Una tesis sobre las diversas manifestaciones del principio de igualdad en las sociedades occidentales contemporáneas

Tres hombres compran, casi a la vez, un paquete de patatas fritas -uno cada uno, se entiende-. -Uf, cuidado que tiene esto aspecto de que empezamos pronto con las digresiones-. Los tres pagan con tarjeta de crédito. Omito la descripción física de los mismos. En cuanto al paquete, es negro brillante y promete en letras doradas extra crujidos, aceite de oliva, y tradición -en las patatas fritas también existe un combate entre tradición y vanguardia, un combate entre el punto de sal y el sabor a pollo asado o barbacoa- -lo dicho, una vez se empieza con las digresiones no puede ya pararse-.

 El primero de los hombres, siguiendo el orden de la atención narrativa que le prestamos, devora el paquete compulsivamente nada más llegar a casa, lo abre, se come la primera, y ya no puede parar -anda, mira, igual que si fuese una digresión: patatas fritas de bolsa y digresión guardan sospechosas semejanzas, al parecer-. Es un hombre semi hundido, un semi hombre a flote. Sin trabajo, sin ingresos, sin nada que hacer ni nada que querer hacer en ese estado. Salvo comer patatas, y que pase el tiempo.Una bolsa de patatas fritas

 El segundo hombre, siguiendo el orden de la atención narrativa que le prestamos, devora el paquete compulsivamente nada más llegar a casa, lo abre, se come la primera, y ya no puede parar -ya, ya, lo de la digresión anterior, que se parece esto a las patatas fritas, que lo mismo ni son buenas para la salud, física, narrativa, pero es la saborear la primera y un no parar, oye-. Es un hombre acosado, no le va mal pero tampoco bien, el tiempo lo persigue con obligaciones, y a veces se fuga a paraísos accesibles como el de comer patatas. Toda la bolsa de una vez.

 El tercero de los hombres -ya, ya, siguiendo y todo eso-, sí, el tercero, no interrumpas, por favor, siguiendo el orden de la atención narrativa que le prestamos, devora el paquete compulsivamente nada más llegar a casa, lo abre, se come la primera, y ya no puede parar -tenía toda la pinta de que iba a ser así; pues esto no sienta bien a nadie, ni a los relatos, ni a la salud, el exceso digresivo es como las grasas hidrogenadas, te lo advierto-. Es un hombre que diríamos exteriormente feliz, sin apuros, con gente que hace cosas en su nombre que debiese él hacer en otras circunstancias menos favorables, con control sobre su aspecto, que cuida la alimentación -anda, hombre, ¿dieta y se hincha de patatas fritas?- y practica deporte. Pero en ocasiones siente que algo se desplomase, y entonces hace algo así, se compra un paquete de patatas fritas y se lo zampa del tirón, al carajo el control de las calorías y los abdominales hipopresivos: adentro la bolsa entera.Una bolsa de patatas fritas

 Me extraña que no hayas hecho alusión al asunto de las tarjetas de crédito.

 Iba a eso, pero interrumpes demasiado con el tema de las digresiones. El primero de los hombres paga con tarjeta de crédito; la tarjeta quedará impagada en algún momento, ese día en que la cajera le dice que la tarjeta no pasa y el hombre intenta elevar su perfil en busca de la dignidad pisoteada que como el alma huye de su cuerpo -ahí has querido colar una digresión religiosa con la excusa de la metáfora-, y entonces pretexta problemas con el chip, siempre me pasa igual, vaya banco, dice elevando algo la voz para ocultar el rumor de la vergüenza, déjeme ahí la compra y me acerco al cajero, o a casa, ahora vuelvo, muchas gracias, hasta ahora: y no vuelve, claro, no ese día, ni esa semana, quizás. Rebusca en casa, otra tarjeta que aún sea devorada por las máquinas con mediana satisfacción. Rebusca en su despensa, apenas queda nada, ojalá encuentre al menos un paquete de patatas con el que mantenerse a flote, un día más. Su tarjeta es su salvavidas.

 El segundo de los hombres paga con tarjeta de crédito. A veces la tarjeta se desfonda, como él, pero al cabo consigue recuperar el ritmo -él, la tarjeta-, la tarjeta le permite equilibrar, premiar, sobrevivir moderadamente a las ficciones de la felicidad. Quisiese llevar dinero en la cartera, el tacto de los billetes es el tradicional tacto del éxito, pero el problema del dinero es empezar a pagar con él y ya no poder parar -como las patatas fritas y las digresiones, entonces- y entonces recurre a la tarjeta, que es otra ficción del bienestar moderno, la confianza envasada con letras doradas y plástico de calidad.

 El tercero de los hombres paga con tarjeta de crédito. Cómo si no. Llevar dinero efectivo esUna bolsa de patatas fritas de mecánicos o de fruteros o de turistas. No tiene ni idea de qué paga, ni cuándo: sólo paga. Las relaciones humanas reducidas a teclear el pin, número de identificación correcto, operación aceptada, retire su tarjeta. A veces sucede, no va la tarjeta; problemas del terminal averiado. Qué hará ese día el hombre que se compra un paquete de patatas y lo devora nada más llegar a casa, cómo sobrevivirá al naufragio, a qué ficción recurrirá para recuperar el paso perdido. Ese hombre, ese día, es un hombre infeliz.

 ¿Y el resto de días?

 ¿Qué?

 ¿El resto de días ese hombre es feliz?

 No tengo ni puta idea. ¿Por qué lo preguntas?

 No sé, simple curiosidad. De todos modos, ¿todo esto a qué viene, lo de las patatas y eso, querías montar una tesis sobre la felicidad, o sobre la compulsión, o sobre el mercantilismo, o sobre las comisiones bancarias, o sobre la alimentación, o qué? ¿No íbamos a ver el fútbol?

 No sé, no sé a qué ha venido.

 ¿Tienes patatas? Se me han apetecido unas patatas.

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