Quince

 

No podemos. Pero y si pudiésemos, y si pudiésemos…. Ver con los ojos de los otros. Narrar es el intento de hacer visible ese fenómeno; me digo esto cuando el crujido es rítmico y constante bajo las suelas y el final del día me llena los ojos y todo lo que cruzo y frente a lo que cruzo es una sombra ribeteada de dorado, y ya voy solo, voy de vuelta. Narrar es ver con los ojos de los otros y ver qué pasa, qué sucede, cuando los ojos de los otros se llenan de fenómenos procesados en imágenes y las ven, las ve tan sólo el otro que siempre somos, es ese extrañamiento narrar o lo que narra narrar, adoptar ese punto de vista, hacer propia esa mirada, me voy diciendo, me voy diciendo, hay un ritmo o pretendo que haya un ritmo en el fraseo del mismo modo que pretendo que lo haya en el braceo y que lo haya en cada paso, trabajo sobre el paso, la pisada, y voy pensando, y suena lejos la ciudad en ese instante, y alguien pasa a mi lado en ese instante y yo lo miro, y él me mira, y lo saludo y me llega su saludo y nos alejamos en sentido opuesto y no sé cuánto de opuesto pudiera ser ese sentido, y se lo pienso, pienso como él, dónde irá y para qué y dónde se encuentra el lugar desde el que parte, y bajo la mano que quedó en el aire como inmóvil, apenas una vibración muscular, tras el saludo y cuando nada queda ya de ese saludo.

Y al bajar la mano miro el reloj y veo un 35, y veo demasiado pequeño para adivinarlo el número que indica los kilómetros, me ciega el sol que se apoya en la barandilla de la sierra y me ciega el cansancio de años de letras y de imágenes corriendo por mis ojos. Apenas veo algunos fenómenos pequeños, pero eso no significa que no los advierta. Que no los pueda contar.

Puedo contarlo todo.

Y me lo digo, me lo repito, voy a contarlo todo. Que sea viernes y sea mayo y contra mi costumbre sea la tarde. Un hombre que corre en la tarde en la que suele escribir, probablemente porque para él ambas acciones son la misma: recorrer el mundo en un sentido. Adquirir ese sentido. Voy corriendo por una pista de tierra y huele el campo, antes me di cuenta de que olía el campo y lo dije en voz alta, no huele el campo como huele en las mañanas ni huelen las mañanas como lo hace esa tarde que se pierde pero no se pierde para siempre y para todos. A lo mejor narrar es impedir esa pérdida. Y me digo que la mala suerte es de los otros y la fortuna es mía porque es todo mío en ese instante.

Puedo contarlo todo.

No soy Flaubert, pero puedo contarlo todo.

Contar cómo comenzó la tarde, cuando antes de empezar a correr ya vimos esto

y me puso de buen humor la pintada. Ya antes estaba de buen humor, pero me puso de mucho más buen humor la pintada y pensé, qué bueno, qué bueno, todas las mujeres bonitas que conozco son así.

Y luego pulsamos los botones del reloj, y crucé la primera calle, y es una calle antigua. No me había dado cuenta hasta ese instante, pero estoy remontando el asfalto del pasado. Una calle en la que me cayó encima la tarde tantas tardes, en la que pasé horas y horas sucio y ensordecido y pensando que un día podría contarlo todo, contar que las gentes trabajan duro y se ensucian por un salario de miseria o por la miseria de un salario en lugares que ignoran los centros de las ciudades, y en los que el sol no toca el suelo sino que se queda en terrados mugrientos, en fachadas llenas de toldos multicolores arañadas por antenas, en aparatos de aire acondicionado que gotean sobre la acera. Yo trabajaba aquellas tardes rugientes entre las máquinas y pensaba entonces que necesitaba contarlo todo el resto de mi vida. Yo no era Flaubert, pero aún puedo intentar contarlo todo. Eso pienso ahora pensando en que hace unos kilómetros he corrido por esa calle y he salido de ella.

Lo correcto es, Hemos salido de ella. No corro solo.

Pero es que nunca corro solo, creo. Voy ahora acomodando mis zancadas a Jose Cervi, que a veces cuando sale a correr mira el cielo y ve en el cielo las mismas señales que casi nadie ve, y que antes me ha dicho algo así como Creo que sólo aprendo a base de caídas: corriendo también encuentra uno a sus semejantes. Atravesamos otra calle entre solares, tapias pintorreadas, alguna chabola, y llegamos a la desembocadura del río.

