Aden, Arabie

El amor es una cadena. No me gustan las colas ni las cadenas porque multiplican el número de hombres, pero el amor es una cadena. Me gusta el amor. Me etiqueta Guillermo Busutil en una cadena en feisbuc y yo quiero a Guillermo y acabo encadenado a tener que hablar en ese lugar de literatura, pero claro, yo allí y aquí sólo hablo de literatura, yo soy, creedme, un personaje más, yo es otro. Todo es literatura para mí, en alguna de sus ramas, vuelos, nidos. Leo a Guillermo robar de modo romántico y hasta sexual a Durrell en Galerías Preciados y claro, parece que todos los lectores lo han hecho: robar. No está bien robar libros, no -vaya a ser que lean esto mis hijos-, yo nunca he robado libros -me acojo a mi derecho a no declarar- pero sí he procedido a hacer efectiva la redistribución de los bienes ordenando su debida y correcta valoración. Durante una época el Pryca -se llamaba elpryca y luego elprycalospatios- debió tener a alguien que compraba libros: digo libros, no mercancía. Yo me acercaba por allí y me sorprendía de algunos hallazgos en aquellos cajones oscuros a modo de librería -era la sección más solitaria del almacén, rara vez hubo alguien más allí conmigo-, y los pesaba en la balanza de la mano izquierda mientras me palpaba los bolsillos, y miraba la lista de la compra, y valoraba si podía prescindir del jamón o las nueces o la pasta o las manzanas a cambio del valor energético y proteico de Poe o Cortázar o James o Stevenson como sustitutos.

Yo tenía veinte años. O así.

Las etiquetas entonces eran naranjas, esto es, de color naranja, aunque sin duda, ahora lo pienso, hubiese sido hermoso que las etiquetas fuesen naranjas, pequeñas naranjas, fragantes kumquats: oledlo, pensadlo. Pero las etiquetas eran naranja, color naranja. Yo volvía a marcar los libros, daba la vuelta a la tienda reordenando mi lista de la compra y entonces me traía un precio de otro producto, un precio que yo entendía asumible y conveniente, y justipreciaba mi felicidad. Yo era un experto despegando y pegando aquellas etiquetas naranjas -pero no eran naranjas, sé que lo habéis pensado, qué hermoso habría sido-, y luego caminaba hacia las cajas, y hacía la cola -no me gustan las colas- delante de una caja en la que la cajera -siempre eran mujeres, no había hombres en las cajas, y no sé si ello basta para una metáfora- no me aparentase lombrosianamente leer. Estudiaba sus rostros, sus expresiones, sus risas, sus comentarios a clientes y compañeras, y decidía quién era menos probable que supiese quiénes eran Djuna Barnes o Flaubert, quién nunca hubiese comprado un libro y no le sorprendiese que costase cien en vez de mil quinientas -hablo de pesetas, aquella cosa hermosa- Aguardaba, sonreía, pagaba.

Yo tenía veinte años. O así. Pryca no fue al cierre y la ruina por mí, eso me consuela. No habría podido sobrellevar la pérdida de tantas familias que dejaban de ser felices, porque todas las familias felices se parecen, pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada; imagina que fueses tú.

Una de aquellas tardes encontré un libro casi rojo, con la silueta de un hombre gritando en la parte superior de la portada. Yo apenas había oído hablar del autor. En la contraportada se mencionaba un prólogo de Sartre, y se hablaba de amistad. Pese que he dejado más que claro que entre Sartre y Camus estoy con Albert, también he leído a Sartre -sigue sin caerme bien-, y de hecho mi ejemplar de La náusea es uno de los pocos libros subrayados -y mucho- que tengo. Ojeé el largo prólogo -lo hice sin hache, sí-, y leí entonces el principio del libro:

Yo tenía veinte años. No permitiré que nadie diga que es la edad más bella de la vida.

Todo amenaza de ruina a un muchacho: el amor, las ideas, la pérdida de su familia, la entrada entre las personas mayores. Es dura de aprender su partida en el mundo.

¿A qué se parecía nuestro mundo? Tenía el aspecto del caos que los griegos ponían en el origen del Universo, en la vaguedades de la fabricación. Solamente se creía ver en él el comienzo del fin, del verdadero fin, y no del que es es el comienzo de un comienzo. Ante unas transformaciones extenuantes cuya clave se esforzaba en descubrir un número ínfimo de testigos, se podía simplemente percibir que la confusión conducía a la muerte de lo que existía. Todo se parece al desorden con que concluyen las enfermedades: antes de la muerte que se encarga de hacer todos los cuerpos invisibles, la unidad de la carne se disipa; cada parte, en esa multiplicación, extrae su sentido. Esto acaba con la podredumbre, que no implica resurrección.

