Extranjeros

Solían estar en un altillo. Eran decenas, muchas decenas. En 1913 había nacido un hombre que iba a morir por su propia mano el mismo día -pero no el mismo año- en que nacería otro que moriría a manos de un amigo: ambos iban a crecer sin padre. Pero yo no sabía nada de eso. Sólo que comenzaba el verano; que íbamos a apilarnos varias familias en una casa durante semanas. Que el malestar se haría soportable y se diluiría al final, porque cuando llegase allí y durante días, mañanas y tardes y noches incluso, iba a subirme a una silla y a ir bajando pequeños libros en altas pilas y a colocarlos en orden en una esquina de una mesa baja en un salón atestado siempre de gente. Yo no sabía que el hombre que había escrito esas novelas que me rescataban – como siempre hicieron los libros- mientras oía en sus palabras el certero destino de un disparo dirigido al lóbulo de una oreja había acabado, él mismo, apretando contra sí ese gatillo.

Yo sí sabía su nombre, que aparecía en cada portada, pero nunca pude darle las gracias: José Mallorquí. Cuando yo supe leer ya había dejado una nota en una mesa. De hecho, durante mucho yo siempre creí que era condición ineludible que un escritor, para ser tal, hubiese muerto. Kafka había muerto, también Joyce, también Conrad, también Hem; también entonces José Mallorquí. Que sin duda había muerto ya. Pero antes de escribir su nota, No puedo más. Me mato, y acercar el revólver a su sien había escrito para mí, para salvarme del tumulto, del asalto contra mi imperio del silencio, para salvarme de las camas compartidas y la playa familiar y los almuerzos por turnos y los bocadillos kilométricos, sólo para mí, la historia de un hombre que quiso ser otro y fue otro y siendo ambos, o sea, en una esquizofrenia contenida como la mía, se empeñaba en limpiar el mundo de basura, de idiotez, de miedo, marcando a los miserables al arrancarles de un disparo el lóbulo de la oreja: César de Echagüe, El Coyote.El Coyote acorralado

Eran días de llegada. Los pisos se llenaban de veraneantes, de gente que sólo se veía en verano; amigos de verano. No conservo ninguno de ellos. Siquiera entiendo a veces cómo pude tenerlos; cómo, cuando ellos, que al llegar acudían a aquella casa baja, llena siempre de gente que iba y venía a todas horas, a buscarme, encontrando año a año, día tras día al comenzar el verano, a un niño blanquecino sentado sin hablar y sordo a todo en una esquina junto a la esquina de una mesa en la que se apilaban libros con un tipo con antifaz y sombrero mejicano en la portada, seguían viniendo. Viniendo a por mí hasta que las novelas se acababan -quedaban otras muchas, y tebeos, pero ya no eran aquellas, ya no exigían ese sísifico empeño de empezar y acabarlas hasta llegar a la cumbre del fondo del altillo-, y entonces empezaba a salir, a hablar más, a quemarme al sol y herirme los codos y las rodillas y las plantas de los pies. Amigos de verano: no conservo, creo, ninguno de ellos.

Aquellas novelas eran de mi tío Antonio. Mi infancia es una novela de quiosco, un sinfín de colecciones de papel basto, amarillento aun antes de envejecer bajo las tapas. Cuando mi tío murió nunca supe dónde fueron a parar las novelas de El Coyote. El verano ya había acabado. Ya no contemplaba la vergüenza de Don César, el padre de El Coyote que desconoce la otra vida de éste, ante la pose blanda y afectada de su hijo, ni el dolor de César hijo no pudiendo explicarse, no soy lo que esperabas, no lo soy: quizás soy más, pero no soy exactamente eso que esperabas. Una carta al padre. Como Kafka. Una vida absurda, y qué hacer frente a ella: matar, morirse uno. Como Camus. Yo ya no leía El Coyote pero seguía leyendo siempre El Coyote, el hombre que es otro, que arriesga su real identidad porque su real identidad es su vida. Junto a gentes marcadas en el lóbulo caminaba yo: el verano ya había acabado. En el calor sofocante del Mediterráneo un hombre cegado por el sol dispara a otro hombre; si hubiese fallado el disparo, si la bala hubiese rozado su cabeza, quizás le hubiese arrancado el lóbulo de la oreja: un hombre extraño, extranjero siempre. Tres extranjeros, uno de Barcelona, otro de Mondovi, otro de Málaga, sentados bajo un absurdo sol, ocultando su vida a otros, pensando en el dolor de un padre que no está o no entiende, lo mismo da: tres extraños.descar

Hoy ya sé que los escritores no han muerto todos: es una suerte porque puedo así darles las gracias cuando me salvan la vida. Tampoco recuerdo dónde quedó mi antifaz: decidí que todos crean saber lo que soy. Atravieso las lineas de las carreteras a ciento ochenta si no me pillan. Lo mejor de El Coyote no era su puntería sino ver cómo con puro ingenio, con la razón y sus cócteles, hacía caer a aquellos que debían sin duda ser marcados. Ser otro bajo el disfraz. Disparar. Trabajar en una aseguradora. Dispararse. A ciento ochenta por hora, como iba Camus el día de su muerte, el mundo es una larga y difusa línea de pasados y un pequeño destello de futuro que se te echa encima. Kafka, Camus, Mallorquí: hoy sé que los escritores no han muerto. Ninguno ha muerto. Uno lee una de sus líneas y apuntala la inmortalidad, que es un presente continuo de lecturas. La misma semana que el mundo, y yo con él, celebró a Albert Camus, el extraño extranjero, algunos, y yo con ellos, se acordaron también de José Mallorquí, quien bajo los cielos de una falsa California apretó como Mersault el gatillo. Una bala atravesó su cabeza y voló, fragmentada por el tiempo, y me arrancó, una tarde de verano, el lóbulo de la oreja. Nunca pude darle las gracias.

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