperanza que cobije la posibilidad de más avance, porque el cristal no se atraviesa, o se rompe o te detiene, y hay cristales tan gruesos y tan duros que aparentan ser irrompibles y generan la ilusión de estar dentro de la vida y no excluidos de sus ritmos, bailes y fiestas. Anish Kapoor se ha gastado el dinero que se gastan los que nada tienen pero les sobra todo en comprar un color, pero ese hombre, que viene de familia judía y de familia hindú, esto es, de gentes que saben que hay noches que quizás no acaben nunca y que en ellas rezan por si llegando su final que ese final les arrastre al suyo propio, quizás no entiende ya que aunque uno compre un color no puede comprar su relato, porque un color es su relato. Ese negro visible en mitad del mediodía más deslumbrante sí es un bosque en el que la luz que entra no encuentra jamás el camino de vuelta ni acaso el de ida, que no regresa, que se deja morir en un claro, en mitad de nada, esperando nada: cualquiera de esos hombres lo sabe para su desgracia mejor que él. Un día Anish Kapoor hará algo con varias toneladas de pigmento Vantablack y lo expondrá en algún lugar de Europa y dará igual y yo no iré a verlo porque no me contará nada que no sepa ni haya habitado, y porque además la noche se ha hecho sobre Europa, se lleva haciendo sobre Europa desde más o menos 1945, cuando el mercado comenzó a disfrazarse de libertad, y no es esta una noche tintada de Vantablack, porque el Vantablack impide que la atraviese el 99, 965 % de la radiación de luz visible, pero esta negrura de la vergüenza y de la ausencia de esperanza es cien por cien impenetrable. Y entonces siento pena por Anish Kapoor y siento pena por los mercaderes y sobre todo siento pena y asco por mí mismo, porque un autobús atraviesa la noche sin que se distingan cielo de asfalto salvo por una cinta blanca que por mucho que nos alejemos nos rodea el cuello y tira de nosotros si pretendiendo huir nos apartamos demasiado de los amos y nos asfixia, y el hombre tras ver que su mano rígida no lo atraviesa querría golpear el cristal del ventanal hasta que saltasen astillas rojas de sus nudillos, pero el cansancio es siempre tanto que le puede, al final siempre puede, y acaba por quedarse leve y dominicalmente adormilado.

 

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