Llueve

Llueve. La lluvia crece negra bajo los neumáticos y sus salpicaduras cierran la tarde. El sonido de rodadura amortigua lo que digo:

-Siento vergüenza.

-¿Qué?

– Que siento vergüenza -repito -. Me da vergüenza esto, tener que hacer esto.

No alzo la voz, el giro de las ruedas centrifuga el sonido, lo lanza hacia afuera, golpea contra las cortinas translúcidas de la tarde, y me salpica. Me salpica los ojos, me naufragan los ojos en un exceso de agua en las cuencas.

– ¿Por qué?

-Siento vergüenza como español y como jurista. Que este país no sepa acoger a los suyos, que hayamos ido por ahí dando lecciones de convivencia y de democracia a los mismos países de la gente con la que voy a verme para pedirles ayuda…. Es una indecencia, es una puta vergüenza, coño.

Y no quiero seguir, porque alzo la voz y las niñas van detrás, y no puedo seguir, no puedo seguir, la voz se me acumula en la garganta igual que la humedad en los ojos y ya no sé qué hacer para detener la escena. Miro la carretera, las líneas que los faros blanquean bajo el agua acumulada, las luces rojas de los que van delante de mí, intento parar de pensar para no arrancar a llorar; no más metáforas: para que no me caigan las lágrimas por la cara más allá de las tres o cuatro que ya han caído.

No quiero seguir, porque ya he pensado en esto hace semanas, semanas en meses, meses en años. Porque de algún modo no he dejado de pensar nunca en ello, como en tantas cosas en las que no olvido pensar de vez en cuando para que no se me mueran. No se me mueran a mí: me importan una mierda los otros en esos momentos, una mierda. Pero si dejo de pensar dejaré de ser y entonces me moriré aunque siga en pie o coma paella o lea un libro, porque habré dejado que me apisone el olvido y yo no estoy preparado para el olvido, no estoy hecho para el olvido: no soy olvido. Mi huella genética es recordar cada minuto, cada momento, recordar aun sin quererlo, y me lleve donde me lleve eso, que sé, sé ya, que nunca será muy lejos. No estoy hecho para el olvido. No logro nunca olvidar. Conduzco y conduzco, siempre conduzco, voy de un lugar a otro y las carreteras están asfaltadas de recuerdo pegajoso y negro.

Noto que ella pone su mano sobre mi mano en el volante.

Conduzco, me muevo. Siempre me muevo. Algunas escuelas orientales, pienso ahora mientras escribo esto, hablan de que una cabeza sobreactivada presupone una vida desequilibrada y dividida, y hablan también de un movimiento que dimensione y sitúe al cuerpo para evitar ese desequilibrio. Lo mismo es eso lo que hago: me muevo, me muevo para poder no olvidar, para que circule el recuerdo, voy de un lugar a otro para aplacar esa furia que me arrasa ya, que ha acabado por arrasarme. Si me paro acabará conmigo, y entonces estoy conduciendo, sigo conduciendo, esto lo estoy pensando ayer y lo estoy pensando mañana, regreso a esa carretera y a las luces y a la lluvia que martillea y a las voces de las niñas que van felices porque van a quedarse dos días con sus primas mientras sus padres se divierten y ahí estoy yo, ahí estoy yo sin limitación de velocidad en la rodadura del pensamiento, los recuerdos que no van a irse cruzando bajo pasos y sobre puentes, asomados a cruces. Asomados a cruces: en cada una de las salidas asomados.

Nadie sabe que voy a ir; quiero decir de aquellos a los que esto aún, y así seguirá porque el dolor es persistente, es crónico, enronquece la garganta. Nadie me ha encargado que haga esto: no hace falta. No tengo peor enemigo que yo para no olvidar. Nadie me impone las tareas que acometo. Nadie me pide ordenar una frase, elegir una palabra, iniciar un gesto, nadie: eso es lo malo. Lo que nadie me pide. Voy a correr después una carrera, y luego beberé, comeré, reiré, pero no va esto a abandonarme ni a dejar de llenarme cada poco de sombras.

Llenarme cada poco de sombras.

