Navarro y yo

Para Jose Ayala

Hace unos días me acordé de Borges. No como si lo hubiese olvidado, porque a poco que uno se desplace entre ciertos planos de actividad Borges es como la arena de la playa, si has ido unos días es raro que no aparezca por todas las esquinas de la casa. Es que me acordé de Borges para volver a tomar a Borges-primero escribí coger pero luego lo borré para evitar la posible risa de Borges-, sacarlo de los estantes y abrigarme entre sus páginas, porque afuera de pronto comenzó a a hacer frío. No sé ahora por qué me acordé de Borges hace unos días, porque el tiempo fatiga cualquier recuerdo y lo aventa y lo dispersa por toda la casa, y es como arena de la playa tras el final del verano, pasan los meses y sigue saliendo de los rincones, de debajo de un mueble, y ya no tienes presente el color del agua o el olor del salitre y allí, siguen, sin embargo, los restos de arena, los restos de Borges.

He escrito el párrafo y me doy cuenta de que he hablado de Borges y de libros y de arena, y ese es el principal riesgo de leer a Borges: lo borgeano. Por eso yo en cierto instante, después de haberlo recorrido mucho y con pasión, cerré sus libros y los dejé, cerca pero aislados de mis manos. Un escritor crea a sus precursores -como escribe Borges en Kafka y sus precursores– , pero también asume el riesgo de ser borrado por ellos, esto es, de desaparecer en lo epigonal, y entonces quise alejarme del peligro tanto como pude. Supongo que para caer en otro o en otros sucesivos, claro. Nuestras lecturas nos cercan; nos protegen pero nos cercan, nos aíslan del frío pero también de la necesidad de cierto calor. Y bueno, uno aprende imitando, como un simio diligente y disconforme. Cree estar buscando una voz y cuando la oye a veces lo que está oyendo, sin saberlo, es la imitación grabada de la voz de otros. A veces también la voz suena como la de un desconocido. La voz de otro.

Haberme acordado de Borges, además de su ahora incierto origen, tiene que ver con el frío y con el concepto del otro. Alguna charla, algún detalle percibido por azar y sin querer, y primero me acordé de un texto, 25 de agosto de 1983, pero renuncié, tras encontrarlo, a leerlo completo tras hallar algunas frases infernales –Nos hemos mentido -me dijo- porque nos sentimos dos y no uno. La verdad es que somos dos y somos uno- y entonces salté a otro, Nostalgia del presenteQué no daría yo por la dicha/ de estar a tu lado en Islandia… En aquel preciso momento/ el hombre estaba junto a ella en Islandia-, y ya entonces me acordé de Borges y yo, y ya me quedé ahí. Borges y yo quizás sea uno de los textos más perfectos que jamás se han escrito.

Para quien no lo recuerde o no lo haya leído, lo copio a riesgo de una demanda de Maria Kodama:

“Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pase de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con el infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.

No sé cuál de los dos escribe esta página.”

El otro. Nostalgia del presente. Sentirse dos, ser dos, pero ser uno. Yo no sé si uno elige los temas, no lo recuerdo. Pero si hay uno que como un río subterráneo pasa de continuo bajo mis pies, que aflora y me los encharca de vez en cuando, y hay barro y suciedad y un brillo oleoso y metálico en el suelo fangoso bajo el sol, es el otro. Uno vive de modo escindido y ya no recuerda desde cuándo, y qué más da, el problema es que puede que no acabe nunca. Yo intenté hacerlo, acabar con ello, y no pude. Pego la oreja al suelo, me ensucio, y oigo correr el agua, cómo arrastra materiales que se enganchan a veces y forman pequeños diques, oleajes, remolinos, saltos. Pego la oreja y me veo desde fuera haciéndolo y hay un hombre tumbado en el suelo ajeno al hombre que lo mira extrañado del extraño ejercicio. Extraños. Extranjeros. Materiales acarreados hasta encallar en un promontorio de limo y quedar allí, llamar a otros, paisajes que se modifican sin saber o sin querer. Hay un hombre tumbado y hay un hombre en pie y uno quisiera estar en Islandia mientras está en esos momentos en Islandia.; parece haber dos hombres y son uno. Borges y yo. Navarro yo.

