Colimbo

Para Marta Aponte y Paul Viejo

Ayer por la mañana mientras la gente no paraba de hablar de tornados -como si fuese un tornado algo excepcional, como si no hubiese tornados cada día y de pronto alguien extrajese de la tierra o del mar una oscura espina dorsal que de pronto gira enloquecida y sale corriendo y arranca el techo de las cosas y de las personas y lo araña y pulveriza todo, como si eso no sucediese cada día y algo que parece surgir no se sabe bien de dónde no arrancase de cuajo algo de nosotros; un tornado, menuda cosa habitual para tener que hablar de ella- yo estaba mirando la mañana y no podía dejar de pensar en el colimbo. Pero no en un colimbo cualquiera, no; en “ese” colimbo. El colimbo que en una tarde otoñal fanfarronea y juega con H.D. Thoreau en las páginas de Walden.

Yo no tenía ni puñetera idea de qué fuese un colimbo ni a qué se dedica hasta que lo leí en Walden, pero quizás sea uno de los animales que más amo del mundo, el colimbo. No he visto un colimbo en mi vida, ni quiero. Cada poco, muy poco, yo abro Walden por esa página que tiene la esquina marcada de tanto doblez de años y vuelvo a ver al colimbo arriba y abajo junto al bote de Henry D y me digo, ostia, qué listo y cabrón el colimbo. No quiero buscar una imagen de un colimbo de verdad porque ningún colimbo es más verdad para mí que ese colimbo risueño y burlón tan enamorado de la laguna de Walden como Henry D y como yo. Casi ninguna persona, casi ninguna cosa, es más verdad para mí que ese colimbo contado.

Desde hace años siempre tengo Walden a mano. Voy de acá para allá por la casa y siempre procuro dejar Walden cerca de la mano. Las aguas tersas y frías de la laguna de Walden, el bosque asomado a su espejo oscuro. Leo en él las cuentas de una plantación de judías, y acabo llorando -pero yo lloro por todo-. Henry D hace navegable el pensamiento y el aprendizaje de las hechos esenciales de la vida, y dice eso de “no fuera que cuando estuviera por morir descubriera que no había vivido. No quería vivir nada que no fuera la vida, pues vivir es algo muy valioso”, y acabo llorando -pero yo soy un puto gilipollas, lloro ya por todo-. Yo releo sin parar Walden a trozos, por las hojas marcadas y por las que no, paseo por la orilla de la laguna escrita de Walden, y miro por mi ventana entre párrafo y párrafo, y acabo llorando o casi llorando -lo que es aún peor- las más de las veces. Pero yo lloro por todo de modo idiota y emocionado: antes no decía estas cosas ni quería que se supieran estas cosas, pero ahora como que me parto de risa conmigo mismo, porque vivir es algo muy valioso.

Thoreau cuando yo lo conocí había dejado de pagar impuestos en su país por la guerra contra México y por la esclavitud con soporte democrático; se avergonzaba de su país, como yo del mío. Ya veremos quién es el más fuerte, se dijo. Luego se fue a la laguna de Walden, y empezó a pasear por sus orillas, acompañando a las estaciones, censando nubes y tierra, abriendo sendas al sol entre los árboles. Yo no soy ningún amante de la naturaleza, pero sí de Walden, del concepto Walden. Uno se harta y asquea y se va, o debiera irse, no sea que le dé por morirse sin haber vivido, sin haber aprovechado algo tan esencial y valioso como vivir. Se va y el agua está fría casi siempre, como debe estar el agua, estirada como un tambor a veces, una superficie que nos soporte si nuestro peso fuese tan leve como debe ser. No pesar, esa es una gran aspiración, no una aspiración física, sino moral. No pesar no es estar tan delgado como la hoja que se balancea junto a la orilla cerca del camino de Wayland, sino no ser un peso muerto para otros y para uno mismo. Uno se cansa y se va, se busca una laguna y se va. Y camina sin parar. Da igual que el tiempo sea algo frío porque camina sin parar: vivir es algo cálido si uno camina junto a la orilla de la laguna de Walden.

