Cuentética

Una poética del cuento, pues ni idea. Yo he leído muchos cuentos, y he escrito algunos – de éstos, a posteriori, he entendido a veces su porqué, su para qué, hasta su para quién -. La tarde que pensaba dedicar a estudiar teoría del cuento en serio, y seguro que dos o tres tardes después ya habría logrado la piedra filosofal del cuento, miré primero el correo atrasado de leer tanto cuento, y cuando vi la de facturas que tenía por pagar se me olvidaron hasta los argumentos y tuve que ponerme a trabajar en otra cosa. Episodio desgraciado éste, pues con la piedra filosofal del cuento yo hubiese hecho cuentos como churros, y al precio que van los churros, más caros que los cuentos, hubiese acabado mi titánica disputa con las deudas, que tanto tiempo y ganas de reflexionar sobre qué sean los cuentos, cómo se practican, su poética, me quitan. De haber sido más rico, claro, yo hubiese hecho grandes cosas en el campo de la teoría, seguro, decálogos y dodecálogos definitivos, los cuentistas sólo me citarían a mí.

En vez de eso, una cuentética, algo más llano. Me paso el día asaltado por historias que despacio, muy poco a poco, van abriéndose camino. Me recuerdan mis cuentos a los bichos de las películas fantásticas, durante meses van creciendo sin sentirlo dentro de mí, y de pronto un día rompen la piel y salen al folio, y me lo ponen todo perdido de frases. Lo que deba decir tras escribirlas me parece que pudiera resultar pretencioso, ridículo, como esos cinéfilos de pega que ensalzan la fotografía y la iluminación a la salida del cine. Porque cuando acabo un cuento me interesa de él que sea capaz de iluminar un fragmento de la vida, que ese instante cerrado que es el cuento pueda contenerla. Un cuento salva una Polaroid Road-Fotografía de Felipe R. Navarroexistencia de seguir siendo plana y anónima; salva mi vida de cuentista, pero sobre todo mi vida de lector, la que más me interesa. La lectura de un cuento nos deja exhaustos al borde de la calle por donde se ha corrido la carrera del cuento, nos falta el aire, sentimos los músculos hechos corcho, los ojos cristalizados incapaces durante rato de fijarlos en algo más: el cuento, creo, quizás sea el género más exigente y técnico para el lector, puede que también para el escritor. Acaso por esa dificultad el que más intimidad requiera, el que más fraternidad provoque. Y provoque también más vigilancia; a muchos lectores les han metido en la cabeza la idea absurda de que sea un género menor, o esa bobada de la anemia del cuento – luego además los confunden con esas paparruchas de “cuentos de circunstancias” que publican los diarios en temporada baja de insultos políticos y lesiones deportivas -, así que el resultado final de tanto cuento sobre los cuentos es esa sensación –que mi médico, sin embargo, achaca al abuso de los picantes- de que sólo somos los cuentistas quienes nos leemos unos a otros, por placer y fraternidad, sí, pero también por vigilar la competencia, por honrarnos pero también para asegurarnos de que los amigos cuentistas no nos tomen mucho la delantera.

Texto incluido en Pequeñas resistencias. Antología del nuevo cuento español (Editorial Páginas de Espuma, Madrid, 2002).

 

 

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Una respuesta a Cuentética

  1. mariola dijo:

    Menos mal q el mantel es de hule. Se te desparraman, y encima grasientos…

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