Oración

Oh Dios de las zancadas, auxíliame en esta oscuridad. Tú enviaste a tu hijo Filípides al mundo para salvarnos de los escritorios y los fluorescentes y las bolsas de patatas fritas y los ascensores: ayúdame en esta hora y en las horas que la sigan. Dios de Virén y de Nurmi que hiciste a Zatopek inmune al cansancio y a la venganza de los inmóviles, no me abandones. Postrado mientras me ato los cordones, prendiendo el dorsal en la madrugada que se extingue, te pido que atiendas mis súplicas. Tú que tan pronto te llevaste a Wanjiru para que organizase los entrenos de calidad de las tropas celestiales, dame tu amparo: no dejes a los calambres retorcer mi cuerpo y devorarme mis piernas y mi voluntad.

La hora se acerca: es hoy el día. Por eso, Dios que hiciste humillar al Mal en las piernas de Jesse Owens, toma mis manos. Condúceme a la meta del mismo modo que me has conducido tantas mañanas y tantas noches cuando el mundo era a mi alrededor un Giacometti. Abre ante mí el camino, rompe los muros como una vez abriste el mar. Haz que no me dobleguen ni el viento ni la lluvia ni el sol. Refresca mi boca y refresca mi ánimo. Hazme ligero, oh, Dios que dejaste que nos acariciasen las zancadas de Carl Lewis: hazme rápido. Que vea tu luz guiarme acompasada a los reflectantes de mis zapatillas en mitad de tantos kilómetros de oscuridad.

Sé que no estoy solo. Ellos vienen conmigo. No los conozco ni he visto sus rostros del mismo modo que nunca he visto el tuyo, pero no hace falta: conozco el dolor, el sabor de la sal en los labios, el escozor en los ojos, el calor que quema los pliegues enrojecidos de la piel. No correré solo pero habrá un momento en que lo esté, un momento en que nada me consuele, en el que nada vaya bien, en que todo sea frío, que a un bocado en un músculo se sume otro, que no sepa si me ciega el sol o son las lágrimas: sostenme entonces. Sostennos a todos como sostuviste a Spyridon Louis, sostén en pie a los hermanos que pasan a mi lado. Ablanda el suelo, deslízalo hacia abajo, sopla en nuestros pulmones, apacigua nuestro corazón.

Estoy cansado. Ya estoy cansado. Cada paso no sé si me acerca o si me aleja: no importa. No permitas que cesen, mantén su cadencia. Hazla eterna. Impide que abandone y hazme así inmortal como a Bikila. Alimenta mi ilusión cuando alimente mi cuerpo. Porque el gesto tiembla y cae, la figura se vence: rellena, Dios de Coe y Ovett y Juantorena y Moses, del metal de la elegancia mis huesos. Se acerca el final, la línea del horizonte que nunca parecía acercarse se levanta ya ante mí. Haz que no olvide. Haz que no haya perdido la sonrisa. Y que oiga, al llegar, mi propia voz: alegraos ya, vencemos, vencemos, vencemos.

llegada valencia

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