Las luces se hacen ciudad. Remontó calles cegadas de lluvia y tráfico, voy, me pierdo, vengo, a punto de llegar tarde como siempre. No paran de arrojar agua. Repasamos antes de bajarme lo que haremos después. Abro la puerta del coche y me empapo, corro con la mochila hacia la protección algo lejana de la marquesina del hotel. Lo circunvalo mirando llover, mirando las farolas brillando en el suelo pulido y alcanzo la puerta. Una bofetada de calor me desconcierta; busco la recepción para preguntar por el lugar de la reunión. A ver, dice la chica, recorre con el dedo una lista y se detiene. Aquí está: Grupo de Trabajo de Naciones Unidas sobre Desapariciones Forzadas o Involuntarias.

De pronto se me ocurre una gilipollez, a las puertas del salón: ¿llevarán cascos azules? Entro en él desde la luz tenue de los pasillos y una luz blanca y casi diurna alumbra las caras que esperaba que no iba a tener que ver: voy a una reunión para abogados, se supone que ya debiese haber acabado la reunión con las familias. Por un momento, cuando traduzco mentalmente las frases en inglés con acento del este que anuncian que van a ir concluyendo, temo haber llegado tarde. Tarde también esta vez, también para esto. Recorro el salón y me acerco a una mujer morena que está recogiendo unos auriculares de traducción simultánea y le pregunto, le pregunto si habla español y asiente, le digo mi nombre y que vengo para una reunión con juristas y me sonríe, empezaremos ahora, la reunión con familiares se ha alargado. No es española, su acento suena árabe.

Regreso al final del salón. Oigo las voces mientras examino los desmanes del agua en mi traje. Oigo las voces mientras afuera llueve, retumba la noche: la lluvia siempre cae en el pasado. Más allá del error de querer ver símbolos donde sólo hay accidentes la noche y el tiempo se acompasan con las voces y lo que cuentan las voces, porque siempre llueve en el pasado. Miro las caras, el salón está casi lleno, y me sorprende ver muchas personas jóvenes. Algunas en grupos y otras junto a los rostros mayores de otras veces, de siempre. Esto es cosa de viejos, he oído muchas veces. Pero el dolor se hereda. Por eso hay personas jóvenes. Gente que viene a recordar un nombre, sólo un nombre, un nombre que no disolverá el olvido en tanto el olvido no los devore a ellos. Y sonrío pensándolo, recuerdo que esa noche sonreí pensando esto, se me acercó el llanto a las esquinas del ojo no sé si por dolor o por esperanza o por ambos, y recuerdo que sonreí.

También recuerdo verlos salir a todos después y que el salón se pobló de silencio, y afuera tronaba y tronaba. A todos los quería devorar la lluvia, disolver la lluvia, y a mí me llovía por dentro, y si no lograba detener esa lluvia iba a ser una noche muy difícil porque no podrían salir las palabras, y yo tenía que hacer que saliesen esas palabras. Yo tenía que hacerlo.

Entonces ellos bajaron de la tarima y colocaron algunas mesas frente a la suya, se creó un círculo con las mesas, y nos sentamos. Y ella comenzó a hablar en inglés y a pedirnos que contásemos -alguien siempre nos pide que contemos y contamos; y aunque no nos lo pida nadie contamos: contamos siempre-. Sólo éramos cuatro abogados, y afuera se moría septiembre y se moría la noche, y creo que fui yo el primero que comenzó a hablar, me había yo impuesto esa tarea y no sé si la cumplí, pero comencé a hablar:

-Mi nombre es Felipe Navarro, soy abogado, vengo de Málaga, y represento a los familiares de Luis Dorado Luque, diputado socialista por Málaga, que fue asesinado en Córdoba el 30 de julio de 1936.

Y seguí hablando, seguí hablando, estaba contando y lo conté todo, lo hice sin llorar, sin que me temblase como temía la voz ni se me desencajase el gesto, fui contando sin dejarme nada desde la mañana en que recibí a Antonio en mi despacho casi a finales de 2005 y me habló de su abuelo, y hasta esa noche de septiembre de 2013 en la que no había avisado a nadie de la familia de Luis Dorado de que fuese a estar allí: contando. Luchando por no llorar mientras hablaba y contaba cada uno de los pasos que dimos, que di, las denuncias y demandas y explicaciones y reclamaciones, para obtener siempre la misma respuesta que sabía que obtendría porque yo había dicho a Antonio que no tenía esperanza pero era falso, yo sí tenía esperanza en que de pronto alguien realizase un gesto, un gesto mínimo, casi el vuelo de una hoja en un bosque vacío el gesto, y que ese gesto contuviese por fin el dolor que rueda y rueda por las carreteras y caminos y que se hereda, el dolor se hereda. Yo había dicho a Antonio que la respuesta sería no pero era falso que no mantuviese esperanza porque no puedo impedir no olvidar ni tampoco impedir que me concierna la justicia -sea lo que sea eso- ni que me importe la verdad -sea lo que sea eso- ni creer que la reparación -sea como sea que eso se produzca- es posible, de algún modo ha de ser es posible, es posible trabajar para que sea posible.

