El fracaso perfecto

Vamos camino del aeropuerto. Mi amigo Joseph Ka -ver dos entradas atrás- regresa, si alguna vez se fue, a su pequeña calle helada; va mirando las nubes. Más allá de las nubes. En la última rotonda, como un mantra muy usado -¿como una manta muy usada?- comienza a repetir las quejas sobre su padre y la tensa relación con su padre. Le oigo del modo en que oigo a los limpiaparabrisas cuando llueve. Y al poco, antes de entrar en eso que llaman zona aeroportuaria, concluye:

-La historia de una familia es siempre la historia de un fracaso.

Exageras, le digo.

No, no lo hago. Podría recurrir a algún argumento de autoridad, parientes con cola de cerdo que se repiten cien años después, pero no hace falta. La historia de una familia es siempre la historia de un fracaso del mismo modo que un texto es la historia de un fracaso al escribirlo. También para esto puedo recurrir de nuevo al argumento de autoridad, Pessoa, Faulkner, Onetti -Quiero decir que no hay más remedio que conformarse. Cuando uno se propone hacer algo, nunca corresponde el resultado al propósito-; no hace falta, creo.

Y continúa: La historia de una familia es, si lo quieres, la historia de una vía férrea. ¿Dónde van a dar los raíles sin fin? Si un raíl es un río, el raíl desemboca en algún lugar, pero ese lugar no es el mar, sino un muro alto, un obstáculo insalvable para un mecanismo que rueda amaestrado aunque la apariencia sea la de un viaje confortable, seguro, hermoso, quizás con una peripecia narrable -pero esa narración será un fracaso, me temo-. Las vías van a dar contra una pared pintarrajeada o una acumulación de arena sucia: contra nada. Y dará igual la longitud del trayecto, siempre acabarán allí, contra algo, algo sin sentido. Son simplemente así. Las putas vías.

Qué animado vas, le digo, con tanta retórica ferroviaria; pero no le doy más pié porque cuando se pone así no hay quien lo aguante, y lo mismo es el efecto anticipado del frío praguense, la nostalgia mezcla mal con el helor y la sombra; con luz acaba en saudade, pero con oscuridad cae en el vaso espesa, como si el vodka fuese una de esas mierdas caramelizadas que venden ahora en botellas de aluminio. Así que cuando aparcamos con dificultad y en doble fila en la zona donde no se puede aparcar le doy un abrazo, y dos collejas suaves y cariñosas, y le digo Tío, lo mismo debieras escribirle una carta a tu padre y quitarte el asunto de encima.

Voy pensando en lo que ha dicho, cuando quizás ya su avión destroza a velocidad supersónica un archipiélago de nubes rosas. La historia de una familia es siempre la historia de un fracaso. Llego al atasco, ese invento posmoderno para alentar el microensayo, y a cada frenazo se repite la frase como si Ka la hubiese dejado sobre el asiento de atrás sin cinturón y rodase suelta.

En cuatrocientos metros y quince puntos muertos concluyo que lleva razón, y no sólo eso: la historia de una familia es siempre la historia de un fracaso perfecto. Es el eterno retorno del fracaso, un círculo infranqueable, inexpugnable por tierra, aire y mar. Nada fracasa de modo tan perfecto como una familia. Y no me refiero a eso que decía mi querido Rafael Pérez Estrada, lo de ser abogado del desamor, no. Me refiero a un acantilado casi sin fondo sobre el que mil -decir mil es como decir infinito, como cualquier niño sabe- camiones basculan cada mañana toneladas de esperanzas frustradas, que se reciclan para ser modernos y ecológicos hasta en eso, y que puestas en circulación de nuevo acaban al poco en la caja del camión que llevo a mi lado en el atasco, la lona azul de protección comida por el sol y la lluvia y el frío.

Una vez puesto en marcha, el movimiento de una familia es un movimiento perpetuo, un péndulo que vuela sin resistencia. Somos los que somos para ser otro o contra otro, de ese modo se alimenta el fenómeno paterno. En un lado hay un hijo que ve cómo rompen como una ola, sin posibilidad de reconstrucción, sus sueños. Lo asume. Crece, se reproduce, reconstruye una suerte de marea con una jarra de agua, y la sirve al hijo. Y el hijo, sí, el hijo ve, siente el esfuerzo, puede leer la historia de ese empeño de dioses en cada gesto de su padre, pero eso no es suficiente: él no quería una ola. El padre no estará a la altura del intento, reconstruir una ola, el hijo no estará a la altura del esfuerzo, reconstruir una ola. La ola golpea contra el acantilado, desaparece sin más en un estruendo que moja a ambos. Uno quisiera que el otro viviese una vida perfecta, otro siente que uno no le consultó sobre ese adjetivo, sobre qué contienen los adjetivos. El gran misterio, la gran expedición contemporánea, una vez pisados los Polos y con el Ecuador en manos de golfos, una vez catastrada la arena del desierto y el número de árboles a talar, es saber qué contienen las palabras. La palabra padre. La palabra hijo. La palabra amor. Ni la NASA ni la ESA ni la CNSA ni la RKA trabajan aún en esas expediciones. Mientras Joseph Ka vuela a través de las capas de la atmósfera su padre piensa que su hijo quizás no es lo que él esperaba, y siente también que tampoco ha sido él el padre que debió ser. Mientras Joseph Ka se niega amablemente a comprar estúpidos objetos diutifri y juega con el hielo dentro del vaso de plástico siente que su padre no ha sido el padre que debió ser, y piensa que acaso tampoco ha sido él el hijo que cualquier padre hubiese esperado. Detengamos donde detengamos el movimiento de ambos podremos trazar una línea que circunvale una y otra vez todo el globo, un círculo perfecto que no cesa de repetirse.

Oigo un cláxon empecinado en que concluya el microensayo y en que avance diez míseros metros, miro por el retrovisor y veo a un tipo gesticulante, levanto la mano para que se calme y digo en voz alta -yo hablo mucho solo y en voz alta-, me cago en tu puta madre, lo que demuestra que la historia de una familia es un fracaso perfecto, siempre. Nueve frenazos más y podré girar a la derecha y llegaré al trabajo, y desconecto el navegador porque nada hay tan pretencioso como un navegador, ha llegado a su destino, repiten, qué cojones sabrás tú acerca del destino, máquina capulla. Y cuando paro cojo el móvil y le mando un guasap al Ka, le digo Olvida lo de la carta, no creo que arregle nada. Se lo pongo en checo. Y estoy tentado de ponerle también Sólo el amor nos salvará. Pero no lo hago. Mi checo no da para tanto.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Paseos. Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a El fracaso perfecto

  1. Mariola Naranjo dijo:

    No se puede amar a la fuerza, por obligación, por el respeto debido, por gratitud o amar por debilidad o miedo. Se ama o no se ama. Amar a alguien es algo q ni se puede evitar ni provocar ni rescatar cuándo ya no existe. La familia es un ADN en común. El amor es otra cosa. Por eso nuestro concepto esclavo de familia no funciona y nos hace tremendamente infelices.

  2. Antonio dijo:

    Por tanto, al término familia hay que darle otra dimensión. Por ejemplo, que incluya a cualquier persona, animal o cosa que esté envuelta en ese amor que nos salvará…si aprendemos checo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s