Yo leí Walden y cada vez que releo un trozo de Walden, en todos estos años furiosos, acabo pensando que querría eso, localizar una laguna como la de Walden, irme allí, a un casa junto a ella, una casa que respira como bosque, que respira tierra junto al agua. No pueden mezclarse ambas cosas: se llama barro. En las mañanas nubladas y de tornado diario de los inviernos que no son Walden miro el mar desde mi ventana -en realidad desde mi terraza, pero no me gusta el concepto terraza sino el concepto ventana, amo las ventanas, no podría vivir sin ventanas- y hay un manto de barro sobre el mar de entre cuyas dobleces y arrugas surge de pronto una mano blanca de espuma -esto es una horterada y una cursilería pero voy a dejarlo así porque me da la gana-. Agua y tierra no pueden mezclarse. Yo me sentaría en esa casa desde la que veo entre los árboles el horizonte de la laguna y sería tierra allí sentado, asomado, y después caminaría hasta la orilla, y me agacharía, y rozaría el agua, se me pegaría a las puntas de los dedos el tacto frío del agua, y seguiría paseando después mientras pienso en si algún alce se va a cruzar conmigo y a ignorarme de lejos y el viento que sólo parece soplar a media altura, sin alborotar el espejo frágil de la laguna, me iría secando las yemas de los dedos. Cultivar la tierra -o comprar las verduras y la fruta cerca, a algún vecino con el que construir un nexo sobre frases intrascendentes, mejor eso-, contar a veces hacia atrás a veces hacia adelante los días de cada estación, y pasear mucho de todo el tiempo restante.

Pero no, Erre, me digo, no. No hay lagunas cerca. No puedes retirarte a ningún lado, no puedes huir. El tiempo, pensé una vez al inicio de los años furiosos, no debiese cambiar nunca. Pacté de modo falsamente faústico que nada cambiase, como quien compra un producto de lujo a un precio insultantemente barato: queriendo ignorar que está siendo engañado. Eso no hubiese sucedido junto a Walden porque el bosque cambia de color y los colimbos se refugian del frío y la fragancia del pino tea recién cortado llena el aire. La laguna parece permanecer salvo que el viento arrecie -he visto que dicen por ahí que el viento arrecia, supongo que debe ser cuando se cansa de soplar-, o la lluvia se haga de pronto con el cielo. Si la lluvia es muy fuerte junto a Walden no salgo de la casa, no puedo huir tanto de mis orígenes de ciudad seca: sólo imagino la laguna espolvoreada mientras acaricio la taza llena a medias de té.

Alguien poco atento o poco leído o sencillamente idiota podría pensar que la laguna siempre es igual -de la misma manera que la gente piensa que es el mismo sol, el mismo amanecer, el mismo mar-. No es malo eso, pensé una vez. Si todo el mundo pensase que hay una belleza insoportable en la soledad verde de Walden, Walden se llenaría de gente y yo tendría que huir de allí porque odio a la gente tanto como amo a la soledad de Walden. Por eso es bueno que la gente piense que un día es igual a otro, una vista igual a otra, un amor igual a otro. Aun así el imperio de los inútiles ha construido tantas urbanizaciones en las que Cheever pueda emborracharse mientras fantasea con chupársela al jardinero que apenas hay orilla que no esté manchada de cemento. Los fines de semana corro unas decenas de kilómetros hasta llegar a la laguna que tengo más cerca, varias lagunas pequeñas en realidad. Corro por los senderos entre sombras que se aclaran, algunos pájaros planean -pero ningún colimbo, aunque ni sepa cómo es-, huele a resina y salitre, mi respiración y mis pasos no harían huir a ningún alce que quisiera ignorarme de lejos. Pero no. Entonces aparece alguien en bici o también corriendo, o caminado mientras arrastra equipo de observación de aves, y se me escapa la soledad verde nacarado de Walden, o la soledad ocre y crujiente, o la dorada y dulce soledad, o una soledad blanca y mullida que restalla a lo lejos y que hace de Walden el único lugar en el que yo quisiese estar siempre.