A creer sin ver creo que lo llaman fe. A confiar en lo por venir creo que lo llaman esperanza. A trabajar para que eso pueda tocarse lo llaman idiotez. Me temo que de todo ello soy culpable. La culpa es un concepto que también me interesa mucho; la culpa también es hereditaria.

El Grupo de Trabajo de Naciones Unidas para las Desapariciones Forzadas e Involuntarias me escuchó, mis compañeros me escucharon. Había un círculo. Terminé de contar ese muy largo itinerario, cómo cada instancia judicial y administrativa de Córdoba a Estrasburgo se había cerrado ante nosotros, cómo Carmen Dorado había muerto esperando una repuesta que seguía esa noche sin llegar y también sigue sin llegar en esta misma noche, tarde, madrugada, en la que alguien pueda leer estas palabras que escribo, porque mi huella genética es no olvidar y es contar y es creer y es la confianza y la esperanza, por más que me empeñe en negarlo esa es, y a todo eso lo llaman también idiotez. Presidía el Grupo Jasminka Dzumhur, la Defensora del Pueblo de Bosnia y Herzegovina; bosnios, argentinos, chilenos, argelinos,… Los miembros del Grupo de Trabajo vienen de lugares a los que hemos ido dando lecciones de democracia y reconciliación y convivencia mientras nuestras cunetas y tapias y llanuras y valles amarillean al sol que funde los cuerpos olvidados con la tierra. Olvidados y vueltos a arrojar a un agujero en cada postergación y en cada nuevo olvido. Las gentes de la reunión anterior y tantas otras que he visto y oído estos años son los únicos que recuerdan, llevan en su caras el nombre de otro que no está. Jasminka Dzumhur creo que vestía de malva y tiene los ojos grandes y el pelo rojizo, y comentó como estaban haciendo en Bosnia las cosas y en cierto momento creo que sugirió alguna actuación de amparo gubernamental que los cuatro abogados que estábamos allí, en aquella especie de círculo de mesas, sabíamos que no era posible porque también lo habíamos intentado ya sin éxito, y entonces se lo dije, era un círculo, rodaban las ruedas, rodaba la noche, era un círculo, no se para de rodar, es un movimiento perpetuo, perfecto si logras que siquiera adviertas la detención, vas y vienes con la cabeza sobreactivada y el cuerpo alineado, y lo dije:

-Siento vergüenza como ciudadano español y como jurista por tener que acudir a pedir ayuda fuera de mi país, porque los poderes de mi país no quieren darnos amparo, porque hay medios jurídicos posibles para hacerlo y no quieten darnos amparo, se nos niega el amparo, mi clienta ha muerto esperando ese amparo que aún no ha llegado.

