La vida en los tópicos

Un hombre anda a través de una llanura desierta. Lo hace en todas las direcciones. Eso no es posible, me apunta mi amigo Robert W. Déjame terminar el símil, le digo. Aun así, Robert mantiene la protesta, porque Robert W. ha hecho de andar casi una profesión, una vida, y las metáforas sobre el paseo le resultan especialmente dolorosas. Le calmo, Déjame acabar, dobleuve, le digo en broma. Estamos sentados en la terraza, frente a un té caliente y a una tormenta que se agota silenciosa al otro lado del cristal frío. Un hombre camina por una llanura desierta, lo hace en todas direcciones, sin hallar nada, no conoce ni el espacio ni el camino, un camino que no aparece señalado, como si no existiese. Miro la cara de W., que atiende, ajeno al diluvio.

Un hombre camina, y en una de las direcciones en las que avanza descubre, a lo lejos, un volumen informe, que crece y crece y se define mientras avanza. El rostro del hombre, de pronto, se ilumina, cuando advierte que su forma es la de una forma conocida. El rostro del hombre, de pronto, se oscurece, cuando advierte que la forma lejana le resulta, de momento, absolutamente desconocida. El hombre avanza, ahora a buen ritmo, animado por la forma conocida. El hombre, ahora, avanza receloso, expectante, mientras el volumen adquiere forma pero desconoce la forma y desconoce qué sucederá cuando de nuevo avance, un paso más.

Robert mira ahora el fondo de la taza de té sin posos, es decir, sin esperanza de leer nada en su fondo. Le sirvo más y mientras estiro el brazo hacia la leche me apunta una cita de Ribeyro, Nos paseamos como autómatas por ciudades insensatas, y continua, ahora hablando de Wittgenstein y de su idea del lenguaje como una ciudad en perpetua construcción, a la vez que remueve el azúcar, y queda luego absorto en el vórtice del torbellino que ha provocado. Quizás es que habitamos las metáforas, concluye al rato, que existir es habitarlas y que vivir sea hacerlo de modo consciente, habitar de modo consciente las metáforas. Mi amigo W. es así, un perdiguero de argumentos, basta insinuarle la pista y se lanza tras ella mientras sorbe a pequeños sorbos un té.

¿Vivir sea una literatura del como? Recorremos, tu personaje de antes, la llanura para hacerla un lugar común y poder avanzar en la noche, cuando el camino parece como si no existiese. Desentrañamos de modo permanente un silogismo. Robert W. y yo somos capaces de estar así horas, quizás las horas más valiosas del día para Robert cuando no está paseando: cuando se detiene pasea entonces entre argumentos peregrinos, recrea calles empinadas o avenidas sombrías. Nos lanzamos frases W. y yo, y sobre todo W. se las traga sin pestañear, sin alterarse, un paseo bajo una lluvia lenta que aparentase no mojar; casi ajeno parece a veces, quizás porque en realidad está desentrañando ese camino sin señales de que ha oído hablar dos párrafos atrás. W. sí que habita las metáforas, sí que procura hacer que la llanura se transforme, paseo a paseo, en un lugar tan común como la terraza que habitamos en ese momento, ganando a los espacios su conocimiento. Y coincidimos ambos en hallar los mejores argumentos en ese paseo, porque yo al menos llevo tiempo, ya años, haciendo caso al gran Poli G. Navarro y escribiendo en las conversaciones, que es donde mejor escribo, me agota la existencia del papel, su necesaria, angustiosa, innecesariedad: un síntoma del No, el enésimo. Y en cuanto a Robert, bueno, Robert sólo descansa en la conversación para seguir haciendo al rato del mundo una periferia en la que su modo de habitarlo fuese el centro. Y entonces recojo del suelo su argumento, se me había caído contando esto, ¿vivir es una literatura del como? Y le digo, Pues quizás sí, W., en definitiva tratar de ser como otros, aprender en la imitación sólo para descubrir una tarde que somos nosotros pero sin saber exactamente qué somos nosotros. Y contar y contar y contar para saber qué somos y que somos, y entonces ser, somos, lo que contamos, lo que contemos, e incluso y aunque sólo fuese para negarlo lo que cuenten de nosotros. Seríamos todas esas palabras.

¿Y entonces para qué lo contamos? ¿A quién le importaría? Robert me mira de soslayo, está atento al devenir de la tormenta que se rearma a lo lejos, en el horizonte limpio, vacío ahora de lluvia. No sé si está atento a lo que pueda ahora decirle pero se lo digo, se lo digo porque decirlo sería la justificación del argumento, Lo contamos por si acaso, Robert, por si lo hubiesen olvidado, y por si lo hubiese olvidado yo, y para no olvidarlo yo. Y también yo miro en ese momento la tormenta, el arrugado toldo del cielo mitad champaña mitad grafito, y para intentar aligerar la masa nubosa que parece haber entrado en los argumentos de la terraza, le pregunto a W.:

¿Tú crees que las rubias son tontas?

No sé, ¿tú crees que todos los judíos son avaros?

¿Y tú crees que a todos los españoles les gustan los toros?

A ti sí, intenta zanjar Robert. Vuelve de nuevo a perderse en una avenida argumental, en dirección sur. En realidad me preguntas si es posible vivir en un tópico, incluso reducir el mundo a figuras retóricas, el mundo contable, el mundo que existe porque estemos en él para contarlo. Existe una piedra y existe una frase que imita a una piedra al decir, Es una piedra. Arrojar una piedra es como arrojar una frase, uno juguetea con una piedra o al rato se enfada y arroja una piedra y esa piedra hace añicos un espejo, un tópico. Habitar los lugares comunes, las frases hechas, pasar las vacaciones en los tópicos. Habitar la frase Como en casa no se está en ningún sitio; estar solo en un lugar común. Que seamos juegos de palabras es una posibilidad, trucos verbales para hacer comprensible una realidad en la que no hay palabras. Mira las gotas fingir que se quedarán detenidas en el cristal: Afuera no hay palabras, dice.

¿En casa de quién? Cómo, me interroga Robert. No se está en ningún sitio como en casa de quién. Ah; es una frase hecha, un lugar común; la sensación de leer un relato en el que te reconoces. Mira hacia la izquierda del horizonte, las montañas frenan al ejército de pesados y fríos ovillos, acamparán allí unas horas. Yo diría que como en tu casa no se está en ningún sitio, desde luego se está mejor que en la mía; ríe por la ocurrencia, mira las tazas vacías, zarandea la tetera sin agua, y entonces se levanta de un salto, como un niño que ha descubierto un nuevo juguete, Vamos, vamos a dar un paseo, persigamos esa tormenta.

 

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