Mi madre también va al mercado

Es molesto el ruido de fondo. El exceso de ruido no deja pensar. Desde hace muchos días no hay más que ruido. Yo intento taparme los oídos y aún persiste el zumbido fuera, como de frigorífico viejo; uno puede acostumbrarse a ello y creer que ya es así siempre, que siempre fue así, que ya será siempre así: exceso de ruido, zumbando en mitad de la noche, en mitad de la mañana fría, sin parar nunca. Pero mejor que acostumbrarse a ello es intentar que pare.

La semana pasada cuando comencé a leer las primeras contraidioteces tras los asesinatos de los dibujantes de Charlie Hebdo comencé a revisar mi agenda: tras haber examinado los últimos 45 años puedo afirmar que en ninguno de sus días he sometido a vejaciones o masacrado a ninguna población civil. En quinto vi como mi compañero Miguel París mataba varias lagartijas en pro de la ciencia, y en casa soy el encargado de matar las cucarachas y los mosquitos, pero nada contra la población civil de ningún lugar del mundo. Si un hombre puede ser una literatura y si la historia de un hombre puede ser la historia del mundo y si contar lo local como universal es la mayor aspiración de un narrador, y si un hombre incluso puede ser el reflejo de una sociedad, su metonimia, entonces yo, sociedad occidental europea, no soy culpable de ningún crimen que justifique -esto es, que pueda ofrecer una suficiente y convincente razón justificativa- que se cometa contra mí un asesinato. Yo puedo ser Charlie Hebdo, pese a que el nombre me suene tan ridículo, y puedo ser una víctima, pero no puedo ser, en ningún caso, un verdugo. Quien afirme lo contrario podría ser, sencillamente, algo tan peligroso como un ignorante.

Guillermo Busutil hablaba el domingo en su columna de la lectura como esperanza y salvavidas -ambas palabras son hermosas, tanto como leer-. El problema, claro, es evitar leer idioteces, porque eso no es sino ruido. He leído estos días sobre racismo e islamismo, religión, libertad y seguridad, todo ello con el disfraz de la justificación: las palabras corrían de un lado a otro y siguen corriendo, y ese ruido, ese frufrú molesto, es también como otras veces ocasión para que en un falso silencio se maniobre contra la causa del hombre. Leía a Guillermo como prolongación de haber leído, aún más, estos días a Camus -sé que agradará a Guillermo esa herencia-. Hay autores que siempre tengo a mano y Camus es uno de ellos, y me centraba estos días de ruido y furia por ejemplo en sus crónicas de Combat, y le leía entonces decir: “las personas como yo querrían un mundo, no ya donde no se mate (¡no estamos tan locos!), sino donde el asesinato no esté legitimado. Y aquí estamos, en efecto, en la utopía y la contradicción. Pues vivimos precisamente en un mundo donde el asesinato es legal y debemos cambiarlo si no lo queremos así. (…) Con excepción de algunos tramposos, todos, de la derecha a la izquierda, consideran que su verdad es la adecuada para conseguir la felicidad de los hombres. Y, sin embargo, la conjunción de estas buenas voluntades desemboca en este mundo infernal donde todavía se mata, se amenaza y se deporta a los hombres, donde se prepara la guerra y donde es imposible decir una palabra sin ser de inmediato insultado o traicionado.” Estas palabras son de noviembre de 1946.

