Correspondencia

Mélijovo, 25 de noviembre de 1892

Estimado Erre

Recuerde que los escritores a los que llamamos eternos o simplemente buenos, los cuales nos embriagan, tienen un importante rasgo en común, van a algún sitio y le llaman para que vaya allí, y entonces usted siente no con la inteligencia, sino con todo su ser, que en ellos hay un objetivo que, como en la sombra del padre de Hamlet, vino por algún motivo y avivó la imaginación. Usted, aparte de la vida tal y como es, siente la vida que debería ser, y eso le cautiva.

En nuestra alma rueda una pelota, querido amigo. Quien nada quiere, nada espera y nada teme, no puede ser artista. Usted y yo no tenemos política, no creemos en la revolución, no hay Dios, no tememos a los fantasmas. No sé si esto es o no una enfermedad. Y sí, soy inteligente por lo menos hasta el punto de no esconder mis enfermedades y no mentirme, y no llenar mis vacíos con otros despojos, y no deja de seducirme la esperanza de un futuro mejor. No soy culpable de mi enfermedad, y no me corresponde a mí curarme, pues es preciso reconocer que la enfermedad tiene sus objetivos, desconocidos para nosotros, y ha sido mandada por algún motivo…

Y bien, ahora sobre la inteligencia. He oído pensar que la inteligencia puede entorpecer al talento. Pues si me dicen que alguien ha sufrido el absurdo de que su inteligencia se transformó en talento, le digo, estimado Erre, que no había en ese alguien ni inteligencia ni talento.

Cuídese, no se detenga. Suyo

Anton

 

Torremolinos, 18 de mayo de 2013

Carísimo Anton

Hablemos, si no tiene inconveniente, también de la fe. Hagámoslo. Sin ver estar seguro, poseer una evidencia de foto retocada del futuro. Hablemos de la fe. Yo perdí, como sabe, la fe. La gente pierde la fe.

Luego está el fútbol, ha dicho usted que en nuestra alma rueda una pelota, y he pensado en el fútbol después de pensar en esa pelota que rueda en nosotros, y he recordado eso que dice nuestro común amigo Albert. Ahí estaba Albert. Adquirir el conocimiento de la moral y las obligaciones de los hombres mientras un balón rueda y el combate no concluye, noventa, ciento veinte, minutos y minutos que contienen cada uno de ellos, una evidencia retocada del futuro.

Ayer estuve hablando de la fe, razonando con fe sobre la fe, y luego, cosa extraña, decidí ver un partido de fútbol. Contemplé el rostro de un hombre. Un general de la orden de la fe. Vi cómo no ganó eso que llaman el mejor, porque el mejor no lo era, el aparente mejor era un saco vacío, carecía de fe. Yo salté y salté viendo el partido porque estaba asistiendo a un prodigio que me asistía de razón al hablar sobre la fe, y porque ello daba la razón a Albert y yo amo a Albert y quiero amar a la gente que tiene fe, e incluso a quien no tiene fe, a quien la perdió. Para que regrese.

Yo perdí la fe, amigo Anton, como bien sabe. Perdí el futuro, el lugar en sombra, el deber ser. Pero regresé, amigo mío, regresé para tener fe y porque tengo fe. No creo en casi nada, salvo en algunos hombres y en muchos hombres muertos, pero tengo fe. He recuperado la fe. Voy de camino a ese lugar retocado por el dolor y la esperanza. Y créame, no creo a aquellos que dicen que no tienen fe, que perdieron la fe: me veo en ellos como en un espejo viejo. Dicen no tener fe para acallar el miedo, pero los actos de un hombre se rellenan con muchos materiales, y esos actos rellenan al hombre, y ya no es un saco vacío. Regreso al fútbol, Anton, porque mi fe regresó, ayer vi a un hombre henchido de fe, vestido de negro, un hombre hermoso que brillaba en la noche bajo los focos eternos, y vi a muchos hombres que se completaban con la mirada de ese hombre, queriendo ver lo que él veía, esa foto retocada del futuro que fue al final presente porque muchos eligieron creer. Uno debe elegir creer, porque no tenemos tantas posibilidades de elegir a veces y hay que elegir siempre que nos sea dado.

No fue un acto vacío el ejercicio de fe de esos hombres. La fe no es un acto vacío, sino un hombre arando un campo yermo y volviendo a ararlo. La fe es un esfuerzo descomunal, no una tarde sentado en un puerto mientras la luz se vuelve antigua. Yo vi hombres luchando con fe y desde la fe y por la fe, oí sus gritos, olí el sudor y la sangre recorrer como si fuese el último viaje los vasos sanguíneos de los músculos. Vi el partido y vi la vida con un esplendor nuevo, casi desconocido, feliz. No creo a aquellos que dicen que se cansaron y que han perdido la fe, porque no los veo detenerse y dejarse morir, dejar que la luz se les haga antigua sobre la piel; los veo avanzar, sin detenerse, sin descansar, como usted me recomienda. Miro sus ojos, los miro a sus ojos, y es como mirar el pasado pero también mirar un futuro que te pone el pie para que tropieces pero te da la mano para que te levantes. Refugiados en el miedo, sin reconquistar la esperanza, así los miro, así los veo. Pero ayer, amigo Anton, yo vi la fe llenar el mundo. Quiero ser un general de la fe, amigo mío, como ese hombre. Quiero ser hermoso como ese hombre y conducir a las multitudes, que es como decir a otro hombre, me bastará con coger de la mano a otro hombre, a uno que aún le brillen los ojos aun cuando repite que está cansado y que perdió, creyó haber perdido, la fe. No me detendré, amigo mio, como me recomienda, no me detendré, gracias por su carta. Yo recuperé la fe, ya no me detendré, no sé qué copa alzaré ni si apurarla será amargo, pero ya no me detendré.

 Suyo

 Erre

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