En la Avenida Sinécdoque tome la primera salida

Tarde. No sé sabe si hace más frío fuera o dentro, si la luz entra o se fuga de la estancia. Concluida la topografía del techo pienso, voy a llamar a K -entrada enlazada, soy un animal de costumbres fijas- Suenan las señales que anticipan al otro que alguien está en serio y cierto riesgo de abulia. Contestan en checo, pero yo a lo mío, Qué tal, K, cómo lo llevas, Pues algo enfadado, dice en un intento de correcto español: me lo veo venir. Mi padre tal, mi padre cual: el mismo cuento distinto, pienso gaboesco. Dejo correr un rato el caballo por la pradera -otra entrada enlazada, qué sobrado voy ya en el primer párrafo- y cuando ya lo noto cansado lo devuelvo al establo, Te dejo, llaman a la puerta y estoy solo, ya hablamos, chao.

Estoy solo. No llaman a la puerta. A ver qué haría Fredric Brown ahora. Recurro de nuevo al teléfono, un número tras otro hasta que las señales de alarma suenan en la vacía casa de Robert W. Cuelgo sin esperar a que salte el contestador, Este se ha ido a dar un paseo, como si lo viera -ea, una entrada más enlazada-. Quedo mudo de nuevo. Tras un buen rato de estudio concluyo que sería capaz de recrear el trazado de la Baixa en las líneas del parqué -parqué, parque, una sombra nada más para dos significados; par(a)qué, una mísera a nos eleva desde el suelo a las grandes cuestiones: diletancia, abulia-. Me pasmo de nuevo. Y de nuevo mi ánimo deriva hacia el teléfono, tras haber tomado y soltado un libro de F W, uno de C, uno de S, uno de B, uno de F, uno de V, uno de ni sé: es duro tener los números de la gente y la casa atestada de libros y la voluntad cegada no se sabe bien por qué. Rebusco, vencido, en la agenda, marco prefijo, hay olor al Cais de Sodre que llega a través de los impulsos electromagnéticos -espero que lo sean, porque pegaba poner esa palabra ahí para justificar la absurda construcción literatosa-, los ecos intermitentes de mi desinterés por el mundo rebotan en las colinas y podrían oírse desde el Castelo mientras el día se ahoga en el Atlántico.

Alguien ha contestado mientras me mojaba la mirada, trastabilleo, atino al fin, Hola, ¿posso falar com Alberto? Y entonces me doy cuenta, la Baixa en el suelo, el techo catastrado, la biblioteca deshecha, nadie llama a la puerta, esto podría ser un desastre, podría no ser Alberto, podría ser Bernardo, podría ser Alvaro, alguien prendería la gasolina que lleva todo el día derramándose y la miraríamos arder despacio, consumiendo el oxígeno y la voluntad, No, Alberto nao está em casa, eu sou Ricardo. Hola Ricardo -en lo sucesivo traduzco directamente, que me cobran más por alojar esto si lleva varios idiomas-, cómo estás. Ah, eres tú, qué tal. Pues, mira, aquí. Ya te veo. Y pienso que ha habido suerte, Ricardo no tendrá ganas de echar el rato divagando, lo raro ha sido pillarle y que no esté asomado con Fernando a algún mirador. Y no me equivoco. Oye, pues tengo que salir, te dejo, le diré a Alberto que has llamado. Muy bien, dale un abrazo a todos y otro para ti. Bien, un abrazo, adeus, adeus.

Meto los dedos entre las hojas de los libros que están sobre la mesa, mirándose unos a otros, extrañados los más nuevos, acostumbrados los que llevan más tiempo cogiendo polvoFotografía de Felipe R. Navarro en casa. Volteo al azar, leo una o dos líneas, cierro, abro otro. Y así. Luego compongo una o dos sinfonías con las yemas de los dedos sobre la mesa. Las estreno inmediatamente sin ningún éxito, y la empresa suspende el resto de representaciones.

Luego nada.

Nada que hacer. Qué hacer. Nada que querer hace. Qué poder hacer. Nada que poder hacer.

Me acuerdo de un mensaje de mi amiga Paloma Mari Beffa: el aburrimiento y el cansancio son procesos opuestos que concluyen en una misma conducta desinteresada y despistada. ¿Debo elegir? La inacción, ¿qué nos revela, del mundo, de nosotros?

¿Hay que interpretarlo todo, debe ser todo interpretado? ¿Algo se basta y se agota sin nosotros? ¿Todo, quizás?

Tarde. Parte del día. ¿El día? Todo es fragmento de algo. Pero habituado a una existencia fragmentaria olvido, o no recuerdo, que el fragmento es algo en sí mismo. Que no sé si basta, sin embargo. Pero debiera. La consecuencia de la inacción, de aburrimiento y cansancio mezclados pero no agitados porque agitar cansa más, es el exceso de análisis y digresión, trenzar y trenzar nudos que nada atan ni sostienen, porque el auténtico interés es en realidad ese, nada atar ni sostener, fabricar el gesto de los malabares sin que vuelen los objetos porque los objetos -las personas- cansan y aburren. Sería el momento, me digo, de tener un coche rápido, realmente rápido, subir al coche y conducir a toda velocidad a favor del giro de la Tierra, no para llegar sino para agotar kilómetros y que nuestra estela finalmente se borre, se confunda y disuelva finalmente hasta hacernos indistinguibles con la luz de fondo del día. Nada ayuda tanto a la reflexión contemporánea como las autovías, el mundo resumido en tonos de gris compactado y líneas que parecen tener un fin, con medio tanque aún lleno -no sería nunca un tanque medio vacío ese tanque de combustible vibrando en la tarde en las tripas de un coche rápido-.

 Ojalá tuviese un coche rápido. Muy rápido.

 Suena el teléfono y ni miro el número para saber quién es. No pienso cogerlo.

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