La bota de la patinadora

No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: salir a correr muy temprano. Antes incluso de ponerse a pensar uno en si el problema filosófico verdaderamente serio, camusiano, es el suicidio, está ese otro: salir a correr temprano. Hay en ello una voluntad caeiriana -tres líneas y dos advocaciones ya-, no tener filosofía sino sentidos, la luz del sol valiendo más que los pensamientos, saber ver cuando se ve cada día la espantosa realidad de las cosas, o si no: sólo ponerse las zapatillas. No veo grandes desventajas en salir a correr muy temprano. Es más, no le veo casi ninguna. Ninguna.

Está la calle entera vacía y está el hombre que corre por mitad de dos carriles. Porque es el dueño. Del sol y de las cosas. Está el tipo, el tercio de tipo visible tras el cristal algo sucio, que pasa con el coche y que pita y se molesta porque corres por mitad de la calzada, y está saludarlo como si fuese un amigo, como si no fuese contigo su enfado. Porque en realidad no va contigo: va con él, que corre encerrado hacia el final aparentemente lejano del día. Quisiera poder decirle Sal, baja del coche, abandona ese lugar al que vas, ven conmigo, no hables, oye pasar el viento -tan caeiro es ese rato, tanto-. Pero si paro detengo el ritmo y es cuestión de ritmo la vida; sólo saludo y dejo que se lleve consigo su enfado, no es contigo su enfado, es con él, ignora que eres en ese momento su único amigo. Y sigo corriendo.

En mitad de la acera junto a la que corres hay una tapadera redonda, grande, azul. La ves venir y la ves ponerse a tu lado y giras la cabeza para mirarla y leer lo que han escrito sobre ella. Inclinas la cabeza y los ojos saltan de letra en letra de una caligrafía infantil en azul más intenso, varios trazos uno sobre otro hasta componer una ese y una u y una, y así hasta leer Susana. Susana, Susana, Susana, voy repitiendo lo que he leído, a cada apoyo repito el nombre, es cuestión de ritmo, sea un rodaje o sean series -no me gustan las series, las repeticiones, fingen ser la vida, mejor un rodaje largo, con cambios de terreno y de ritmos, eso es, eso es-. Me acerco y me alejo de las cosas. Rodar y alejarse y acercarse. Dejo atrás la tapadera que nada tapa y el nombre que ha perdido la mano, y ya no repito nada. Nada se mueve salvo yo y el aire y el pájaro y la vida que no veo y las marcas blancas sobre el asfalto que pretenden ordenar la marcha de la vida, y que yo no respeto.

El mundo es inmediato. Aunque no lo veamos. Es la zancada que sigue. Me acerco a uno de esos huecos en los que ponen los cubos de basura, y hay sobre el suelo sucio un pequeño tumulto de restos que escapan o regresan a una caja medio, casi, aplastada. Está lleno de colores el tumulto. Juguetes rotos -una humanidad a escala, su predicción-, descartados, inservibles, olvidados antes de acabar allí y por eso acabados allí; acabados; y allí. Aflojo la marcha, me palpo el reloj en el lugar donde suele estar la muñeca; al final me detengo. Miro hacia atrás en el camino ya pisado la caja redonda e inservible -sin tapa, perdiendo la forma en la mañana- sus tripas falsas: pequeñas pelotas azulesverdesrojasnaranjas, formas de plástico sin nombre -fue un coche, fue una nave, fue un reloj que no daba la hora-, ropas que vistieron a un hombre si un hombre midiese un palmo. Es un mundo a escala tras una catástrofe, un bombardeo o un divorcio. Inclino a cabeza a lado y lado para poner derecha la existencia de las cosas. Alineo lo inservible. No contiene la caja una mano y una risa que dieron sentido y prestaron significados a esas cosas, está vacía la caja, están huérfanas las cosas. Yo podría ser su único amigo: yo en pantalón corto, rompiendo a sudar. Y el día poniéndose en pie, se despereza el día estirando los dedos sobre las azoteas. No se detiene el día pero yo sí me he detenido y entonces, y entonces. Miro por última vez y estiro el tronco y me giro, y vuelvo a estar corriendo de nuevo. La zancada que sigue. La zancada que sigue.

Podría estar corriendo horas. Y mirando horas. Y callado horas. Pensando horas en una colonia bombardeada de objetos carentes de destino. Corro y callo y miro y pienso no siempre en ese orden ni a la vez no todo el rato pero a veces, y entonces. El sol salta en las copas y se sienta en las hojas y se pone bufandas blancas en las olas del levante. Todo esto es como no tener filosofía: levantarse temprano, muy temprano, mucho tiempo estuve levantándome temprano, salir a correr. Y entonces la veo. Y entonces. Es el botín blanco de una patinadora, blanco, enormemente blanco, solo junto a la línea amarilla que impide detenerse a quienes respetan las normas y a quienes las temen. Enormemente blanco. Si una patinadora midiese un palmo y buscase sus patines para arañar el hielo que cruje en la mañana sospechosamente primaveral, y no apareciese uno: se desesperase la muñeca que no sabe qué hará ahora, qué será de ella ahora. Y el patín junto a la línea amarilla que prohíbe que se detenga la marcha aun cuando la marcha sea absurda.

Y Susana.

Susana levantada en la casa dormida, recorriendo las habitaciones llenas de sombra y respiración pesada y volviendo a la suya y sentándose en el suelo oscuro y palpando los juguetes -otorgando un sentido, prestando un significado al movimiento cautivo de las cosas-.

Y las zancadas sobre el césped maltratado de una rotonda.

Susana con la patinadora en sus manos como de juguete que recién aprendieron a manejar la caligrafía y buscando el botín de la patinadora que sólo tiene un botín blanco, enormemente blanco, y un maillot azul eléctrico y la sonrisa petrificada, plástica, nerviosa, de quien contempla, sin saber quién contiende, una guerra, un bombardeo anaranjado a lo lejos, un divorcio. La patinadora sin patines no patina y las manos la abandonan junto a los zapatos escolares que están fuera, no están en su lugar, no lo están, van a regañarle por eso, del mueble blanco -pero no enormemente blanco-.

Y las zancadas manchando las rayas blancas -pero no enormemente blancas sino cada vez más grises- de un paso de peatones.

La caligrafía de Susana en la tapa que no encuentra de la caja que no aparece ya. La tristeza abandonada junto a una patinadora abandonada que no encuentra su otro botín y que piensa, tirada junto al mueble blanco, que quizás podría meterse dentro de uno de esos zapatos escolares, esconderse, huir de acabar adoptando una pose extraña incluso para una muñeca en la mañana de una acera vacía, una pose de suicida a la que nadie vio caer ni nadie echa de menos.

Y las zancadas por un arcén sembrado de cristales verdes en dirección contraria a la marcha del día.

Correr y callar y mirar y pensar no siempre en ese orden ni a la vez no todo el rato pero a veces. Levantarse temprano, echarse un sol en el bolsillo minúsculo de un pantalón corto por si hiciera falta durante el rodaje -que toque rodaje, por favor, odio las series-, salir a correr.

Y la línea amarilla y la línea blanca y la línea continua y la línea discontinua. Pisotearlas todas a veces con saña.

Zancada y zancada y zancada y zancada.

Y la bota de la patinadora.

Y el olvido.

El olvido.

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