Los asesinatos de París los han cometido franceses contra franceses: pura sociedad europea occidental. Su confesión religiosa debiese ser indiferente para la condena de esa acción. No hay razón alguna que justifique ni explique que dos tipos entren armados con sendos AK y señalen y disparen y maten. Porque Francia, en primer lugar, no es culpable. Francia es un Estado de Derecho al igual que España. Francia consolidó el Código. Y he leído tonterías sin cuento -esto ofende al cuento como género supremo- sobre que fuese de esperar esto, y que Francia es racista y Francia es asesina y lo es Occidente y ruido ruido ruido. Afirmar eso supone que la culpa, y entonces estoy acudiendo aquí al concepto judeocristiano de culpa al igual que lo hacen quienes sostienen tales afirmaciones, puede ser colectiva y puede recaer sobre todo un país, un continente, y es más, creo que se afirma eso pensando en la imposibilidad de redención de tal culpa, se afirma desde la creencia de un pecado aun cuando se pretenda disfrazar de pecado laico y en que no es posible su redención -salvo que se piense como yo, suele deslizarse en tales banales intentos de argumento-, y entonces se dice, Qué esperabais si antes los hemos masacrado. Como el argumento no es de izquierdas o derechas sino incumbe por igual a ambas concepciones tradicionales de izquierda y derecha, entonces alguien también dice, Qué esperabais si los muertos eran blasfemos, si se burlaban de dios y de sus mensajeros. Ambos lados, que son para mí uno solo en su carencia de armazón razonador, dicen así: Eran culpables, las víctimas eran culpables. Trasladan el concepto verdugo desde el tipo que apretó el gatillo a la nación, y entonces a todos, porque si Francia es el Código y nuestro Código viene de allí y esto es Occidente y sus raíces son las religiones del Libro pero también la Razón, entonces alguien me está diciendo, Eres culpable, Erre, eres culpable. Y no, no lo soy. No soy un verdugo.

El ruido genera confusión. Se usa en las torturas el ruido. No está bien que todos hablen a la vez; resulta complicado que si uno mezcla razonamientos salga bien el experimento y ofrezca un resultado convincente. Utilizando como símil un rompecabezas, que todas las piezas sean de la misma caja no significa que encajen en cualquier sitio del diseño. El problema a la hora de componerlo puede ser desconocer cuál sea el diseño, el modelo constructivo. Pero no creo que sea ese el caso. El modelo es el Estado de Derecho, un modelo de Estado laico; las instrucciones son las Cartas de Derechos. El modelo es bien sencillo, el modelo del pacto. Aún suponiendo casos de mala praxis, ello no invalida el modelo, es sólo, nada menos, que eso, mala praxis: hay mecanismos de corrección. Si la mala praxis es el modelo entonces también hay mecanismos de corrección, más contundentes, más tristes y dolorosos, y no digo que no necesarios. Todo ello tiene que ver con los conceptos de validez, eficacia y justicia, que no sólo son asequibles para un estudiante de primer año de Derecho: lo son para cualquiera que aspire a la denominación de ciudadano -algo que por cierto había que ganar en la polis-. Pero sigo sin creer que el problema, cuando está basado en la Carta de Derecho y en el Pacto de Derechos Civiles, y en la separación de poderes y en la laicidad del Estado, sea el modelo.

