Nueve dos dos

Nueve veces debo ceder el paso cada mañana. Sumo a ello dos stop, y dos semáforos. Tanto los stops como los semáforos son consecutivos, como los dos extremos de un puente sobre un río caudaloso que bajase acelerado y oscuro. Salir de casa y llegar a otro lugar que casi lo parece por la pura acumulación del tiempo que me devora ese lugar: ese llegar es nueve, dos, dos. Eso que repito como un mantra de lunes a viernes -conduzco, me detengo nueve dos dos, miro, continuo- me parece que no es sino un libro de viajes. Cada detención es un paseo por el centro de una ciudad de ribera; podría escribir con ese trayecto un libro de viajes, me digo muchas tardes meditando sobre los riesgos de detener el coche en el arcén y tomar tranquilo fotografías de las señales, como lo haría un caminante, un viajero. No como un turista, alguien que pasa sin estar: un viajero.

Una identidad está hecha también de los lugares, de las calles en las que hemos vivido y dejado una parte de nosotros, dice Claudio Magris en El Danubio. Me acuerdo conduciendo del libro de Magris, y lo busco al regresar a casa. Cuando lo encuentro -después de bucear en los estantes y sortear pecios, detenerme brevemente en Thomas Wolfe, en Bernhard, en Munro- y lo abro está lleno de páginas con las esquinas dobladas, y hay varios marcadores, y pequeñas facturas: pagos de botellas de vino, de otros libros, billetes de autobús o tren. Las fechas son diversas y en lo que el olvido del papel térmico no ha podido borrar alcanzo a ver 1998, 2001, 2002, 2006, 2010. Uno de los marcadores, en el que está anotada a lápiz la cita -y paso un buen rato hasta encontrarla en el libro- es de una librería que cerró hace al menos diez años. Cada uno de esos papelitos es una detención, un paseo, una mirada. O lo fue. Regresé de esas suertes de ciudades, y el regreso las hizo olvido o casi olvido. Si no hubiese vuelto al Danubio no hubiese pasado un rato intentando averiguar qué vino compré por 2500 pesetas, y cuánto debía gustarme porque el tiquet dice que compré tres botellas. Como ya no lo sé sólo puedo fabular y en realidad sólo puedo fabular, pues haber dejado atrás el primer stop es haberlo olvidado o casi olvidado y fabularlo en el siguiente. Pasado y olvido, y no oxígeno y silicio, parecen ser los elementos más abundantes del planeta.

Nueve, dos, dos. Me gustaba mucho aquella librería, con el piso a varios niveles, y los estantes oscuros. Pero qué vino sería aquel, carajo.

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