El tema del otro recorre la literatura porque es la literatura. Toda poética descansa de algún modo en el otro, aunque sea como una rama arrastrada por la corriente y encajada entre los irregulares bordes de dos cantos y que han sepultado la arena y el fango arrastrados por el agua que no cesa de correr en dirección al mar o a alguno de los sueños o ficciones del mar. Si uno escarba siempre está ese choque debajo, ese conflicto, dejar pasar, permanecer, bajo todo el lodo y raíces y tierra seca acumulada y el musgo que crece como si ya hubiese estado allí siempre: agua, canto, rama. Fatigue uno los caminos en la dirección que sea ahí está el otro. Mirándonos.

A mí me atormenta el otro. No lo hace de modo consciente. Pero a veces se instala frente a mí y se sonríe y no sé si es él o soy yo quién se sonríe ante la película de la incapacidad del otro. El otro llega para narrarnos ajenos y ridículos, esto es, humanos, esto es, como una propuesta de paradigma para otros. Contemplo al otro mientras pienso que me gustaría verlo marchar para siempre de mi lado y mientras pienso que no puedo vivir sin esa escisión porque la narración de cómo se forman las islas me salva de ellas, de serlo siempre, de serlo por entero. Narrar el otro tiende un pontón provisional que nos salva de la crecida, de quedar aislados, islas, ciegos, mudos. No es agradable vivir de ese modo inevitable, viene y me cuenta el otro, sentir de pronto los pies fríos y que chapoteamos dentro de nuestros propios zapatos. El otro camina de modo pesado, esforzándose para no quedar encallado en el barro, y al cabo ya estás en la otra ribera y allí está ya el otro tirado en el suelo, la oreja sobre él, escuchando.

Regreso a Borges, a los precursores. Los que nos leen en el pasado nos cuentan. No podemos decir que no nos hallan advertido del conflicto, de la pérdida inevitable. ¿Por qué me siento tan perdido? Porque estoy perdido, sin duda. Todo es falso (por mí, a través de mí: mi existencia lo falsifica). Es el tema del otro en Imre Kertész, por ejemplo. Contemplarnos es lo que nos permite narrar, nos falsifica y magnifica, pero nos permite narrar: medio salvarnos. Usamos los moldes de otros para narrar. Nos apropiamos del otro para eso, y por eso nos hacemos vivir como personajes. No estoy hablando de la literatura del yo, sino de toda la literatura, creo. Toda ella surgiendo del extrañamiento y la necesidad que el extrañamiento produce, la necesidad explicativa, hasta justificativa a veces. Por eso la que no nace de ese modo no me interesa. Iba a decir no existe, pero ello me obligaría a definir un concepto, y no estamos en temporada. Sólo que no me interesa: por falsa y amoral no me interesa. La gente camina junto a los ríos pero sólo algunos se detienen para algo tan imposible como contemplar pasar el agua; es tan imposible, tanta la posibilidad de fracaso, hace tanto frío a veces allí, la umbría, la humedad, el sol ya escondiéndose, que nos refugiamos en el otro y en otros. Nos apropiamos de ellos, los leemos como precursores aunque como dice Borges, no se parecen entre ellos. Como estamos perdidos y tememos por nosotros nos abrigamos de esa soledad que contemplamos sentada en un banco frente a la noche de Islandia, y eso nos inserta en la tradición. Por eso Borges cita a D´Ors y se apropia de él. El otro es el resonar de un eco que explique qué diablos hace un hombre tumbado en el suelo oyendo pasar el agua que nadie ve. A veces alguien nos cuenta tan bien que la tentación es quedarnos allí para el resto de tardes. Yo distingo imitador de epígono en función de la cobardía al mirar. Uno que renuncia a mirarse como otro sino que se cree Pierre Menard no es Pierre Menard ni es Cervantes, quizás un loco, un tonto. Uno que cree que ese es el único modo de sobrevivir a esa tortura permanente que es vivir mintiéndonos porque nos sentimos dos y somos uno tampoco es Pierre Menard ni es Cervantes; quizás un timorato. Uno que sabe que no lo es pero se disfraza para ocultar que lo que contempla es más ridículo aún de lo que creía que era, que no sabe escarbar en el limo, que le da asco, que le da miedo: un cobarde, un canalla. Yo cerré a Borges para arrojarme a una oscuridad que sabía que a veces Borges iluminaría, Borges y otros, mis precursores, pero sobre la que intuyo que no hay salvación posible.

