Pollos de colores

De pequeña entre las cosas más intrigantes y fascinantes para mí estaban los pollos de colores; juguetes calientes como una persona, que se movían sin pilas, que sin pilas hacían ruido, que se cagaban por todos lados. Que un buen día, del mismo modo increíble en que había llegado, aquel pollo verde con su caja de cartón agujereada desaparecía de la terraza y nadie sabía darte una buena explicación. Habrá salido volando, decían.pollos de colores

Él andaba siempre vestido impecablemente; y siempre atento a mí. Me tenía tan hipnotizada que le propuse que se viniera a vivir conmigo. Y bueno, ya en casa se sentaba en la cocina, mano sobre mano – o mano sobre mí, lo que estaba bien al principio pero resultaba casi ácido al final -, aguardando la comida. Luego cruzaba la casa como un falso mariscal y en todos los rincones su mierda de orden maniático quebraba los equilibrios que en un caos de años tanto había tardado yo en conseguir. Así que una tarde, harta de no encontrar nada donde yo quería, de su falsa perfección de pavo real, cogí sus cosas en un montón, las metí en una caja y las tiré a la basura. Como supongo que hacían mis padres cuando el pollo de colores se moría.

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