O también: Atravesamos otra calle entre solares, tapias pintorreadas, alguna chabola, y llegamos al nacimiento del mar.

Corremos por una lengua de tierra arrastrada, que ha acopiado el tiempo, que es una línea en el tiempo. Nos mira el mar correr, o mira al sol, y somos nosotros un obstáculo, un accidente en el paisaje. Cruza uno

cruza otro

Y es tontería, claro, claro, somos dos, nos hemos parado a hacer las fotos, pero es que cuando no es un entrenamiento planificado casi siempre corro ya así: me detengo a mirar. Y hemos cruzado un brazo del río, y ya remontamos hacia una de las pasarelas

Desde ahí será correr y correr por los carriles, y charlar sobre el tiempo y otro tiempo y el futuro y los olores y las familias, y parar a mear, y seguir un camino o inventar un camino cuando aparentemente uno se encuentra en pérdida y nada, ninguna señal, marca el terreno, porque es fácil caer en la pérdida y siempre es posible hallar un camino, un modo, uno siempre debe seguir hacia el sur, porque allá al fondo siempre estará el mar. Uno sigue siempre hacia el sur que es un concepto, un ideal, más que un fragmento de horizonte. Si uno parte rumbo al norte siempre acaba por alcanzar el sur, estar al sur de algo.

Al cabo de un rato nos separamos. En la Biblia hay historias en las que los hermanos se separan y uno corre a una esquina del mundo y otro hacia la otra y luego alguno regresa y lo cuenta, y hay señales en los cielos y las entrañas de los animales. Se abre el mundo como una mariposa entre ellos y cuando cierra la mariposa están de nuevo juntos y todas las señales han adquirido sentido o sólo adquieren sentido ahora que están juntos de nuevo y todo lo anterior no es sino una reflexión sobre el anhelo de esperanza.

Y a todo esto estoy corriendo, sigo corriendo; mirando, a veces sin ver

Yo corro así, a ratos me desvinculo de mí mismo y sólo piso y piso y piso y a ratos apenas advierto el desplazamiento porque no hago más que contarme cosas. No soy Flaubert, me dije un día, me digo ahora.

Pero puedo contarlo todo.

Puedo contar que los ríos me atraviesan

de lado a lado, y corren de mí, no sé si huyen de mí o huyen de todos, o nos ignoran. Corren al sur. Atravesado por el río en la tarde que me traspasa hay un crujido de arena y piedrecillas y goma bajo mis pies, y todo lo que creen el mundo sigue allá fuera de este camino. Remonto y bajo y llaneo. Miro ya llegar la ciudad al borde del camino, me dejo caer hacia ella por la pendiente y lo primero que veo al caer es esto, pienso en Albert Camus, claro, cuándo no pienso yo en Camus, cuando ya al pisar el asfalto veo esto

SAMSUNG

y me detengo a mirar unos momentos, acordándome de aquello que decía Camus sobre que lo que sabía sobre la moral y las obligaciones de los hombres se lo debía al fútbol. Hay números y reglas y hay orden en las cosas y en los hombres y uno cae mientras otro detiene la pelea para asirlo de un brazo y seguir peleando juntos. Se me ocurre, detenido, que un día esos niños crecerán y no sé si será posible la esperanza y si quienes les hablan en ese momento más allá de tácticas de guerra estarán hablándoles de tácticas sobre la felicidad. Es simplista esto, es simplistamente bondadoso, es banal, pero me hace feliz pensar en Camus mientras corro en la tarde y veo un campo de fútbol recién regado y pintado y veo que siempre corre al sur el río y corre el hombre y hay señales en las tripas de un gato atropellado, nos atraviesa el sentido del mundo y le prestamos el nuestro, y creo que algo pueda al final salvarnos del rugido. Arranco a correr, claro, corro otra vez, sigo adelante, ya siempre sigo adelante, es una euforia esto, es un proceso químico, somos química y somos la deliberación sobre la química, es simplista, es simplistamente bondadoso, hay señales en las señalesSAMSUNG

Puedo contarlo todo, me digo, voy a contarlo todo, me digo, voy a derrotar este silencio que se impuso, voy a reconstruir cada fenómeno, cada gesto. Lo que se cuente de nosotros aún no está escrito y no sabemos, es un anverso en blanco esta carrera

