Burocracia (Diversión sobre un tema de Manganelli)

 

Una mujer apaga un cigarrillo. Lleva semanas, tantas que sumadas podrían equivaler a meses si usásemos ese modo de cómputo, esperando una carta de la Oficina de Existencias. Una vez que la reciba podrá entrar en la existencia, y la perspectiva de hacerlo le genera una euforia similar a la de dos copas de vino blanco. Eso, al principio: ahora, tras meses si usamos ese modo de cómputo en vez del de semanas, el cual nos obligaría a consignar números más altos, está cansada y enfadada y llena de ira administrativa, y ha apagado el cigarrillo.

En otros tiempos uno hablaba con los vecinos de este asunto, vecinos que a lo peor llevaban también largo tiempo -semanas, meses, incluso el cómputo de años solía entrar en juego en esas épocas; no ahora, claro, cuando contamos con normas que regulan en un papel gris de boletín oficial el incumplimiento de plazos con ánimo indemnizatorio, y que también permiten maquillar los datos de espera que se elevan anualmente al Ministerio, debido a sus Disposiciones Transitorias y Adicionales. Debo acordarme de comentarle esto al médico, noto que otra vez me vuelve esta hipocondría de las digresiones cuando escribo, a ver si me manda algo-; qué decía, ah sí, lo de los vecinos, que en otros tiempos uno salía al rellano y comentaba esto de llevar tanto esperando la carta y de pronto y sin saber cómo el tono de voz se había elevado y la gente tiraba escaleras abajo y en un santiamén, porque eran tiempos también más religiosos, ya estaba ardiendo medio país y en el otro medio los pies de los gobernantes colgaban sin zapatos a medio metro del suelo. Pero no ahora, claro: ahora vivimos en una azul edad civilizada. Uno no comenta esto, ni nada, con nadie, todo lo más habla del tiempo, let´s talk about the weather, si se topa con un conocido. Pero como lleva semanas el tiempo detenido, mañanas que parecen siempre la fotografía del día de ayer, pues la mujer de este cuento ni eso. Así que cansada e indignada y arrebolada por la ira administrativa apaga el cigarrillo. Lo apaga, obviamente, a medias y chafándolo bien contra el cenicero, pues de lo contrario, de haberlo apagado cuando el filtro casi se ve amenazado por la brasa, la mención al hecho de su apagado no revelaría nada y sería innecesaria en el relato pues sólo indicaría sentido común tras acabar de fumárselo, y no es ese el caso.

Los dos párrafos anteriores y el asunto del apagado del cigarrillo indican que la mujer ha tomado una decisión. Podríamos adjetivar drástica, podríamos adjetivar enérgica, podríamos adjetivar… sí, sí, podríamos pero como que no, ahora sólo nos interesa el contenido de la decisión. Ante el retraso de la carta, lo cual impide su declaración de existencia, la mujer decide comenzar a hacer más o menos lo que le dé la gana. Ya que no existe, ha concluido poco antes de soltar la última bocanada y taladrar el cenicero con el cigarrillo a medio consumir, nada de lo que haga tendrá relevancia futura, casi ni presente tendrá. A ver cómo se las apaña la Administración ahora, que les jodan, dice en voz alta aun estando sola, pues así es como debe concluir, expresándose en voz alta como la caída de un árbol en el bosque, la toma de esas decisiones que de haber tomado la decisión de adjetivar habríamos pintado como enérgica, drástica.

No paga la luz. No come nada bajo en calorías. Se pone tirantes los días de frío. Toma el postre primero en vez de la sopa. Aparca en la plaza de al lado de la suya. Ama desesperadamente a un hombre. Soporta que éste no la ame. Deja que un hombre la ame desesperadamente mientras ella no lo ama. Ama a una mujer desesperadamente. Abandona a esa mujer aun amándola. Cena con alguien que no le interesa lo más mínimo y que le habla de pádel. Se tiñe el pelo. Se corta el pelo. Consigue un gran trabajo y luego deja ese trabajo. Toma drogas. Deja las drogas. Se lanza en paracaídas, Nada en una piscina hasta vomitar. Vomita en el arcén de una carretera tras correr hasta casi reventar. Oye canciones tediosas y canciones pegadizas y tararea canciones del verano. Ve películas dramáticas y luego camina sola bajo la lluvia gris ceniza. Toma el sol sin protección. Compra un perro y lo abandona en una gasolinera tras comprar chocolatinas y bebida isotónica, y conduce en dirección al norte con las ventanas bajadas. Hace lo debido y lo no debido, lo que no le apetece mientras deja sin hacer lo que siempre quiso, olvida lo inolvidable y se recrea en los detalles que cualquiera desearía olvidar de inmediato. Y cuando el dolor o la pena o el rencor o el remordimiento o la alegría más superficial o más profunda la obligan a buscar el abrigo de un baño público para llorar unas lágrimas que le impiden respirar con normalidad, suspira profundamente tras limpiarse con las palmas la humedad de las mejillas y se mira en el espejo y recuerda entonces la inacción administrativa, y se dice, bueno, si no puedes con la burocracia …., si no existo nada de esto está sucediendo, ni habrá sucedido nunca.

Una mañana llaman a la puerta, la noche antes ha visto una película de Bergman y ha cenado hamburguesa y ha bebido güisqui canadiense y ha tenido sexo oral y anal en una consulta desierta y se ha roto una trincha del pantalón al engancharse en la puerta del baño, y tiene una tremenda resaca y como que le duele todo. Abre casi desnuda al cartero, que la mira a media autovía entre el asco y el deseo, y éste le entrega una carta certificada. Decide sentarse, en el sofá. Rasga el sobre, y ahí está, la comunicación formal de existencia de la Oficina de Existencias que tanto lleva esperando, que debe poner fin y olvido al desorden de su vida. Lee el remite, y su nombre, y la resolución formal, y también el párrafo previo a la expresión de los recursos judiciales que contra esta comunicación que pone fin a la vía administrativa caben, son estos otros tiempos, antes uno bajaba a gritos del rellano con los vecinos y colgaba a prebostes hasta que sus cuellos crujían al reventarles la laringe y lanzaba teas tras las ventanas rotas de los palacios, pero ahora hay normas para esto, para todo, publicadas tras su oportuna revisión por atentos correctores con barba, normas que regulan los plazos y la falta de respeto a los plazos, es una azul edad civilizada ésta nuestra, y conforme a lo dispuesto por la Disposición Adicional Décimo Cuarta, modificada por la Ley 57/98, de 5 de abril, le comunicamos que por haberse superado los plazos legales de resolución de su declaración de existencia, ésta pasa a tener lugar con plenos y absolutos efectos retroactivos.

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Una respuesta a Burocracia (Diversión sobre un tema de Manganelli)

  1. Juan Yanes dijo:

    Si estuvieran abiertas a esta hora las librerías saldría corriendo a leer algo de Manganelli. Gracias. Me gustó tu cuento. Perfecto.

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