Comida bio (la pose, la pose)

Es guapo, y lo sabe. Diría que razonablemente alto, por el tramo de espalda que sobresale de la silla. Tiene los ojos grises grandes y claros, sabré después, la barba con ese desaliño de la barba de moda, y el pelo largo recogido con descuido, fingido descuido. Es aparente y guapo y lo sabe, porque de lo contrario no estaría sentado ahí. En mitad del restaurante, de espaldas a la puerta y alejado de las ventanas, en mitad también de una mesa para ocho, sólo él, él sólo, solo. He visto eso antes de comprobar que era guapo pero he sabido que era guapo ya antes de verle de frente sólo viendo el lugar que ocupaba.

Las mesas son de colores vivos, mis hijos hacen rechinar las sillas sobre el suelo, y él no se ha inmutado. Claro, no se ha inmutado. Y nos sentamos y estoy frente a él, y ahora ya sé lo que sabía nada más entrar.

Lo que pasa es que te haces viejo, me digo.

Está leyendo, no alcanzo a distinguir qué -eso es que te haces viejo, me digo-. Saco el teléfono para hacerle una foto, y cuando hago la foto no sale el libro, ocultan el libro un par de libretas y vasos y algún plato y una botella de aceite; y entonces borro la foto, borro la foto porque es mentira todo, compruebo mientras borro la foto y me repito que me hago viejo. Tiene los ojos grandes y claros llenando de mirada gris un libro y da igual qué libro sea: es mentira. Está sentado en mitad de todo, por si el mundo decidiese cambiar de lugar su eje y que girase entonces sobre el lugar en que está él, y está, simplemente, aguardando a que pase.

No va a pasar, idiota, eso no va a pasar. Es el primer insulto.

Pedimos la comida, nos traen la bebida, y entonces levanta los ojos y veo sus ojos tras el bloc de la camarera y miro sus ojos, y es mentira, ya está claro que es mentira viendo sus ojos claros. Eres mentira, hombre guapo, estás intentando mirar a ese lugar que suele estar oculto tras nosotros y es ficción, le digo mientras pido el salmón, es otro truco: estás mirando un espejo, y sonríes por eso. Sonríe, se acaricia la barba, y vuelve al libro, como si estuviera en el libro: como si estuviese.

Eres mentira, idiota. Es el segundo insulto. No será el último.

El mentiroso es un hombre joven, y no es de aquí, pero como si lo fuera. Su especie es una especie invasora que aspira a ser preponderante. Si el mundo ha cambiado el latín por el inglés y usa to be y to be es ser y estar, él es estar y no ser: no es. Pero no es éste un fenómeno nuevo, me digo, te haces viejo, me digo, esto lo estuve viendo ayer para hoy y mañana: cuando una madrugada de dolor de sofá cerré la ventana ya estaba viendo eso mañana. Si to be es ser y estar están muchos que no son, pero los que son no están ahí, no en ese lugar, sentados en mitad del restaurante, un restaurante en cierto modo de moda, de comida bio, en mitad de una mesa para ocho, de espaldas a la puerta, leyendo un libro que resbala sin calar por sus ojos grises y cae a la mesa y se derrama sobre el suelo gris sin que nadie lo limpie, porque esas manchas apenas manchan. Duelen pero no manchan, y lo que no se ve parece no existir.

Qué coño estarás leyendo, gilipollas. Es el tercer insulto.

Nos han traído ya la bebida y comienzan a traernos la comida: el tiempo se desenrolla. Sin embargo él parece ajeno. Juega con algo oscuro y fino en los dedos y como sin querer golpea el montón de papeles que tiene a su izquierda: varios mapas, un pasaporte. Golpea el documento de identidad como si lo señalase, como si se señalase o se diese golpes contra el pecho, como un gorila, como la especie colonial y colonialista que es; no por su nacionalidad, claro, no por su nacionalidad. Es la pose la especie a que pertenece.

La pose.

Pienso en los hombres que fueron Homero. Pienso en el hombre que ya dejó de ser Homero para que lo fuese otro en los caminos, sentado en el suelo del ágora oyendo la historia del hombre que dejó atrás la isla de las sirenas mientras el dolor con su uña larga abre en sus brazos un largo surco negro del que brota un líquido espeso y salado. Oyendo en silencio la historia que creó en parte y que olvidó para que otros la siguiesen y contasen, que olvidó hasta el punto de olvidarse escribiéndola, es un hombre que llora. En una esquina del ágora, casi fuera del círculo de hombres que escucha a otro contar la historia del marinero que insulta a sus compañeros que reman y reman mientras el mar parece tronar en su oídos cegados, un hombre llora. Es. No está. No lo parece, Es. Y traen una pizza de setas y mi hijo comienza a protestar porque no le gustan las setas y una de sus hermanas que está sentada junto a mí levanta la cabeza para reírse de su protesta y entonces lo ve, ve lo que yo estoy viendo y me dice: Mira, papá, ese hombre parece que está hipnotizado. Y ya no se ríe de su hermano. Ahora se ríe de él. Y yo me río con ella, nos reímos de él.

Reírse de alguien es un insulto, le tengo dicho a mis hijos: ya van cuatro.

