Extraña tarde de domingo

Estaba dando vueltas a si salir a rodar hace un rato, quería hacer quince kilómetros, pero finalmente he decidido dejarlo porque tenía sensación de frío -pero no hace frío afuera hoy- y ponerme con un texto sobre Ribeyro, y al final he acabado leyendo a Ribeyro y dejando a medias el texto, y luego me he puesto a buscar una foto concreta de Ribeyro en un lugar concreto, y entonces el gúgel me ha traído la entrada de un blog como trae el mar a veces las cosas -Ribeyro habla de eso en una entrada de sus diarios del 7 de junio de 1977; contempla largo rato cómo el mar lleva y trae un objeto rojo, mecido con fuerza por la resaca, y acaba por decir del objeto que desaparece: “Sensación como de alguien que hubiera querido comunicar un mensaje y que terminó por callarse.”-.

La entrada es del blog de Fernando Valls, almeriense de nacimiento, y curiosamente -iba yo buscando a Ribeyro por no salir a correr- habla de atletismo.Habla de sus tardes de atletismo en el estadio Campra -que yo oí siempre cuando iba a Almería de pequeño a ver a la familia como “de la Falange” y así lo cuenta Valls- y de cómo Emilio Campra le dijo que se dedicase a otra cosa. La he leído con emoción curiosa, y al final el primer comentario a ella es de mi admirado amigo Ernesto Calabuig​, mejor persona que escritor y atleta, y quien lo haya leído y sepa de sus ritmos sabe que estoy hablando de altas cumbres. Las tardes de atletismo de Valls son de 1969, que es el año de mi nacimiento: así trae el mar las cosas.

La entrada al blog, tan obligatorio, de Fernando Valls, La nave de los locos:

http://nalocos.blogspot.com.es/2011/03/el-estilo-campra.html

El 30 de diciembre de ese año 1977 en el que Ribeyro ha estado viendo cómo jugaba el mar con un objeto rojo, escribe en su diario: “Me pregunto a veces por qué no terminé las cosas comenzadas y que ahora otras realizan y se presentan como novedad.(…) Perdida la ocasión, ya no me queda nada por hacer, que no sea o parezca imitación o influencia. Y mis otros proyectos correrán la misma suerte, seguirán siendo un borrador, menos, una intuición, cuando ya otros los hayan realizado. El arte literario, fatalmente, excluye los bosquejos y sólo acepta las realizaciones.”

Me doy cuenta de que este texto avanza cuando había decido finalmente escribir sobre otra cosa y entonces las frases me manejan como a un objeto rojo en mitad de un mar resacoso, y me llevan y me traen quizás hacia lo sin remedio, hacia la pérdida. Porque el origen de lo que pensaba escribir y que de hecho escribí hace tres días pero un dedazo donde no debía me hizo perder todo lo escrito es haber conseguido, gracias al simpar Diego Zaitegui​, almeriense también de pro aun adoptivo -si existe el libro el entusiasmo de Diego lo consigue como sea, es Mr.Tambourine de los lectores compulsivos en Gádor- un libro que llevaba tres años intentando conseguir: “La caza sutil y otros textos”, que reúne los ensayos de Ribeyro sobre crítica literaria. Cuando me llegó el libro yo llevaba once días seguidos corriendo, y debo decir que a buen ritmo, asfalto y monte, estupendos rodajes, luz en las piernas, y pensaba ese día hacer doce. Iba con la ropa de correr en el coche para cambiarme tras las clases, y también con el libro en el maletín, y había estado esa mañana charlando con Lola Lopéz Mondéjar​,una de las personas más inteligentes e incisivas que conozco, un premio que me tocó el día 20 de febrero en Madrid junto a otros muchos premios de ese día; habíamos charlado de paisajes interiores y yo me había metido como siempre hago con los novelistas, tan empeñados en novelar para que les hagan la película en vez de en contar cuentos que jamás puedan rodarse, y parado en un semáforo abrí al azar el libro y encontré esto, y lo estaba leyendo -el texto se llama Problemas del novelista actual, y, curiosamente, es de 1969, el mismo año en el que Valls corría por las pistas del estadio de la Falange ante la mirada de Emilio Campra, un entrenador legendario que años después se quedaría con el nombre del estadio, y el mismo año en que me dio por nacer- y me estaba acordando de la charla feisbuquera con Lola:

“El novelista se encuentra así, pues, en nuestra época, en una situación inconfortable. Las ciencias sociales acaparan y reivindican la trasmisión del saber y de lo novedoso, lo que antes pertenecía a la novela. La historia banalizada expropia el pasado y el periodismo de actualidad, el presente. ¿Qué le queda pues al novelista? Felizmente le queda algo: le queda el lenguaje, le queda la fantasía,le queda la libertad de la composición, le queda el carácter no inmediatamente utilitario de su quehacer, le queda tal vez la insatisfacción.”

Cuando llegué al lugar donde pensaba dejar el coche y salir desde allí a correr por décimo segundo día consecutivo decidí no hacerlo. No salir a correr. Poseo una imparable predilección por la obsesión, y pensé en ese momento que si lo hacía -y me apetecía y tenía las piernas y la cabeza listas- después vendría el trece y después el trescientos quince, no me atrevería a parar ni querría hacerlo y me deslizaría por otra manía -la repetición de un gesto a veces deviene estilo- , así que decidí quedarme allí, sentado sobre el capó del coche esperando en un aparcamiento vacío a que mis hijas saliesen de entrenar mientras seguía leyendo a Ribeyro en un libro conseguido tres años después de saber de él -puedes comprar en China por 1,60 euros un cable para el teléfono y te lo mandan sin gastos de envío, y en cambio tardas tres años en tener en las manos un libro editado en Chile-.

El mismo día que conocí a Lola en Madrid estuve almorzando con Ernesto y otros amigos, en una comida inolvidable y no por el menú. En esa comida mantuve una conversación a la que seguía dando vueltas cada poco -ya he dicho que soy obsesivo, y vivo permanentemente con el espíritu de la escalera- sobre lo que yo llamo responsabilidad moral del escritor, que quizás es la misma que la de cualquiera que tiene una mínima competencia para hacer algo que mejore a los otros. Nunca la había pensado como tal hasta la navidad de 2011, en la que dos amigas a las que no veía hace 25 años, Paloma​ y Pilar​, tras saber que había decidido bastante atrás, en 2005, dejar de escribir tras haber publicado un libro de cuentos en 2000, me abroncaron y me dijeron eso, que tenía una responsabilidad moral, que pudiendo hacer algo -es su opinión, no la mía- que otros no pueden no podía dejar de hacerlo, que se lo debía al resto. No les hice mucho caso o no pensaba, hasta que en febrero de 2013 me vi de nuevo escribiendo con conciencia de haber vuelto a hacerlo. En ese almuerzo del día 20 de febrero yo estaba hablando de esa responsabilidad moral y vi cómo Cuqui Weller- Juan​, dile que estoy hablando de él y repartíos mis abrazos- me miraba con cara de “cómohaspodidopedirelpeorplatodelacarta” -cosa que por cierto era cierto, menudo guisaillo mal hecho-, de incomprensión sobre mi tesis; la verdad es que no supe explicarme ni explicárselo mejor, y teniendo en cuenta que aún ando dando vueltas a charlas que mantuve con doce años no debe extrañar que la charla con Cuqui y otros ese día – Paul​, Miguel Ángel Muñoz, Encarni- la tuviese en la cabeza pendiente de explicar mejor a Cuqui de qué hablaba yo. Entonces hace unos días sentado en la tarde sobre el capó caliente estoy leyendo a Ribeyro hablar sobre un episodio en el que acude a un colegio en Lima para una charla con escolares; está hablando sobre el modo en que uno adquiere conciencia de ser escritor, cómo decide serlo. Ha conversado con las chicas y tras el acto le regalan una bolsa con lápices y cintas de máquina de escribir, y le dicen, Es un obsequio para que pueda usted seguir escribiendo. Y se dice Ribeyro, muy emocionado por el gesto: “Bueno, después de todo yo no soy un escritor solitario, ni poco leído, ni desconocido, sino que hay personas que me leen, colegialas, y en consecuencia, debo seguir escribiendo, debo tener presente que se asume, cuando uno escribe, cierta responsabilidad, aunque sea para no decepcionar las expectativas de sus lectores.” El texto se llama Circunstancias de un escritor, y cuando leí ese fragmento me dije, Carajo, ya podía haber leído esto Cuqui y quizás se hubiese enterado de lo que yo quería intentar decirle -y ya podía haber pedido yo otra cosa que no fueran las patatas con carne-.

