Un hombre ha muerto

Un hombre ha muerto.

Es así de fácil, de sencillo: un hombre ha muerto.

Alguien me ha hecho señas para que parase mi coche y dejase pasar a alguien.

Yo venía de trabajar, volvía a casa.

Y alguien me ha hecho señas. Me ha indicado que me detuviese.

Entonces han sacado a un hombre muerto de una obra. Salían hombres y alguna mujer, todo un séquito acompañando a un hombre muerto. Yo conocía a una de las mujeres, una jueza. La jueza estaba trabajando.

El hombre estaba trabajando, y ahora está muerto.

Ha pasado frente a mí.

Un hombre ha muerto mientras trabajaba. La gente se mata por trabajar, y un hombre ha muerto por eso: por trabajar.

Si ese hombre no hubiese estado trabajando ahora estaría vivo. Sus hijos, si tiene hijos, estarían discutiendo con él por no hacer los deberes o por ver unos dibujos de unas tortugas. Su mujer estaría oyendo la discusión mientras piensa cómo hacer la compra al día siguiente sin tener dinero para la compra.

La gente quiere trabajar pero si ese hombre hubiese sabido que iba a morir en una tarde brillante de primavera habría dicho, No, yo no quiero trabajar hoy, despídanme, no me paguen este salario de mierda, porque quiero vivir. No quiero morir en una tarde brillante de levante escaso y cuerpos blancos que enfrentan los primeros soles de una playa medio vacía, habría dicho el hombre en una versión excesivamente elaborada y retórica del miedo a la muerte.

Pero el hombre se ha puesto un casco a las 8 de la mañana y un chaleco reflectante, y ahora ese casco no tiene dueño y está roto, y ese chaleco ahora tiene manchas oscuras de mortero y cuerpo muerto.

Un hombre está muerto. Mañana lo mismo anuncian una cura contra el cáncer y a él no le afectará, porque ya hoy está muerto, lo está en esta hora en la que quizás alguien está contando a su mujer que sus hijos pueden poner los dibujos sin volver a discutir con él porque los deberes de conocimiento del medio y de science aún no están terminados. Niños que han ido hoy a un colegio público bilingüe y que quizás mañana también vayan, pero irán huérfanos.

Hombres y alguna mujer trabajando porque un hombre ha muerto. Yo conocía a la mujer, iba vestida de azul marino.

Es absurda toda muerte. Es innecesaria toda muerte. Al menos a mí me lo parece y me lo ha parecido mientras estaba detenido dentro de mi coche mientras pasaba ante mí un hombre muerto. Había más gente vestida de azul marino, los policías, los empleados de la funeraria. Yo estaba dentro del coche con un pantalón azul marino.

Lo mismo el hombre llevaba también un pantalón azul marino. Cuando salió de casa ese pantalón esta mañana era un pantalón limpio. Lo mismo el azul marino es el color de la muerte.

Un hombre ha muerto y olía a salitre el silencio mientras ese hombre ha pasado frente a mí rumbo a un furgón azul marino -sin duda es el color de la muerte en esta tarde brillante- que lo llevaba hacia la nada. Todo ha quedado en silencio en ese momento. Sé que ha sido una casualidad más que otra cosa, pero todo estaba en silencio. Hasta yo había apagado la música del coche cuando me han indicado que parase para dejar pasar a alguien camino a la nada.

No recuerdo qué música iba oyendo.

No he vuelto a poner la música después.

Cuando han pasado y me han dicho que pasase, y yo era el primero de una pequeña fila de coches, el pequeño cortejo ha pasado despacio. Yo no he querido mirar hacia la izquierda porque me parecía obsceno. Sólo he arrancado y he pasado despacio.

Sólo ha muerto un hombre. No será noticia probablemente, porque uno es un número muy pequeño.

Toda muerte es absurda, es innecesaria. No enseña nada la muerte.

Un hombre se mata por trabajar, y trabaja y se mata. Es así de fácil, de sencillo. Estaban construyendo un edificio y han construido una montaña de dolor esta tarde, pero mañana pondrán más hormigón sobre ese dolor y en catorce meses en ese mismo lugar habrá niños discutiendo con su padre por los deberes de conocimiento del medio.

He llegado a casa y tenía hambre. He machacado tres plátanos, les he puesto tres cucharadas de azúcar y el zumo de un limón y me los he comido en silencio.

Seguramente luego cenaré.

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2 respuestas a Un hombre ha muerto

  1. Paul Viejo dijo:

    Acabas de rescribir, casi, el Réquiem de Hierro, compañero.

    […]
    Él no ha caído así. No ha muerto
    por ninguna locura hermosa.
    (Hace mucho que el español
    muere de anónimo y cordura,
    o en locuras desgarradoras
    entre hermanos: cuando acuchilla
    pellejos de vino derrama
    sangre fraterna). Vino un día
    porque su tierra es pobre. El mundo
    Libérame Dómine es patria.
    Y ha muerto. No fundó ciudades.
    No dio su nombre a un mar. No hizo
    más que morir por diecisiete
    dólares (él los pensaría
    en pesetas) Réquiem aetérnam.
    Y en D’Agostino lo visitan
    los polacos, los irlandeses,
    los españoles, los que mueren
    en el week-end.
    […]

    Qué grande eres, cuántos abrazos.

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