El primero de los ruidos de fondo que generan los que justifican el asesinato -pues esto es es eso: ustedes están legitimando el asesinato- es el de la blasfemia. Se lo merecen por ofender a dios o a sus intermediarios. Por hacerlo desde la sátira, desde la parodia, desde el espejo deformante: desde el humor. La risa ofende. Si uno mira la cara de un fanático siempre está seria, hay músculos de su cara que no activa jamás. Sin embargo, y por citar ahora a Marcel Schwob, reír es sentirse superior. Sólo el hombre se ríe, no se sabe de animales que lo hagan, que sean capaces de humillar su propia figura para contemplarse desde fuera, ridículos y pequeños. La risa genera comprensión. Más allá de eso, además, están los mecanismos de corrección: existen tipos delictivos que protegen la ofensa de ciertos sentimientos, siempre que ello no entre en contradicción con otros derechos. También para ese caso uno cuenta con una herramienta de resolución y correctora: si como es el caso ello entra en conflicto con la libertad de expresión optamos por ésta porque ésta salvaguarda a un mayor número de hombres y de sus actos. La blasfemia, y ello es una opinión personal, es una figura pequeña y ridícula que hace aún más pequeños y ridículos a quienes la sostienen. Dios, hasta el momento, no se ha quejado porque lo saquen con el culo al aire, y ello no es una blasfemia. Sus mensajeros, hasta ahora, no han acreditado su representación, y sin acreditarse ésta uno no puede accionar en nombre de otro, ni jurídica ni físicamente. Estaría dispuesto a aceptar que alguien me asesinase si fuese capaz de demostrar no sólo la existencia de dios sino también su mandato. Mi fe es el Derecho cuando se trata de relacionarme con otros hombres, y el Derecho, simplificando con pudor y modestia el argumento para hacerlo peligrosamente asequible, es tan aparentemente infinito como la idea de dios. Si el Código Penal, por el pacto de convivencia, castiga la blasfemia, y si quienes tienen atribuida su interpretación, por el pacto de convivencia, son los tribunales, y estos deciden que entre aparente blasfemia y libertad de expresión debe protegerse a ésta última -y yo así lo creo-, no puede en ningún caso deslizarse sombra alguna que pueda oscurecernos hasta el punto de justificar por ello un asesinato. Esto no tiene nada que ver con la religión, con el islam, pues he leído a cristianos quejarse de lo mismo: tiene que ver con el puro fanatismo.

El segundo de los ruidos de fondo que generan los que justifican el asesinato -pues esto es es eso: ustedes están legitimando el asesinato- es el de la maldad occidental. Se lo merecen porque Occidente es malo y asesino, porque es laico y capitalista, porque bombardea a civiles y cambia gobiernos y la CIA y la Coca Cola y las hamburguesas malas y los Levis 501 dominan el mundo. Ya he anticipado que también resulta falso, más allá de todas las dudas sobre mala praxis occidental que quieran alumbrarse. El problema no sería de modelo sino de correcciones. En Occidente, en Francia, el ciudadano es un voto. Quita y pone. Quéjense si quieren del sistema electoral y de partidos, de los lobbys, de los yogures azucarados: pese a todo ello, pese a la posible total razón de su queja, es así. El voto de un hombre puede cambiar el signo de un país, su destino, sus normas. Para lo bueno y para lo malo. La queja sobre la blasfemia o sobre la maldad de la economía capitalista o sobre el terrorismo de estado o los complots en las cloacas está protegida por ese mismo sistema, por el Estado de Derecho. Eso es, pese a todo, Occidente: dios en la casa de quien quiera albergarlo y la Razón en el palacio presidencial. Occidente no masacra. Lo hace un hombre, y si se pone en marcha el mecanismo correcto, ese hombre es castigado. Los asesinos, tengo que recordarlo, eran franceses: ciudadanos. Entre la denuncia y la batalla de ideas y el AK 47 eligieron disparar. Si justifico en la maldad del Estado el asesinato estoy justificando también la respuesta de éste, una posible respuesta idéntica que sólo perpetúa el problema, lo consolidad y cronifica y no lo resuelve. Citaba a Camus y volveré a hacerlo, pero quiero traer también a Jacques Verges, otra de mis debilidades. Cuando Verges hablaba de los procesos de ruptura lo hacía sobre la existencia de un Estado que abiertamente utilizaba el asesinato, la tortura, para sus fines. ¿Alguien puede, más allá de posible mala praxis, sostener con sentido y razón que eso es hoy Francia, que su condición es violenta e injusta? ¿Que lo es lo que llaman Occidente? ¿Que cada uno de sus ciudadanos es por ello culpable? ¿Que merece la muerte por ello?