Apropiarnos del molde de otros para contarnos transforma ese molde, y ya es nuestro. No es el Quijote de Cervantes, sino el de Pierre Menard. Yo no estimo que haya engaño en ello. No voy a quedarme ahí, mucho, de todos modos. Huyo, de hecho. En cuanto percibo un rastro de humanidad en mis gestos como en aquel texto de Rafael Pérez Estrada –Simio disconforme-, yo mismo me doy muerte. Tan sólo me abrigo un poco de la fría sensación térmica que produce una soledad que no cesará nunca, y que es la soledad del otro. Me contemplo y me cuento, me escribo, y eso me permite continuar. Yo fui borgeano e imité a Borges, claro, qué idiota habría sido si no, y de seguro que en algún lado de la casa de mis padres habrá quizás un texto dentro de una carpeta verde en el que un hombre se detiene de pronto de modo fantástico y para siempre en un camino y el clima lo pule y horada, el sol inclemente, el frío que hace estallar el agua filtrada entre sus grietas de hombre petrificado. Uno de mis maestros era profundamente borgeano, y le brillaban los ojos cuando hablaba de Borges y yo entendía que casi sólo hablaba para mí de Borges, mirándome como otro, perdido y sintiéndome perdido en un aula llena de futuros analfabetos millonarios. Luego me fui, ya lo he contado, me fui y lo hice todo lo lejos que pude y luego me detuve y el clima se ensañó conmigo, pero esa es otra historia nada borgeana, y ahora sólo tocaba hablar de Borges, seguir hablando del otro. Me acordé de Borges ya no recuerdo por qué, y me puse a leerlo, atormentado estos días más de la cuenta por el tema del otro, oyendo más violentamente correr el agua, tanto que ni arrojarse al suelo hacía falta, y estaba leyendo Borges y yo, una y otra vez, leyéndolo en voz alta, y de pronto me puse a leerlo así, así, en voz alta, y ese texto es mío ahora:

“Al otro, a Navarro, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Málaga y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar un banco al sol o una barquilla en la que están haciendo espetos; de Navarro tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en una sentencia. Me gustan las zapatillas de correr, los folletos publicitarios, las cámaras fotográficas, las etimologías, el sabor del té y la prosa de Borges; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Seria exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Navarro pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mi podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Navarro, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso teclear sobre un piano. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías de las playas a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Navarro ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.

Pero yo sí sé cuál de los dos escribe esta página.”

No es el texto de Borges, ese texto es mío ahora por mucho que pudiese enfadar ese hecho a Maria Kodama, tan falta, me parece, del sentido del humor de Borges. Me narra y explica y justifica; aunque no me salva tampoco me hace contemplarme condenado sin remedio. Me permite continuar en esa fuga, aunque todo sea pérdida y olvido al cabo. Me permite, Navarro y yo, mantenerme en la necesidad, que me aísla de la falsificación. La necesidad distingue también de lo epigonal. Uno se resiste al otro, se enfrenta al otro, y sólo se narra cuando no hay más remedio, cuando la previsión del choque es tan excesivamente violenta que podría matarnos -y quizás lo haga, lo hará al final-. Yo no tenía que haberme acordado de Borges, ni que haber escrito estas líneas, que sí sé bien quien escribe. Todo es falso y ficticio. Pero es peor cuando es innecesario. Entonces se llama oficio y no me interesa. Yo no debía haber estado escribiendo estas líneas, sino corriendo por las calles de Córdoba con mi amigo Jose Ayala. Pero no pude -correr es un ejercicio narrativo sobre el otro también, un contemplarse ajeno en mitad de la legión-: se me impuso la necesidad de contar, de falsificar, de impostar, de perder y olvidar para vivir: se impuso el otro. El que lo echó de menos al escribir estas páginas.

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