No lloré al decirlo, no me sonó a quebrada la voz mientras la noche seguía rota por la tormenta y la lluvia en Sevilla no era una pura maravilla sino lluvia y más lluvia, lluvia que cae en el pasado y lo anega todo y se transforma en fango y ese fango llena las calles del presente y ensucia el futuro, cualquier futuro por el que caminen esas caras que había visto en la reunión anterior de familiares, que tantas veces he visto: mi propia cara. No lloré al decirlo aunque estaba anegado por dentro, oía las palabras sabias de dolor de mis compañeros, oía a aquella gente que viaja por el dolor de otros porque supongo que tienen cierta fe y cierta esperanza en la verdad y en la justicia y en la reparación, y se me hace raro, muy raro, ver todos esos términos juntos en el mismo párrafo y en la misma reunión, sentados en círculo, rodando y rodando en la noche negra y lluviosa que no abandonan los que van perdiendo el nombre mientras sus huesos se deshacen en la tierra y mueren quienes aún pronuncian un nombre que otros se empeñan en borrar, y la vergüenza también se hereda. Acabó la reunión, me despedí de aquel círculo de hombres buenos, y busqué los baños del hotel para cambiarme. Ahora iba a correr una carrera, ambas cosas habían coincidido, la reunión y la carrera, la cabeza sobreactivada y el cuerpo en movimiento. Me desnudé en los baños de un hotel en la planta menos uno, bajo la tierra, una caverna, una fosa bajo una plaza llamada de Armas -otro círculo: uno ve las cosas si se empeña en verlas, también a eso lo llaman idiotez-, cambié el traje y los zapatos de vestir por ropa de atletismo y zapatillas rápidas, el reloj por el cronómetro. Y estaba lloviendo en aquel baño, estaba lloviendo; o no, al carajo las metáforas: estaba llorando, estuve llorando mientras me cambiaba de ropa y conseguía sin saber bien cómo que cupiese la ropa de ciudadano y de abogado en la mochila de corredor. Me restregué la cara, el tiempo apremiaba, iba a llegar tarde, siempre llego tarde, salí de la tierra y crucé entre las mesas del bar del hotel y allí estaba sentada Jasminka Dzumhur en una mesa baja frente a una cerveza recién tirada, y me miró abriendo mucho sus grandes ojos y me preguntó si me volvía así a casa, y nos echamos a reír, y le expliqué que había una carrera nocturna esa noche, y que iba a correrla. Nos despedimos de nuevo y salí a la calle, había parado algo de llover, llamé para ver dónde estaban todos, encendí el gps, y arranqué a correr. Iba en dirección contraria esquivando charcos en el asfalto a la busca de la salida de la carrera nocturna. Lo pienso ahora mientras escribo esto y quiero seguir hallando falsos signos que cumplan la función de engañarme para creer, falsos símiles que permitan una luz tenue que me haga menos doloroso -pero nunca inocuo- el golpe al tropezar, lo pienso ahora, cabeza sobreactivada, y me parece que todo no es sino una carrera nocturna, un intento de equilibrio en el movimiento casi siempre fallido -pero no me voy a detener, ya no-, una carrera en la noche mientras llueve, siempre me llueve. Alcancé la cabeza de la carrera, a mis amigos, me coloqué junto a la mujer que amo y corrí junto a ella, no paró de llover durante más de una hora de carrera, el agua borraba el asfalto y las aceras y trepaba a los tobillos, no paró de llover mientras corría con una mochila a la espalda donde llevaba al ciudadano y al jurista y hubo momentos en que las gotas dolían mientras el cielo se iluminaba sobre las siluetas de la ciudad coronadas de relámpagos, pero por mucha agua que cayese yo ya no podía mojarme más, porque ya me llevaba y me lleva mucho lloviendo por dentro, y aún no ha escampado ese aguacero.

http://daccess-dds-ny.un.org/doc/UNDOC/GEN/G14/072/73/PDF/G1407273.pdf?OpenElement

https://hombresfelices.wordpress.com/2013/07/18/georadar/

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Otras categorías (sin mayor ánimo) y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Llueve

  1. IVAN BERROCAL RODRIGUEZ dijo:

    Buenos dias Felipe, Como todo lo q he leido de ti da como resultado, un pensamiento anidado, profundo y reflexivo. Con este relato, en mi opinión, se precia excelente, relatos, ideas, opiniones,reflexiones q publicas tiene el mismo proceso de madurez que el mejor de las uvas de las viña riojana. Fuera de sinceros cumplidos, considero que como bien reflejas la realidad nos encontramos ante un “exilio jurídico” y un “exilio de derecho ipso iure” son los terceros con potestad y cordura quienes deben administrar nuestro “iures” , sinceramente empatizo con la misma vergueza que comentas, me siento extranjero en mi tiempo con los derecho que un subsahariano.

    Gracias por enseñarme q los jurista saben llorar y cuando llorar y yo me incluyo siempre supeditado a tus conocimientos, experiencia y buen saber, pues pensaba que un jurista debía ser una roca, sin emociones, solo él, el cliente y el derecho contra su señoria, su fiscalia y el peso de la justicia mal proporcinada.

    Por tanto gracias y te animo a seguir alegrando este alma hambrienta de sabidura y conocimientos varios.

    Sin más q la enhorabuena y un fuerte abrazo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s