Y entonces siento pena; quizás la ha traído algún olor, la mezcla del campo y del salitre. Hace rato paré a mear. Otras veces lloro y debo parar porque un puño me ciega la garganta, y me ahogo, es un llanto como un ataque de tos seca. Otras veces lloro mientras corro, me cuento algo y acabo así. Remonto una cuesta para mirar y siento pena, porque veo un ir y venir bajo mis pies pero mi sensación es que sólo yo soy quien se desplaza en ese punto de la tarde y no los otros, que fingen y que están sólo y sin embargo detenidos, que están incluso solos,

y miro al horizonte y una poderosa maquinaria rastrea el mundo,

rastrea el tiempo, gira bajo el sol una potente maquinaria que yo creo que busca y busca si aún quedan en el mundo hombres hermosos y sencillos que abran primeros surcos en el campo que luego puedan acabar transformados en caminos, hombres a quienes nada importe el olvido sino la memoria; que puedan contarlo todo aun a sí mismos, aun de modo sencillo, preferentemente de modo bien sencillo. Aunque no sean Flaubert. No sé qué dirán las pantallas de la maquinaria; si aún es posible encontrar a alguien; y dónde.

Flaubert era gordo, yo peso 66 kilos. Puedo contarlo todo. Puedo seguir corriendo hasta extenuarme y aún no habrá acabado el mundo. Así que bajo la cuesta y sigo adelante, invado el asfalto, derroto al tráfico, rescato el asfalto para el hombre que sudó poniéndolo. Enfilo mi recta favorita

Sé que tras esa recta y algo más está ya el sur; el mar. Girasoles decapitados me contemplan o me ignoran, no lo sé, no les pregunto

Nada importan las respuestas de los otros, sino el mar. No puede pronunciarse el nombre del mar en vano. Corro entre gentes y no las miro, porque son girasoles decapitados esas gentes siempre detenidas. Las atravieso como antes fui atravesado por el río y fui atravesado por la tarde, huye la tarde, deja de existir esa tarde y va quedando un perfil rosado en el cielo. No sé si en todo ello hay o no filosofía, o más bien supervivencia.

Puedo contarlo todo para sobrevivir. Si no lo cuento todo moriré. Como Flaubert, como cuando Flaubert dice me parece que no tengo nada que no posean los demás, o que no haya sido bien dicho, o que no pueda decirse mejor, y pese a ello…. Aunque no sea Flaubert, y aunque muera de todos modos. Pero si no lo cuento sí que ya habré muerto. Habré muerto en aquella calle que rugía triste y sucia, y no me recordaré nunca, y es eso lo importante.

No que no me recuerden, eso qué más da: recordarme yo. Un camino que abre en dos mitades el campo sin horizontes.

Acelero el ritmo. He mirado el reloj, acelero el ritmo, queda algo más de un kilómetro, y hago que las piernas quemen y queme el pecho, no cuento los latidos porque corro sin contar; por sensaciones. En ello sí hay filosofía. Aprieto y jadeo y braceo y cabeceo y me falta aire y me faltan piernas, aprieto, aprieto, y sonrío, y sonrío, ya acabo, ya acabo. Ahí estoy, otra vez,

en el lugar en que empiezan las mañanas acaba la tarde y acaba el camino y hay sur y hay mar, y sonrío, sonrío, ya acabé, miro el reloj, lo detengo, quince kilómetros, salí hacia el norte y llegó el sur, y ya acabé, cayó, murió la tarde.

Regreso. Es simplista todo, simplistamente bondadosa a ratos la mirada. Pienso en la tristeza de los girasoles, en las señales. Contar es divertir: llevar por varios lados la vida. Es un juego. Pienso en Macbeth: Life’s but a walking shadow, a poor player that struts and frets his hour upon the stage. And then is heard no more. It is a tale told by an idiot, full of sound and fury. Signifying nothing. Player, play, papel, rol, cuento, juego. Un cuento idiota o de un idiota, que nada significa. Un juego, sólo un juego si lo piensas, me digo, me digo, como Flaubert, que todo esto, que el Arte, después de todo, no es más serio que un juego de bolos. Tal vez todo sea una inmensa broma. Una broma, un juego, un juego algo idiota. Como si uno fuese un niño, como si nunca dejase de ser un niño, para no dejar de ser un niño. Estoy estirando y veo el cartelSAMSUNG

y me da la risa, me río solo en mitad de la calle, solo entre la gente, me río, me vuelvo a casa, sólo un cuento, una broma, algo idiota, sin aparente significado, un juego.

Un juego.

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