Georadar

Veo a un hombre. Lleva camisa blanca, las mangas muy remangadas. Va vestido como para ir a trabajar a un banco o a una compañía de seguros en verano. Pero no trabaja ahí, no cuando lo estoy viendo, en ese presente de los telediarios: suda, levanta grandes trozos de ramas secas, y los empuja a un lado. Busca, bajo el sol, a su hija muerta.georadar marta del castillo

Hace unos años recorrí una carretera también bajo el sol, a una de esas velocidades tan indebidas y letales como seductoras. Bajo el sol entré en un cementerio: llevaba un traje azul, camisa blanca, corbata negra. Sudaba. Con el pie, en algún momento, empujé una hoja, un trozo de rama, una piedra. En ambos casos, en las imágenes del hombre de camisa blanca y pantalón claro y esa mañana, alguien pronunció la misma palabra: georadar. Georadar tiene etimología de dolor y muerte antigua y memoria. Yo debía llegar a tiempo a una rueda de prensa bajo el sol y veía girar a la derecha sin parar, emocionado por la velocidad y el futuro, las agujas en el cuadro. Y cuando llegué vi la máquina, es como un carro de bebé al que han dejado en la cesta de debajo una caja de leche, una caja negra, de leche negra. Con una pantalla que ofrece imágenes de lo que nadie nunca ve; quizás de lo que casi nadie quiere ver.MARTA DEL CASTILLO

Alguien debe repetir siempre los nombres en voz alta. Los de los que no están. Pronunciarlos es traerlos al presente, rescatarlos del olvido, como si fuesen imágenes de televisión, que es un nuevo paradigma del recuerdo. Luis Dorado Luque. Marta del Castillo Casanueva. Aquella mañana en un cementerio en Córdoba yo vi rodar el georadar como lo he visto después estos luis dorado luquedías. Y he visto los ojos de quienes lo miran rodar. Miran porque quieren ver, quieren ver y tocar y acariciar y hacer su dolor más suave quizás, más soportable. Uno quiere estar junto a quienes ama, aun cuando aquellos a quienes ama ya no están. Quiere saber dónde están y aunque no estén. El georadar traza una cartografía del dolor antiguo, lo reconstruye para que quienes lo han sentido puedan manejarlo sin que se le hieran tanto las manos. No encuentra nunca lo que querríamos tener, que ya no está; queremos tocar, y ya no es posible, y entonces hacemos todo más soportable queriendo, pudiendo ir. Cuando asumí la representación de la familia de Luis Dorado Luque -para escribir esto debo asumir el yo más allá del personaje y de las máscaras, yo, Felipe Navarro Martínez, abogado también- le expliqué a un periodista que, más allá del sistema de derecho -no diré de la justicia, y no diré, pondré, ninguna de esas palabras con mayúscula-, de la verdad -otra minúscula-, de la razón o la memoria o la reparación, yo creía que sí existe un derecho inalienable a honrar nuestra sangre y nuestra tierra, y que ese derecho incluye visitar y hacer vivir, nombrándolos, en algún lugar que decidamos, a nuestros muertos. Y que ninguna sociedad puede ser viable si para una sola persona ese lugar es una caja de zapatos vieja con unas gafas dentro, si uno no sabe en qué lugar el polvo y las cenizas de los lugares comunes que rodean a la muerte se engrosaron con uno de los nuestros. Se lo dije más fácil, claro, le dije que el día de los difuntos, en una cultura tan de la muerte como la nuestra, hay gente que no tiene ni idea de adónde debe ir, y que una sociedad que se vindique como civilizada no puede permitir eso. Lo sigo diciendo, y pensando.georadar dorado luque

Toda memoria es histórica. Todo dolor es presente. Aquella mañana de 2008 charlé con un hombre de noventa años. Venía a ver el georadar. Mi hermano yo creo que está también en esa fosa, me dijo, ¿tardarán ustedes mucho en sacarlo? A ver si puedo verlo y llevármelo a mi pueblo y enterrarlo antes de morirme yo. Esa mañana, como tantas otras mañanas y tardes y noches en mi vida, contuve a duras penas las lágrimas en público. No lo hice en el coche, regresando. Unas semanas después, y como diría Bolaño, otro muerto, el discurso vacío de la izquierda, y presupongo siempre vacío el de la derecha, detuvo el rodar del georadar por el Cementerio de la Salud de Córdoba. Bajo capas de vergüenza y dolor sigue allí Luis Dorado Luque y sigue el hermano de un hombre cuyo nombre nunca supe, que me cogía del brazo esa mañana para que yo, un puto imbécil con traje y corbata y que empuña libros, le ayudase en reencontrarse con su hermano y llevarlo a casa sesenta y nueve años después de su asesinato. La máquina rueda ahora en un campo de Sevilla; un hombre en mangas de camisa, manchado de restos de ramas, suda y mira la máquina. Todos los hombres son, bajo el dolor, el mismo hombre.

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2 respuestas a Georadar

  1. abel dijo:

    Magnífico , maravilloso, penetrante y duro .

  2. Pingback: Llueve | Hombres felices

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