Para resumir

Puestos a preferir, preferir que sea ese día en que la mayoría somnolienta cree que podría la esclavitud ser abolida; para resumir, viernes. Y tener algo averiado en casa, lo justo averiado para permitir separar voluntad, interés y conocimiento -las reparaciones caseras son el zazen occidental-, y decidir acometerlo esa mañana. Y que la mañana no tenga en ello ningún inconveniente. Y allá que va ya entonces al rato el aparato funcionando, cumpliendo de nuevo alguna insólita o irrelevante función; para resumir, placa de inducción -para cuando de deducción, de abducción: son son sólo ideas-. Y sentado en la terraza de casa frente al mar trabajar un rato, redactar un par de documentos destinados a ponerme de acuerdo con otra gente para que otra gente se ponga de acuerdo: para resumir, abogados. Y que nadie tenga en ello ningún inconveniente. Y para celebrar lo de hasta entonces, que ya es mucho a estas alturas, salir a correr, que es una celebración rápida de la vida, atravesando la media mañana con las calles casi sin uso. Y volver y todo lo que va después de llegar sudando y apestando y pensar, ahora podría ir a cortarme el pelo, porque cortarse el pelo pone a la gente de buen humor; para resumir, a todos menos a los calvos. Y cruzar un parque medio alborotado de viento manchado de hojas blancas de sol y pensar feliz, Carajo, parece que me hubiese colado en el rodaje de American Beauty; y llegar a la peluquería, y no tener ni que esperar, y que mientras el pelo cae cada vez más blanco sobre el suelo -no por efecto de la caída sino de los años- empiece a sonar por los altavoces la banda sonora de American Beauty; para resumir, me da la risa, una risa contagiosa y tonta que zarandea la tijera del peluquero y que no puedes explicar sin parecer -aún, más- idiota. Y sales feliz -ya he escrito el adjetivo dos veces, mala cosa- y también con hambre, cruzas el parque de las coincidencias, y piensas por qué no, y vas a un bar semi vacío -¿o poco lleno?-, y pides una manzanilla y una tapa, y mientras te llega olor a almendras y sal y mar estás leyendo un pequeño ensayo de Fabián Casas y te caen dentro el alcohol punzante y las palabras punzantes y acabas por tener que cerrar el libro si no quieres acabar llorando; para resumir, un idiota emocionado y feliz -ya sabía yo que no había dos sin tres-. Y como es casi la hora de encontrarte con la gente que mantiene erguida tu columna vertebral pagas y sales buscando oir sonar un timbre, y mientras llegas vas pensando, vas pensando, viernes bricolaje trabajo rodaje peluquería manzanilla ensayo ensaladilla rusa tres veces un adjetivo; para resumir, mira que si alguien me hubiese hecho un ingreso -felicidad, dinero, menuda pareja extraña o tan habitual, ella hermosa y él tan feo-. Y ponerse a apretar y pasar dedos por la pantalla del teléfono, y ahora aquí y ahora esto, y ea, ahí está, ahí están los movimientos, y miras, y llueve sol a cántaros sobre la primavera, y agrandas la pantalla, y allí está, allí está, allí está; para resumir, la misma cifra de ayer, no me jodas, vamos, no esperaríais que fuese de otro modo, que no es literatura fantástica esto, por favor, por favor.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Paseos. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s