Muy pocos hombres se sienten entonces lo bastante clarividentes para desenredar las fuerzas ya en obra detrás de los grandes restos que se pudren.”

Yo tenía veinte años, y tampoco permitiré que nadie diga que es la edad más bella de la vida. Ese es el inicio de Aden, Arabia, de Paul Nizan. Un hombre joven se embarca hacia Aden, con toda la blanca luz del Mediterráneo sobre él y toda la muerte del mundo sobre él, y yo estaba en el Pryca, y tenía veinte años -en realidad veintidós- y no tenía ni puta idea de a qué se parecía un mundo que no estaba ordenado por secciones sino que era confuso y desordenado y donde la enfermedad y el silencio se asomaban en las esquinas, y había cadenas y colas, y demasiados hombres.aden arabie

Llevé aquel libro conmigo, claro. Yo tenía veinte años, una edad de mierda.

Aden, Arabia no es un gran libro. Es un libro furioso y si se quiere, ingenuo, pero Paul Nizan tenía veinte años. Paul Nizan no es gran escritor, probablemente. El narrador de Aden Arabia conoce el griego y la lógica y la ciencia y ha leído a Montaigne, y el mundo está lleno de asesinatos de americanos aplaudidos por hipócritas, y hay caos y muerte en los Balcanes y en las colonias, y la gente, la gente rígida que gobierna el mundo, va a misa, una misa rígida, los domingos. Y yo escribo esto porque nada ha cambiado, 1931, 1960, 1991, 2015: nada ha cambiado, salvo el tiempo. La luz es blanca y es horrible a veces y mata a los hombres que caen al fondo de un mar cansado, y las gentes rígidas elijen ir a una misa rígida los domingos y hay sangre en el este y las colonias, y si muere un americano o mata un americano alguien aplaude o mira hacia otro lado, que es como aplaudir pero que no suene el batir de manos porque la indiferencia por la sangre de otros que cae por tus brazos amortigua el sonido. Un hombre lee a Montaigne, conoce el griego, conoce las máquinas que han hecho los hombres, un hombre joven, de unos veinte años, confía en que el mar le lleve a un lugar nuevo y al viajar sólo encuentra el mismo lugar en todos los lugares, la misma espantosa ilusión, la misma nada.

Paul Nizan murió joven, a los 35. Alguien enterró una bolsa con su obra en la playa de Dunquerque, y la arena la devoró. En aquella contraportada se hablaba de amistad: a Nizan los suyos, los comunistas, le dieron de lado cuando él dejó el Partido tras la alianza entre Hitler y Stalin -todos los hombres malvados se parecen-, lo acusaron falsamente, lo persiguieron, quizás lo asesinaron, porque la bondad comunista es tan compasiva como cualquier otra. Pienso en Nizan, en la arena devorando sus páginas inéditas, pienso en Benjamin en Port Bou y su maleta llena de apuntes, en los uñas de los banqueros, en el sonido de las piedras labradas que caen al suelo en el interior de los museos arrasados de Oriente, en los ojos aterrados de las niñas y mujeres violadas en el nombre diabólico de Dios: creedme, nada ha cambiado, salvo las etiquetas del Pryca que no son naranjas ni de color naranja sino que ahora es Carrefour y Francia tiene las manos manchadas de sangre -pero todos somos Francia- y un código de barras similar a un horizonte que queriendo parecer bosque no puede ocultar que son barrotes de celda gobierna el mundo. Yo no tengo veinte años, pero sigo furioso. “Es el momento de hacer la guerra a las causas del miedo. De ensuciarse las manos: siempre habrá el tiempo de tener hermanos”, dice el narrador casi al final. Y continúa: “Sólo el amor es un acto de rebeldía, y ellos aplastan el amor. Si encontráis que vuestros padres, que vuestras mujeres son del partido del enemigo, los abandonaréis. Ya no hay que tener miedo a odiar.”

El amor es un acto de rebeldía. Las causas del miedo. Colas, cadenas: no me gustan las cadenas. Puedo soportarlas, pero no ponerlas. No cumpliré con encadenar a nadie a mi viaje, porque un hombre solo que viaja ya lleva consigo un lastre demasiado pesado. Nada ha cambiado, salvo el tiempo. Yo tenía veinte años, ya no los tengo. Yo aquí, y fuera de aquí, sólo hablo de literatura, una furiosa forma como cualquier otra de aparentar ensuciarse las manos. De amar. De odiar.

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