No es el mismo mar. No hay permanencia. Las aguas que se fingen inmóviles de la laguna se agitan sin parar, flotan las plantas subacuáticas, largas, oscuras y viscosas, y se despiden de los grandes peces insomnes. Lejos de Walden recorro las autovías que en esos ratos de sucia cinta oscura finjo que son una orilla llena de agujas que van perdiendo verdor entre sombras y se me ocurre que necesito esa noción de permanencia para a su vez permanecer, soportar permanecer, lejos de la laguna. Mi única certeza ahora, ahora que rompí el pacto de que todo permaneciese igual -un falso pacto que me condenaba tanto como creía un día entender que lo hacía el continuo vaivén, ese vaivén valioso de la vida- es ese cambio continuo. Un colimbo juega conmigo y sale acá y allá sin que pueda prever dónde lanzará su próximo chillido, y amo ese otoño que leo sin cesar y construyo sin cesar mientras leo sin cesar Walden y envidio a Henry D y sentarme en silencio junto a él como lo haría un cazador o un leñador o un poeta y que por unos instantes la soledad se abra de modo amable y fragante como una chirimoya madura -una fruta muy poco Walden, por cierto-.

Un hombre perdido mientras busca una laguna y lee compulsivamente Walden; el mayoritario descontento de los hombres exige el tributo de creerse único al menos unos minutos al día, el tributo a nuestra insobornable y afortunada capacidad de adaptación a la desgracia. La soledad agrietada por las visitas. En la noche del día de los tornados, cuando la gente hablaba de tornados y yo pensaba en el colimbo, cuando ya no leía a Walden y miraba una pantalla, me encontré unos comentario de Marta Aponte y Paul Viejo sobre el mar. Compartís la mirada, dijo Paul. El mar nunca es el mismo, dijo Paul. Marta me miraba desde el otro lado de la inmensa laguna como si los ojos de los insomnes pudiesen encontrarse en la negrura. Yo casi lloré el leerles hablar así, como cuando leo sobre los paseos alrededor de la laguna de Walden, y casi llorar es peor que llorar, es una soga que aprieta despacio y sin pausa hasta que te devasta. Algo infinito es tolerable y hasta impone cierta paz; algo casi infinito es insoportable. Atravesé la noche como si lloviese con furia sobre el bosque de Walden y el zarandeo de las copas arañase el silencio del lado interior de la ventana, sin poder salir a ningún lado.

No hay laguna, no llegaré nunca a Walden. La mañana se anuncia con un tornado en cualquier lugar, arrancando cualquier cosa. Las nubes se rebozan en sal y hay un rugido que golpea la ventana: no llegaré a Walden. Intento traerme el sol de otra estación y entro en el coche, y pongo un disco que ya es antiguo y una voz dice, Todas las vidas cayeron al mar, y luego la voz dice, Creo que morir es una sensación/ creo que vivir/ podría serlo pero ahora es algo mucho más real. Se enciende la luz de la reserva, la que anuncia que si sigues así todo se detendrá, sin remedio. Entro en la gasolinera y lleno el tanque -el tanque, eso es un término bélico- y me regalan una barra de pan, y no sé si es una metáfora del alimento todo ello: no llegaré a Walden. Pero no he desayunado aún. Conduzco atento a los carteles por si en vez de Algeciras o Barcelona junto a tres números cambiantes alguna vez leo: Walden. Tengo hambre, y comienzo a pellizcar compulsivo la barra de pan, y el pan está seco, y llueve, llueve fuera sobre la voz de un disco antiguo y la añoranza de un hombre por un pato idiota y una laguna sobre la que quizás ahora también llueve y que no verá nunca. El pan seco, y el cristal empapado.

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