Guillermo, mi amigo.

“Los libros se duermen con un hombro apoyado a hombro, en fila firme, de perfil sus nombres. Igual que los soldados. En cierto modo, muchas lecturas tienen ese rango porque fueron escritos como una forma de combate o un paisaje después de la batalla.” Leo estas líneas de la columna de hoy de Guillermo en La Opinión -http://www.laopiniondemalaga.es/opinion/2014/03/09/uvas-ira/659583.html-

Leo estas otras después: ” la brutalidad de la expropiación, el hambre y el miedo, la aridez del paisaje moral provocado por la crisis, la devaluación de las personas y el subempleo, a cambio de míseros salarios que obligan a la gente a competir entre ellos, la defensa de la dignidad, la dura represión contra el movimiento obrero, la honda solidaridad entre las clases populares.”

Habla hoy Guillermo de Las uvas de la ira, la novela de Steinbeck, hecha dolor en pantalla grande luego por John Ford. Cierro los ojos y veo la cara de Henry Fonda. Cierro los ojos y veo las fotos de Dorothea Lange,que también cita, y que llenaba una portada de Mercurio, otro de los empeños de Guillermo. Cierro los ojos, me resulta fácil hacerlo porque escribo estas líneas medio cegado por el sol, frente al mar y medio cegado por el sol que me resisto a dejar esconderse tras un edificio para el resto de la mañana, y veo a Guillermo en una sala de la Diputación, o del Ayuntamiento, no sabría precisar, en aquel encuentro de narrativa, Hermosos y malditos, junto a Alfredo Taján y Pedro Pizarro, y que me disculpen ambos, pero entonces pensé, no nos conocíamos pero yo sí sabía bien quién era él, pensé, el que sabe es el chiquitillo -como si yo fuese muy alto, vamos.- Guillermo Busutil

Yo luego conocí a Guillermo. Guillermo tiene la vista entrenada, como los fotógrafos o los francotiradores o los atletas de medio fondo -nada de ello le es ajeno-; recuerdo que estábamos en una cafetería en El Perchel, y había leído mi primer libro, lo iba a presentar, qué enorme fortuna, y me dijo que yo me dedicaba a robar vidas ajenas. Llevaba razón, claro. Hasta la mía la robo.

Después me fui. Habíamos estado en Madrid antes, en otro ocasión gozosa, la antología de Neuman. Guillermo me preguntaba siempre por mi siguiente libro, me decía cada vez qué hablábamos que no parase, que no dejase correr el tiempo. Yo quiero más a la gente que me pregunta por lo que voy escribiendo, de hecho, sólo quiero a la gente que me pregunta por eso. Pero dejé correr al tiempo, corrió más que yo el tiempo, no gano nunca las carreras yo. Guillermo me puso en varios sitios, generoso, y yo dejé ganar al tiempo; y después me fui.

Me resulta inevitable hablar de mí para hablar de Guillermo porque esta historia es la historia de una admiración; me estoy robando la vida, para dar la razón a Guillermo. Un mediodía el autobús del tiempo me dejó en un restaurante con el mar al fondo de una calle a la derecha, y allí estaba Guillermo. Lo pienso, suena el mar de fondo en esta mañana luminosa de cálido gris acero, y siempre ha estado Guillermo cuando yo he llegado a las estaciones de la literatura. El primero que ha leído mi nuevo libro, aquel por el que ya me preguntaba en 2000, ha sido Guillermo.

Los domingos me levanto, hago una foto, y luego leo a Guillermo. Las columnas de Guillermo soportan un edificio moral. Él habla esta mañana de eso, pero habla de eso muchos otros días, habla todos los domingos, hable de lo que hable. Guillermo, en un país sensato, sería noticia cada domingo por sus columnas, pero éste no es un país sensato.

Sé que decir esto y no hablar de sus cuentos, de Individuos SA, de Drugstore, de Vidas prometidas, entre otros -enorme hermoso libro, Vidas; la gentuza no tiene en su casa Vidas prometidas, el resto sí lo tienen- es casi indecente; no veo sus lomos, apoyados como amigos que se cuentan algo, una confidencia guasona, los tengo a mi espalda en un estante, levanto la cabeza de la pantalla y veo la pantalla arrugada del mar. Pero esta mañana he leído su columna sobre Steinbeck y la lucha por la dignidad y los ojos se me han puesto peligrosos, como otras mañanas. Y he pensado que había que decirlo, que había que robarse porque robarse es para mí una forma de agradecimiento y admiración, y yo estoy agradecido a Guillermo y admiro a Guillermo, y hay que decir eso a la gente y decirlo en público, porque si no las cosas quedan por decir y se las lleva el aire y las deja caer en el mar y allí se diluyen, se evaporan incluso.

Guillermo Busutil es un individuo necesario. Es un soldado. Yo sólo concibo el mundo en términos de combate. Incluso los momentos que llamamos felices lo son. Guillermo es una conciencia risueña, de ojos que miran el mundo como entrecerrados, como examinando con cierta sorna. He hablado de mí para hablar de Guillermo porque Guillermo es importante para mí. Me gusta pensar que Guillermo es mi amigo. Me consuela saber que pueden pasar los años, que puede correr el tiempo más que yo, y Guillermo se sentará conmigo a almorzar y reírnos como si las décadas fuesen sólo una palabra. Guillermo va a publicar libro nuevo pronto, un libro valiente, necesario, hermoso, cachondo: como es él. Yo quiero pocas cosas en la vida -mentira, quiero muchas, pero no me dará tiempo a nada-, pero entre esas cosas está intentar levantar un andamiaje moral y estético como el que Guillermo sostiene. Y también, también lo confieso, poderme poner un chaleco blanco como he visto a Guillermo, con unas gafas verdes, y llenar un salón, como ya le vi hacer en el 94 y le he visto después. Guillermo entra en el backstage del desfile de navidad de Victoria´s Secret junto a todos los de las listas esas de los más guapos del mundo, y cualquiera que lo vea allí piensa lo mismo que yo pensé de él en aquel encuentro de narrativa: el que se las va a llevar a todas de calle es el del chaleco blanco roto, el chiquitillo.

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