Amor, Ley

La demagogia es como el chocolate, una vez que empiezas la tableta es enormemente complicado parar antes de que duela la barriga. El humor es cierto que previene contra ciertas dolencias, pero no -ojalá- es un remedio universal: un placebo entonces, para esos casos. Y luego están las guerras. Por definición, unos ganan, otros pierden. Lo que también es falso. Nadie gana, pero sólo los valientes se atreven a decirlo.

Decía Jacques Vergès que su moral era estar contra las morales, porque pretenden paralizar la vida, y que su ley era estar contra las leyes, porque pretenden detener la historia. La ley nunca es buena, porque casi nunca cumple la función de ayudar a resolver un conflicto, antes bien, contribuye a exacerbarlo. Nadie gana en un conflicto, pero sólo los valientes lo reconocen.

También está el culo; al final siempre está el culo. Todo el mundo tiene culo como todo el mundo tiene una opinión, en palabras de un personaje de Clint Eastwood. Lo que desde luego nos sitúa ante la posibilidad analógica y no descartable de que cada opinión, todas por tanto, sean una mierda. Esto es, cada una de ellas un ejercicio de demagogia carente de humor a poco que la batalla se haga más y más cruenta. Batalla en la que nada ganará nadie, como nadie gana atiborrándose a chocolate: el aparato digestivo y excretor es un mecanismo perfecto, implacable.

Escribo. Leo. Leo. Escribo. Tomo té. Y manzanilla (de Sanlúcar). Intento quitarme de otros vicios, como el de tener opiniones. Me tomo las pastillas de los chistes, de la ironía, del sarcasmo duro -esas con protector de estómago-. Y ni así a veces. Se me cae un techo encima y algunos días no logro tomármelo como si fuese un personaje de Uderzo; me atiborro a chocolate, me hincho a demagogia: genero una opinión. Es trágico, lo sé. Otra guerra diaria perdida. Pero ya he dicho que éstas no las gana nadie.

En 1985 se modificó el Código Penal en España, y se incluyó en él una regulación sobre el aborto. Yo estudié esa regulación pocos años después en la Facultad de Derecho -me gusta eso que le digo a mis alumnos ahora, seguro que no lo he inventado yo, que es copia inconsciente de otro, pero lo digo: en la puerta pone Facultad de Derecho, no Facultad de Justicia: no se confundan, no son lo mismo. Vuelvo a acordarme de Vergès-. Uso las leyes, las normas que contienen: monto puzzles, hago figuras varias, creo paisajes amazónicos en piezas de lego con ellas. De vez en cuando trescientos y pico números -sé que lo llaman soberanía popular, no soy tan tonto- cambian las piezas. Yo sigo, a lo mío: monto figuras varias, hago puzzles, recreo paisajes amazónicos en piezas de lego con ellas.

Mi moral es estar contra las morales. Todas. Corto las etiquetas de toda mi ropa, hasta ese punto me molestan. En 2010 los trescientos y pico cambiaron las piezas. Vale. Ahora quieren volver a hacerlo. Lo harán, casi seguro, por mero abuso estadístico y el imperio del miedo a la ruptura de las filas. Vale. Creen que hay una guerra: todos. Insisto en todos. No son valientes. Creen que alguien debe ganar. Ponderación, derechos en conflicto, bienes jurídicos protegidos: me lo sé, me lo sé. Yo pongo piezas así o asá y ea, ahora construyo la Torre de Pisa, ahora, un Burguer King.

Me genera un problema enorme, hasta el punto de la demagogia, hasta el punto de dos tabletas de nestlé chocolate con leche congeladas -así me como yo el chocolate, lo congelo antes: es buen criterio quizás, por analogía: congelar previamente una opinión, para matar sus bacterias-, hasta el punto de verme obligado a opinar, el leer y oír sobre el aborto, mezclado con cuestiones religiosas, morales, éticas, jurídicas: coño, que me estoy quitando. Me harto de chocolate, lo mastico, cruje bajo la presión de los dientes, se rompe, se calienta en la boca, lo engullo, primera tableta, segunda tableta. No me hace gracia. No se me ocurre un chiste. Me duele, ya, la barriga. Bebo agua, me da sed el chocolate, bebo más agua. No quería tener una opinión, pero sí tengo límites, sí creo en los límites. Quien crea una norma tiene miedo, de sí y de los otros: acota. Por eso las normas buenas, en mi chocolateada opinión, son esencialmente abiertas, no se alcanza a ver el horizonte nunca con ellas. Tres supuestos, dos, plazos: límites. Pero tras eso, y es lo único importante en esta historia, siempre hay una historia, alguien, en la oscuridad, quizás también externa, un salón a oscuras en la oscura y larga noche, pero sin duda interna, un cielo negro piel adentro, pone a trabajar juntos corazón y cerebro, el más peligroso sistema humano de toma de decisiones. Una mujer, pero también un hombre.