Nos reímos de la pose. Mi hija por pura intuición, yo con deliberación y cierta tristeza, lo confieso, cierta tristeza. El hombre ha levantado la mirada del libro y mira tras de mí como si viese algo que yo no pueda ver pero me giro y veo exactamente lo mismo que él mientras una sonrisa leve le llena la cara y se pasa la pluma negra por la barbilla, se acaricia estudiadamente la barba con la pluma y mira y luego baja la cabeza y toma una nota en un cuaderno que exhibe, lo alza para pasar la página y anota algo como quien ha visto algo que exige explicación aunque lo sepa inefable y que anota para no morir, y no, es mentira, amigo mío, yo te diré lo que has visto, lo que has anotado, no puedes haber anotado sino esto, hay frente a ti un gran ventanal y en uno de los cuarterones transparentes han escrito en azul, como un poema: Sugerencias del día salmón marinado en limas ensalada de berenjenas brownie del abuelo; no tienes ni puta idea idea de español y has anotado eso: imbécil.

Cómputo de insultos: cinco.

Mastico un trozo de bacalao. Debo reconocerle, sin embargo, el coraje. La impostura lo exige tanto como la sinceridad. Pero nada más, nada más. Debiese levantarme y pedir la tiza azul y escribir frente a él, como un poema, Hierro, Berger, Gould, cierta hermandad del No. Pienso en José Hierro; Hierro sentado en la mesa de una cafetería junto a la ventana mientras suenan de fondo un televisor y una tragaperras y los golpes del portafiltros contra el filo de la máquina para que caigan los restos de café usado y las frases que el mundo utiliza para aparentar normalidad. Pienso en Hierro mirando la calle con la misma intención de que habla John Berger cuando habla de escultura -pero no sólo de escultura-, con disciplina en la observación y mucho amor. Pienso en Gould

(y me levanto ahora mientras escribo esto y pongo a Gould, pongo las Goldberg de 1981, cuando Bach fue la emoción y sólo la emoción)

dejando que llueva fuera mientras él se vuelca sobre sí mismo y no oye nada sino los martillos y cuerdas y pedales de su corazón, porque no puede hacer otra cosa sino eso, porque no tiene más remedio, no hay más remedio.

Está sonando el corazón de Glenn Gould mientras escribo esto intentando poner en presente legible el pasado y se me pasan las ganas de anotar un nuevo insulto al hombre guapo que sabe que es guapo: es bueno eso, no está bien reírse de nadie, le repito a mis hijos, es un hombre joven y el tiempo se le acumula aún desordenado en un cajón. Pienso en algunos amigos, en Hipólito G. Navarro, en Miguel Ángel Muñoz, en Paul Viejo, esa no declarada hermandad del No, personas que respetan y aman tanto lo que hacen como nadie que dejan de hacerlo porque prefieren ver cómo lo hacen otros, que han decidido -momentáneamente, aunque ese instante dure para siempre; es ese para siempre una suerte de ficción también, tiene siempre ese instante una orilla en la que muere- dejar de ser Homero para llorar felices en la sombra más alejada del ágora las imágenes que han añadido otros a la única historia que puede contarse: hay tanta ausencia de pose en todos ellos, hay tanta disciplina en ese apartamiento, hay tanto amor en esa esquina de cualquier lugar desde el que miren, que me entran ganas de levantarme de la silla y plantarme frente a él -sí, tú, estoy hablando contigo, ya sé que no hablas español, gilipollas (van seis)- y alzarlo de la silla por el pecho y decirle con la boca pegada al oído mientras lo fuerzo a bajar a mi altura y con ese bajo tono de quien no amenaza en falso, respeta lo que haces, no insultes; no nos insultes.

Y entonces me levanto. Me levanto, y voy hacia él.

Observación de y amor por son incompatibles con la pose. Quien ama a sus semejantes no se sienta en el centro sino en una esquina del bar, y mira desde allí pasar los trenes que llevan a otros de inmovilidad a inmovilidad, y pretende sin remedio y casi sin esperanza desentrañar esa ficción de movimiento; no se tapona con cera los oídos: se ata toscamente a la mesa mientras comienzan a cantar las sirenas que asoman sus cabezas por las ventanas de los viejos vagones y un aullido atraviesa su corazón de esquina a esquina y es todo tan insoportable, tan insoportable en esa esquina, es tanto el ruido junto, la máquina de café, la máquina tragaperras, la televisión, los cánticos. Me he levantado y estoy yendo hacia él; pero no temas, lector, no temas.

Es que tras él están los lavabos.

Y éste es guapo, y lo sabe, pero no es necesario. La pose no siempre exige ese precio. Los he visto en muchos lugares, con ese o parecido disfraz, sólo hace falta eso, algún disfraz, el que se tenga a mano. Vivo en un mundo alicatado de etiquetas junto a seres desvividos por estar cuando to be en el nuevo latín también es ser: qué deficiente es la enseñanza de los idiomas. Una camarera con pecas le trae un espreso y él sonríe, le miro de lado mientras espero que quede libre el baño, y el tipo alza la taza y la huele, deja caer los párpados y huele el café, y entonces me digo, no te libras, no se puede ser más tonto, ya no te libras. Pero se libra, se libra porque se abre la puerta del baño y entre derramarle de modo falsamente accidental el café sobre las piernas al pasar y mear, elijo faulknerianamente mear, llevo dos copas de vino blanco y elijo mear. Y estoy dentro y estoy meando y oigo de fondo las voces de mis hijos y su madre y me da por pensar, mira que si ese tipo es el nuevo Proust, y me río de lo absurdo de la idea, nunca se hubiese sentado Proust en el centro sino en esa mesa del rincón, junto a la ventana, la mesa en la que Gould y Hierro y Muñoz y Viejo y Berger y el Navarro bueno están sentados, y me río, yo solo me río de la ocurrencia, con cierta tristeza, con un fondo balsámico de ebriedad me río, y aún sonrío mientras me lavo las manos, y mientras las sacudo me veo en el espejo, me miro en el espejo, aún sonriendo solo: te haces mayor, me digo.

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