Siendo los dos anteriores sonidos estruendosos, me preocupa más el tercero: es sordo, corre de fondo siempre. No es ajeno a ambos, participa de ambos, juega con ambos, se impregna con ambos para pervivir. De los dos primeros uno puede acertar a defenderse si los ve venir de cara. Pero el tercero de los ruidos de fondo que generan los que justifican el asesinato -pues esto es es eso: ustedes están legitimando también el asesinato- es el de la seguridad a cambio de la Razón y el Derecho, de la libertad. Se insulta a la inteligencia cuando la seguridad se hace preponderante y se convierte en categoría y no en consecuencia, se insulta a la historia y se insulta a la inteligencia. De nuevo sacrificando con modestia la argumentación, la seguridad no es un derecho sino una conquista desde el Derecho, y su mantenimiento no puede suponer debilitar la libertad. Traigo el título aquí de las XXª Jornadas de la Sociedad Española de Filosofía Jurídica y Política, celebradas en Málaga en 2005: Libertad y seguridad. La fragilidad de los derechos. Se trata de eso, de nuestra extrema fragilidad ante las presiones violentas, de nuestras tentaciones, de una sociedad futura cimentada en el miedo más que en los riesgos y equilibrios de la libertad. Tras cada gran catástrofe violenta quienes quizás deben callar han hablado de control; no se han sentado a analizar las malas prácticas y sus posibles consecuencias sino a definir nuevas -en realidad muy viejas- formas de control sin resultado, pues el nivel de conflicto no ha descendido. No estoy renunciando con ello a la defensa, no soy tan ingenuo -pese a este viaje por una posible cartografía del ruido generado por mi necesidad de involucrarme y evitar que al menos en mí pueda detectar la práctica risible de compartir en un red social mi aparente dolor por una muerte y tras ello y sin hilo ni ruptura de éste la foto de mi gato, de mi sobrino y de una cerveza a medias-: me sitúo ante un paisaje, el de la renuncia a la libertad por miedo o cansancio o desidia, que genera tanta violencia como los dos anteriores, que detesto tanto como los dos anteriores, que ya generó fosas de cadáveres, por citar una vez más a Camus, pues no sino eso fueron el fascismo, el nazismo y el comunismo que asolaron la malvada Europa. Preferir la seguridad es atomizar de nuevo de nuevo el mundo en vez de internacionalizar la preponderancia de la razón, preferir el muro al argumento, e incluso dar un nuevo argumento al que pone la bomba o aprieta el gatillo.

Todos estos ruidos empezaron a sonar a la vez que el aire dejaba de sonar en los pulmones de los asesinados. Franceses asesinados por franceses por ejercer la libertad de expresión en vez de plegarse al fanatismo. Leí la noticia y pensé, No podrá uno permanecer al margen cuando todos se pongan -y era seguro que pasaría- a hablar a la vez: lo contrario del ruido no es el silencio. Yo he echado mucho de más tanto silencio en tanta gente, no sólo con esto, pues en esto era sencillo manifestarse y compartir un lema, una foto, una chapa, sino en la larga crisis de valores cívicos que asola la malvada Europa, el arruinado Occidente. Del silencio de los intelectuales, doloroso y largo, hablaba también con Guillermo hace poco. Leí la noticia y antes de que comenzase el ruido ya sabía que habría ruido, que no cesaría el ruido, que harían mucho ruido para evitar pensar; gritar un lema es más sencillo que generarlo. Me acordé de Camus en mitad de la guerra de Argelia, exigido por ambos bandos, por Francia y por quienes luchaban por la libertad de su tierra, situado contra las torturas y ejecuciones del ejército jaleadas por parte de la sociedad francesa y contra las bombas del terrorismo argelino como respuesta a aquellas. Camus acordándose de su madre en el mercado de Belcourt ante la posibilidad de que un terrorista arrojase en él una granada: Amo la justicia, pero amo también a mi madre. Creo que cuando cito a Camus y prefiero a Camus por encima de al resto ya estoy dejando muy claro cuál sería mi posible bando en cada uno de los debates: el del desgarro que produce optar siempre por la razón. Y ésta en este caso, franceses asesinados por franceses por ejercer su libertad, es Francia, es Europa, más allá de cualquier fallo o falla, por encima de tanto ruido, es Europa: la Europa que optó por las Luces y el sonido de la Razón.

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