Los falsos antólogos

Sostiene Navarro que no recuerda la primera vez que vio el mar pero sí la primera vez que vio esas olas, en la segunda planta de una librería. Que recuerda haberlas visto algo escéptico y después bastante sorprendido, y que cuando vio que reiteraban sus embates contra los estantes hizo al parecer una llamada.

-Compinche, ¿eso de Páginas de Espuma qué es?

Sostiene Navarro que su interlocutor le dio algunos datos sobre aquella aventura editorial que entonces se iniciaba, y eso dio pie, claro, a la habitual bilocación de tales frecuentes conversaciones, de las cuales nunca sabremos en realidad y con cierta certeza ni el sobre qué ni el hacia dónde y acaso que además pues nos da igual, al menos hasta que se publiquen esas obras completas telefónicas con estudio introductorio. Sostiene que cuando asombrado le preguntó por dos nombres que se repetían volumen a volumen a cargo de aquellas antologías temáticas, pues no entendía que alguien pudiese conocer tantos cuentos de tantos autores y agruparlos de ese modo, Poli, la voz del otro lado del auricular, dijo, Sí, Javi y Vivi, sí, son pareja, ella es argentina.

Sostiene Navarro que a él le ponen un chiste a tiro y le vacía como poco dos cargadores al objetivo, por una anomalía genética de hace al menos cuatro generaciones.

Y sostiene Navarro entonces que pudo ser que fuese algo así su respuesta vuelta chiste y es resto de conversación; algo como, Hombre, claro, argentinos, cómo no, No, argentina ella, Sí, claro, argentina y Paletta, y Sáez de Ibarra como el aceite, ¿tú has visto su documentación?, esos nombres son inventados, te la han pegado otra vez, compinche, nadie se llama Viviana Paletta y se lía con uno que se llama Javier Sáez de Ibarra y se ponen a leer y resulta que juntos conocen más cuentos que nadie, eso es un truco y si los has visto alguna vez es que ese tal Juan te ha colocado dos actores, eso es que el tal Juan tiene algún programa informático que busca los cuentos o incluso los escribe y atribuye y compacta las antologías, jeje, los falsos antólogos, qué guasa.

Sostiene Navarro que se quedaron en esa charla con el apodo privado de los falsos antólogos; y sostiene que él, Navarro, preferiría en cualquier caso ser falso antólogo que antólogo a secas, y ahora que lo pienso yo también.

Sostiene Navarro que guarda de después en una caja de madera azul pintado el recuerdo de una sala casi vacía que un rato antes había estado llena de gente, en el Círculo de Bellas Artes, y que en ese espacio alguien avanza sonriendo hacia él que charla en esos momentos en persona con el que era aquel interlocutor telefónico, y esa sonrisa que llega y que le parece que nace de cierta timidez llena el espacio y vuelca las sillas aún calientes como un tsunami amable, y tras la mujer de la sonrisa llega un tipo alto con una sonrisa más contenida pero franca y una de esas miradas que fijan con láser su objetivo como un rifle de francotirador, uno de esos tipos con apariencia de serios -y que luego son los que cuentan los mejores chistes y aguantan mejor el alcohol- que cuando uno tiene que desembarcar pongamos que en Normandía elige para tener al lado. Sostiene Navarro que fue ese día de 2002, que guarda en una caja azul pintado junto a otras cosas importantes por ahí encontradas, un día de prodigios: el día de la presentación en Madrid de Pequeñas Resistencias, la antología de Andrés Neuman para Páginas de Espuma; y sostiene que recordará siempre ese día y el arroz de mediodía y las dos presentaciones como recordaría un monaguillo haber asistido a un concilio, ese cierre de la tarde mientras se cierra la luz fuera y los falsos antólogos avanzando hacia él y las risas y presentaciones con la broma dando vueltas en el aire.

Sostiene Navarro no recordar la primera vez que vio el mar porque lo ha tenido siempre al lado y es parte de él y vaya donde vaya es como si nunca se hubiese ido de la orilla; pero que aun así se fue un día, se fue y dejó de ver la costa y fue como entrar por años y años en la bruma: que dejó de ver la costa aunque sabía dónde estaba, y oía el mar de lejos como viviendo en una caracola. Sostiene Navarro que en ese lugar cerrado como una lata de sardinas no vio a nadie, ni a los falsos antólogos ni a los antólogos ni a nadie; y que lo único que no dejó fue las alocadas conversaciones bilocadas; que esas conversaciones eran como el mar.