Esta tarde cuando he decidido no salir a correr y ponerme a escribir y después decidí no escribir para ponerme a leer -después decidí escribir lo que no había previsto y después decidí seguir escribiendo sobre lo que intenté escribir el otro día- lo que me había puesto a leer era La caza sutil; pensé que quizás habría entradas en los diarios de Ribeyro referidas al libro, y de repente, quizás porque había estado hablando con mi primo, me vino Almería la cabeza y que Ribeyro había estado por allí un par de veces; me he puesto a buscar y buscar y han aparecido esas anotaciones de 1977 en las que mira en Carboneras cómo el mar juega con los objetos y deja cosas sin decir, cosas a medias, bosquejos, En muchas ocasiones en los diarios se queja de no poder acabar las cosas, dejarlas a medias, sólo en la armazón de la intuición. Alberga dudas sobre su talento, sobre su obra. Habla de sus contemporáneos y sus novelas, él que se ha volcado sobre los cuentos y sobre novelas menos amables que las de otros que asumen la fama del boom. Se dice el 28 de octubre de 1977: “Nada importante he hecho, tres novelitas, cada vez menos convincentes, un centenar de cuentos y otras cosas menores. Nada de eso me permitirá permanecer,durar. Jugador de tercera división, algunos me vieron alguna vez hacer una jugada maestra y meter un magnífico gol. Algunos, luego me olvidaron.”

A media mañana de hoy he escrito un correo electrónico a Lola, Le hablaba de Kafka, de un proyecto sobre él que,le he dicho, seguro que nunca acabaré, como tantos otros; le hablaba de mi amor por Kafka -tan similar al que siento por Ribeyro- y le he dicho: “Creo que tiene derecho a que alguien cuide de él y lo ame, y que yo intento no dejar nunca tirado a nadie de los míos, y o nos salvamos todo o caemos todos. Imagina qué pena no saber nada de Franz. Qué pena, madre mía.” Luego he leído entresacada en la tarde en que no quise correr esa entrada de Ribeyro, sobre la conciencia del olvido, de la inutilidad posible de lo que se hace. La insatisfacción pendiendo siempre sobre el trabajo propio. La portada de La caza sutil trae a Ribeyro sentado feliz, sonriente, en una terraza, y eso era lo que me ha dado por buscar, momentos felices de Ribeyro, y luego salió Almería, y me acordé de sus estancias en Almería y puse Ribeyro Almería en el buscador y salió lo de Valls y la carrera a pie, Ernesto, el libro enviado por Diego desde Almería, la felicidad que siempre evoca en mí Almería. La semana que viene pasaré la tarde del domingo en Vícar, no muy lejos de Almería, de Carboneras, y lo mismo si la competición de mis hijas no empieza demasiado pronto me da tiempo a abrir mi madrugada de domingo almeriense corriendo por Roquetas. Definitivamente no me gusta correr por la tardes, por las tardes tengo frío. Y menos aún correr la tarde del domingo. Casi nada hay más extraño que una tarde de domingo.

Julio Ramón Ribeyro

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