Llordén esquina Tolstoi

Para Maria Pina Fersini

Mis recuerdos de él son los de un hombre caminando al sol; no saber entonces -y casi ni ahora- apenas nada de él, salvo que era un hombre que camina al sol. Un recorte delgado contra la fachada de ladrillo, un hombre viejo vestido del hábito de la orden que pasaba despacio, que se detenía ante una jardinera y rebuscaba en ella, quizás para sacar las hojas secas, eliminar y quitar para dejar crecer, y continuaba caminando, despacio, al sol. Caminaba sobre nosotros, más alto que nosotros. No era muy frecuente verle entonces, apenas alguno de los días menos ásperos y soleados, y si alguien lo advertía enseguida corría el murmullo, Mira, el padre Llordén, y todos nos girábamos a mirarlo hacia arriba durante esos breves instantes en que cruzaba frente al ventanal de la clase. Era raro que el profesor que estuviese con nosotros se enfadase por esa distracción, al fin y al cabo era el padre Llordén. Los más nuevos preguntaban quién era; los padres de algunos habían sido alumnos suyos -no era mi caso- y alguno contaba entonces que era historiador. Un hombre que lee, investiga, escribe, despertaba nuestra admiración.

La historia de la Semana Santa de Málaga se debe esencialmente a las investigaciones de Andrés Llordén. Yo nunca lo tuve como docente, de modo que no puedo saber, ni me interesa, cómo era. Supongo que por vivir en una época oscura y teñida de restos de sangre seca, aun en sus finales, su docencia sería muy similar a la época; tendemos a quienes admiramos a dibujarles un permanente hábito heroico, pero no estoy muy seguro, más bien al contrario, que deba ser así: a veces conocer a quienes admiramos hace pequeños trozos que arrastra el viento esa admiración. Pero no es esa la historia, no es Yo admiraba al padre Llordén, yo estudié en un colegio de curas y nuestro héroe, al menos uno de ellos, no era un deportista o una estrella de cine, sino un historiador, un hombre que lee, investiga, escribe, y a ratos camina al sol. La historia a contar es otra.

Yo paso cada día, los días de diario, al menos dos veces por la Avenida de Andrés Llordén. Cuando Andrés Llordén murió, murió una gloria local. Lo local para honrar a los suyos hace eso, les pone calles. Hay un pomposo pleno municipal en el que algún filibustero lee el texto para solicitar la concesión de la calle que ha preparado algún funcionario anónimo y honrado, el resto de filibusteros aplaude -no sé si estoy siendo suficientemente sarcástico-, y ya no hace falta votar nada. Tiempo después se pone la placa, van todos, se hacen fotos, el gabinete de prensa las manda a la prensa, y si la prensa no tiene nada mejor para ese hueco ponen la foto. Y ya está. Después comienza, más bien sigue, soplando el viento y arrastrando bolsas de plástico y quemando el sol y llenando la lluvia los socavones y desniveles de la calle. Tengo el recuerdo vago de cuando le pusieron la calle al padre Llordén -no sé por qué omiten en la placa esa condición- y cómo contaban que esa calle, una avenida nada menos, mayor gloria a mayor tamaño, para mayor y mejor honrarlo estaba cerca de la universidad que formaba a sus continuadores, cerca de la institución que forma hombres que leen, investigan, escriben -o al menos eso dicen que hace: no sé si estoy siendo suficientemente sarcástico-, que caminan al sol.

Describiré la avenida. La avenida es en realidad un carril de salida de una autovía, un lío de incorporaciones que van a dar en una gigantesca rotonda, que es el morir. A la izquierda el muro que soporta la autovía que huye por encima del campus, y tras la autovía hay un polígono industrial a medio ocupar. A la derecha, una acera pequeña que recoge un talud de hierba reseca y sin nombre y vasos de plástico en los que se ha borrado el nombre de la cadena que los vendió y restos de bolsas y papeles que cuelgan de las ramas como saldos de flores: a eso lo llaman en las estadísticas municipales zona verde. El talud cae desde las espaldas de un aulario y de la facultad de Ciencias de la Comunicación -vete a saber por qué habré usado capitales-: cualquier alumno de la facultad de Medicina, que está relativamente cerca, sabe que lo que está al final de las espaldas es el culo. Pongo el intermitente para salirme a la derecha de la autovía y ya estoy en la Avenida de Andrés Llordén, cruzo tres carriles entre vehículos que me amenazan y yo amenazo, me pego al carril de la derecha, miro la acera, y acabo girando otra vez a la derecha cuando llego a la rotonda, cuando la Avenida de Andrés Llordén hace esquina con la calle de Leon Tolstoi. Al menos dos veces al día, los días de diario.

No puedo evitar una suerte de tristeza domesticada cada vez que paso por ahí. Miro las aceras sucias, los árboles sucios, la basura movida entre los arbustos descuidados por la velocidad de los coches que entran y entran en la avenida. Nadie camina por la Avenida de Andrés Llordén. Nadie mira el indicador con el nombre en letras rojas y se pregunta, Quién sería este tío. El sonido a pie de acera debe ser insoportable. El sol golpea, la lluvia cala, el viento zarandea, no hay incidencia climatológica que no haga de la avenida un lugar inhóspito e incómodo. Una calle por la que nadie pasearía, el primero en no hacerlo aquel hombre anciano que a veces veíamos cruzar frente al ventanal despacio.

La gloria municipal, la honra de la historia, el murmullo ante los héroes que caminan siempre con el sol a la espalda haciendo rodar el mundo: no sé si estoy siendo suficientemente sarcástico. Esto somos, para esto servimos: para alimentar autovías. La ciudad honra con ruidos y suciedad, la universidad da la espalda a los saberes mientras rebusca en las migajas de los dueños ocultos del mundo y se enrosca como una culebra en una caja. Nadie lee los nombres de las calles porque nadie camina por ellas salvo si están en los centros llenos de franquicias y turistas. Entro en un aula y cuento historias, me han dicho hoy; a un alumno de Derecho le digo que un hombre armado con un puñado de normas y con capacidad de mirar y habilidad para contar es el último muro que nos protege de la barbarie. Y eso lo hago tras poner el intermitente a la derecha y cruzar tres carriles entre vehículos que me amenazan y yo amenazo, y pegarme al carril de la derecha, mirar la acera sucia y el talud con aspecto de derribo, para acabar girando otra vez a la derecha cuando llegue a la rotonda. Triste dos veces al día de modo breve y doméstico y nada grave al cabo para la historia del mundo cuando al final de la avenida miro a la izquierda para vigilar los coches que rotondean y poder colarme entre ellos; veo el hueco, leo el cartel, Avenida de Andrés Llordén, y giro a la derecha, y entro en la calle de Leon Tolstoi. Calle de Leon Tolstoi, una calle tan sucia y tan de mierda y tan olvidada como la avenida.

Avenida de Andrés Llordén

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