Sostiene Navarro que mientras estuvo fuera fue sabiendo de los falsos antólogos, que habían dejado de hacer antologías para ocuparse ahora en hacer la revolución a base de escritura: que estaba fuera, pero no ciego ni sordo. Sostiene Navarro que el tal Javier Sáez de Ibarra, que vete a saber si el nombre con aceite al final es cierto, ha construido la que es para él unadelasobrasmássingulares,sólidasycoherentesdelcuentoespañolcontemporáneo -esto ha debido copiarlo de alguien acostumbrado a juntar los tres adjetivos en una frase, javi saezalgún profe ayudante doctor universitario aspirante a críticodesuplemento o así-. Sostiene Navarro que debiese haberle dado un puñetazo al falso antólogo alguna tarde de esas en las que se escapó el tiempo leyendo los libros de Sáez de Ibarra –El lector de Spinoza, Propuesta imposible, Mirar al agua, Bulevar-, porque algunos de sus cuentos llevan arpones de esos que Melville describe para cazar ballenas y cuando uno los lee se clavan en mitad del pecho y haces por tirar para sacártelo de encima y el puto arpón, el puto cuento, te hace un destrozo de hueso, fluido y músculo al salir, y aún así alguna esquirla queda dentro y los días de a punto de llover molesta aquello. Navarro sostiene que no cree en los libros unitarios de cuentos sino en el paseo, en la trayectoria, en el itinerario, en la construcción, en la voz; que no cree en el talleretismo, que lo odia: que Javi ha cogido a veces los códigos del cuento y donde cae desplomado el hombre tallereto y brota ese cuento que no es ni epigonal sino sopa de sobre de cuento, color y saborizante artificial pero nada de vida, un psss o un puessí, o un otromás, llega Javi y limpia los temas y da voz a lo sin voz y a otras muchas cosas indecibles y deslizantes que otros explican mejor pero sobre las que él, que sólo es un hombre pequeño y de pocos e inútiles estudios, sólo atiende a balbucear: casi todos duelen.

Sostiene Navarro que Viviana Paletta no se quedó quieta, que por mucho que sonría la señora es sin duda peligrosa -y que aun hoy ha pensado que tal nombre por entero esvivi paletta inventado-: que cayó en su manos un libro de poemas y por el propio peso versificado se le partieron al menos veintitrés dedos. Sostiene Navarro que Las naciones hechizadas es, más que libro, un peligroso objeto ético subrayable -esto sí es de Navarro tras no comer en muchas horas-, lo que demuestra que los mejores ejecutores siempre sonríen amablemente, y que la contabilidad cuando enumera dolores cívicos no es una tarea tan limpia como cuentan. Y sostiene Navarro que no quisiera estar en esa casa cuando ambos escriban y hasta la hija que tienen seguro que también escriba, porque el material que manejan en esa familia tapadera literaria es en sí inflamable hasta el extremo, y vete a saber qué pasaría si él, que sólo es un hombre pequeño y de pocos e inútiles estudios, tropezase sin querer camino al baño con el canto de un libro sobre las vanguardias.

Sostiene Navarro que volvió; que volvió un día a casa o al único sitio donde creía que podía estar su casa, un espacio con las huellas de los muebles de otros días sombreando las paredes y con los nuevos aún a medio montar. Una tarde o una mañana, no sabe bien, pero sí en una de esas horas en las que pasan las cosas, se le anegó la casa. Sostiene que llamó y dio parte del siniestro; y que cuando llegaron los falsos reparadores fue como un tsunami aquello, como un desembarco de amable felicidad. Y sostiene Navarro que pensó que al cabo no eran tan mal invento las compañías de seguros.

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Una respuesta a Los falsos antólogos

  1. Paul Viejo dijo:

    Joder, no sé bien qué andaba buscando, pero he llegado a esto.
    Y qué preciosidad de texto.
    Joder.

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