Nadie puede convencerme de que abortar no sea quizás la más trágica decisión que una mujer pueda tomar. Parafraseando un tanto de nuevo a Clint Eastwood, decidir no tener un hijo no es sólo no tenerlo, sino saber que no se va a tener todo lo que uno podría llegar a tener después. Mientras, en un despacho, los trescientos y pico deciden sobre normas, y otros, en otros lugares, los jalean y empujan a lado y lado manejando malolientes conceptos de moral humana y divina. Lejos, todos, de esa mujer, lejos de esa oscuridad, una oscuridad que le pesa en la alta noche y que la hunde en la cama o el sofá, que se adhiere a sus vísceras y su recuerdo. Toma una decisión: cerebro, corazón.

Amaos los unos a los otros es una buena norma, es casi kantiana si no fuese anterior a lo kantiano. No veo los límites en ella. No veo el problema en ella. No hay que votarla, ni cambiarla en el 85 o el 95 o el 105. Soy hipocondríaco, me atormentan los efectos secundarios, pero no se los veo a eso. Y si no se los ve un hipocondríaco diagnosticado, es que no los tiene, seguro. Me aterra una norma tanto como un síntoma, por lo que pueda venir después. Y el síntoma de falsa moral falsa apunta sin duda a un síndrome incurable. Una norma nueva obliga a estudiar esa norma nueva, averiguar cómo montarla, qué paisaje de cielo o infierno puede recrearse con ella. Cielo o infierno. La oscuridad de esa mujer nadie la ilumina, nadie con una norma, con una opinión. Esa mujer necesita, sólo, de una mano. Una mano de quien incluso sin estar de acuerdo, porque la combinación de su cerebro y corazón ha ofrecido para ese caso, llegado a ese límite, un resultado distinto, sin embargo y de todos modos la acompañe y viaje con ella por el dolor, el silencio, colgados ambos sobre el vacío. Yo es que me leí el Código Penal y me leí los Evangelios -y me leí muchos otros libros; esto es también como lo del chocolate, acabaré enfermo, diabético de literatura-, y creía que, aun no siendo lo deseable o conveniente pero para quienes no tuviesen más remedio, incluso podrían ambos combinarse de ese modo. Se trata de decir, yo estaré ahí, decidas lo que decidas yo estaré, aunque no me guste lo que decidas te tomaré de la mano, puedes llorar sobre mí, puedes golpearme incluso para que tu dolor te duela menos, porque hay en el diseño corporal dos pulmones y dos riñones, por si falla uno, pero sólo una cara y un corazón, para que te revienten la cara de darla, para que se te rompa, quizás más de lo deseable, el corazón. El aborto no es un mecanismo de selección racial ni un método anticonceptivo ni un paseo por el lado soleado de la feria, pero tampoco una bandera con la que cuando te toca el otro bando de la falsa guerra ganar mesnadas. Hay en el diseño corporal una sola cara y un sólo corazón para que te la partan por otros y para que tu corazón bombee junto a otros cuando el de otros, el de otra, esté tentado de dejar de latir. Estoy contra la moral y contra la leyes y contra incluso las opiniones, pero esa norma, amaos los unos a los otros, así a secas, sin poner como término comparativo del símil a un yo con mayúsculas detrás, quizás está bien; no tiene límites, parece que no arregla nada, pero tampoco lo rompe más. No ilumina esa norma la oscuridad de una mujer que toma una decisión que se me antoja terrible, una mujer que ante un paisaje irreproducible con piezas de lego y en la noche más oscura inicia, cerebro, corazón, el mecanismo del primer paso por un camino que sólo conoce quien se ve obligado a recorrerlo. Pero permite que alguien esté con ella, que la tome de la mano para evitar que caiga. No sé por qué todos esos bocazas, los trescientos y pico, no hacen una ley orgánica con esa norma.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Paseos y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Amor, Ley

  1. mónica dijo:

    Gracias y mil gracias. Porque no es un paseo, porque no es una decisión fácil, nada fácil. Porque durante años te atormentas con el “y si…”, o con el “ahora tendría x años…”, y es duro, muy duro y muy muy íntimo, pases por ello sola o con tu pareja; complicado cuando él sí quiere y ella no, o viceversa. No es nunca nunca una decisión caprichosa. Y aunque algunos lo crean, la mayoría de las veces no es una solución, o lo es para una parte de la situación…porque cuando decides abortar o no, surgen más problemas con soluciones complicadas. No es un acto de egoísmo o sí. Pero gracias y mil gracias porque durante semanas nadie ha reflejado ese dolor, esa soledad, ese tormento. No es fácil, nada fácil.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s