Verano

Yo tuve un amigo. Más que un amigo; en algún momento de esos años empezamos a llamarnos, el uno al otro y entre nosotros, hermano. Era mayor que yo. Unos dos años. Tenía problemas de visión, había nacido con los ojos cerrados, casi pegados, sólo una fina línea o un agujero para ver el mundo, y habían tenido que operarlo y operarlo hasta abrir un espacio suficiente para que pudiese ver como los demás. Aun así no quedó bien, apenas podía llorar, y tenía problemas de visión que le obligaban a llevar unas gruesas gafas de pasta oscura: el blanco fácil y obvio de la crueldad.

No sé si ello tenía que ver con su aprendizaje. Pero malas notas. Y se juntaba conmigo. Un ratón, una polilla del papel, un lepidóptero. Nuestras familias eran amigas. En algún momento, una mañana de sábado de verano, la luz entraba tras nosotros y recorría el salón de un familiar empujando a ir a la playa, se estableció una disputa entre padres. Alguien debiese haber prohibido hace tiempo a los padres hablar sobre sus hijos con otros padres. Ambos íbamos a distintos colegios caros en esas fechas, y la discusión acabó con una prueba sobre quién de nosotros dos leía mejor. Qué colegio era mejor. Mi primo mayor sacó un libro sobre la Segunda Guerra Mundial, y nos lo sostuvo alternativamente para que leyésemos en voz alta los párrafos que él señalaba. Así durante un rato, la campaña de Rusia, o Tobruk, o El Alamein. No recuerdo exactamente qué leímos esa mañana.

Durante muchos años después, ese muchos de la infancia, veraneamos juntos. En la misma casa, en la que ambos éramos invitados. Yo pasaba las tardes y las mañanas leyendo, los libros de mi tío, de mi primo, tebeos, todo lo que cayese en mi mano en letra impresa. En las primeras horas torrefactas de la tarde a mí no me dejaban salir a la calle por el calor, y él sin embargo salía, y se iba a las rocas. Y cuando ya me dejaron salir a esas horas, casi siempre prefería quedarme leyendo. No atendía sus ruegos a veces de salir con él, ir a bañarnos a la playa en esos momentos desierta, andar mojados por el rebalaje quemándonos el sol hasta las rocas a buscar mejillones o lapas o ver pescar.

En la puta vida he sabido despegar una lapa o un mejillón de una piedra. Acababa con lasVerano-Felipe R. Navarro manos cortadas, mirándome la sangre acuosa desleírse en el agua que golpeaba las rocas. Pensaba, por qué no me habré quedado leyendo. Y entonces, varios días, volvía a quedarme en la casa en silencio a esas horas, sosteniendo el libro sobre las heridas que escocían al contacto con el mar.

Mi amigo iba mucho al cine. Yo no. Jamás le vi leyendo nada. O sí, alguna vez, por imitación, cuando se cansaba de pedirme que nos fuésemos a la playa y yo ya ni me molestaba en contestar, cogió un libro, o un tebeo, del montón. Yo leía, y leo, como un fumador, tengo al lado siempre un montón por si se me acaba el libro que leo y me quedase sin ninguno. Alguna vez cogió uno, un libro, o tebeo; aguantaba algo más si había imágenes o dibujos, y si escribo algo más podría escribir también algunos minutos más, pero sólo eso: algo más. Lo tiraba sobre el montón y con un desprecio que no ocultaba a veces corría hacia la calle.

Las cosas son así. Me contaba las películas que veía, y cambiaba las historias, los argumentos en ocasiones. Inventaba los diálogos. Yo veía quizás después esas mismas películas, y eran una mierda al lado de su versión, y renuncié a ver unas cuantas por eso. Luego vino el tiempo. El mucho tiempo. Sus gafas, mis libros. Fui a su boda. Llevaba un grueso medallón en oro del escudo de su equipo favorito, que es también el mío, y lo enseñaba con más orgullo que a su mujer. Después nos vimos en un par de funerales. Un abrazo, qué tal, hermano, un par de frases. Y ya. Las cosas son así.

Me sentí enormemente humillado aquella mañana de sábado de verano leyendo en voz alta sobre Dunkerque o el asalto a la isla de Corregidor. Él se atrancaba continuamente, como si su lectura fuese un tanque intentando superar los obstáculos de la línea Maginot. Mis ojos y mi voz, en cambio, pura Blitzkrieg, eran un relámpago metálico y azul atravesando la llanura de papel impreso. Ayer limpiando mejillones en casa el cuchillo me abrió un surco en la palma de la mano, una línea en la que no se lee nada y que no lleva a ningún lado. Durante un rato vi la sangre deshacerse bajo el chorro de agua. Me pregunto quién de los dos fue el que nació con los ojos cerrados.

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3 respuestas a Verano

  1. Curro dijo:

    Probablemente ninguno, Felipe. Escribo esto tras leer la entrada 70 del blog con los ojos emocionados, llorosos. Pero no cerrados, tampoco cerrados

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  2. Marili dijo:

    Felipe, ya no puedes parar.No lo hagas.

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  3. Inmaculada dijo:

    Los hay como tú, que tienen el don de enseñar el mundo a través de sus ojos.

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