Animales tristes

Tus vecinos son gente amante de la naturaleza, me comenta, con gesto de observador que ha alcanzado una conclusión definitiva, Joseph Ka. No hay que confundir a Joseph Ka con Joseph K., aunque ambos sean checos. Yo conozco a Joseph Ka y también a Joseph K., y no los confundo, no es tan difícil una vez que uno los trata un rato. Tus vecinos son gente amante de la naturaleza, me estaba comentando Joseph Ka, ambos sentados en una terraza frente a la playa alisada por el otoño. Y en checo, por supuesto, dado que yo, como todos los grandes hombres, hablo algún idioma en la intimidad, que en mi caso es el checo.

Miro el cielo y luego a Ka, y al rato le pregunto, contestando, en español, porque yo le hablo en español para españolizarle, que es la alta tarea que los Ministros nos han impuesto para con el resto de la raza humana y varias que no lo son.

¿Por qué dices eso?

Todos tus vecinos tienen coches todo terreno.

Mantenemos el silencio. Las gaviotas pisotean la alfombra de arena y nos miran de vez en cuando, y Joseph Ka las imita y me mira y me dice:

Y tienen perro.

Yo asiento agitando en la coctelera de la garganta aes y emes y haches aspiradas. Una gaviota me mira fijo, como si me conociera de frecuentar algún banco de peces o algún muelle de turistas despistados. Y entonces Joseph Ka concluye su reflexión, antes de sorber ruidosamente el final de un café negrísimo:

Es un buen país éste para criar hijos, mucha igualdad entre hombres y mujeres, los horarios laborales son buenos, los padres llevan a los niños a los colegios y luego pasean a los perros, y la gente aprecia el campo. Es un buen país, sí.

Y se acaba el café.

La gaviota ha dejado de mirarme, yo tampoco acabo de aclararme si nos conocemos de algo. Tamborileo sobre la mesa, y las aves parecen asustarse por ello, aunque el ruido ha sido leve, lo juro, casi un roce metálico, bruñido, pero todas saltan de golpe y despliegan enormes alas blancas y grises que se confunden con el cielo indeciso de octubre -pongo todas estas frases así como literarias para que se vea que trabajo estos textos al modo clásico y que no son una mera ocurrencia entre vermut y gintonic-. Y lo que queda en la arena es el rastro de lo que fue, una felicidad de congéneres que ya no están y cada una por su lado desintegra las nubes que abrigan el horizonte -con mil o dos mil frases de éstas, más diez templarios, tres del Opus, dos magos con espinillas, una tía jadeando atada con grilletes de mentirijilla, y seis excombatientes de la Guerra Civil (tres por bando, claro) hago yo una novela en pdf o en ebook y la cuelgo en el internet y quedo como un señor, como un señor gilipollas, y así he enlazado esta entrada con la anterior, que me gusta a mí que unas entradas se acuerden de otras siquiera un ratillo-. Y pienso que debo españolizar más a Joseph Ka, que no se entera de un pimiento y que cree que la vida es tan simple como trabajar en una compañía de seguros y quejarse de su padre y hacer a un caballo abogado. Y entonces me acuerdo, Je me souviens, I remember, More I remember. Me estoy tomando un té sin magdalenas, yo que mucho tiempo he estado levantándome temprano, y me acuerdo. Muchos años después me acuerdo, y de pronto y como convocado por la reflexión otoñal de Joseph Ka un hombre de unos cuarenta -¿un joven de unos cuarenta?- aparentando 50 pasa frente a nosotros ignorando el aleteo solemne y lejano, mirando cómo mira y anda su perro delante de él, una mierda de perro enano y canijo y peludo y gris y sentimental. A la vez que Joseph Ka pide al camarero en mal español un agua con gas -debo españolizarlo con más interés, sigue hablando fatal-, mientras miraba al perro y miraba al hombre, me ha venido a la cabeza, me acuerdo de un verso de Mandelstam, Éramos gente y ahora somos gentuza condenada.

Amigo Ka, voy pensando, primero hay un niño. Un niño que despierta un lunes y cuando lo hace allí está su padre, que nunca está a esas horas, que desayuna con él y su madre, sin afeitarse, signo de que ese día es fiesta, fiesta para el padre pero no para el niño que tiene que ir al colegio. Y es el padre quien lo lleva ese día al colegio, se suben niño y perro y padre en el coche, y es una fiesta el mundo, y el padre y el perro lo acompañan a la puerta y allí lo besa y el perro mueve la cola y la cabeza y olisquea feliz otros perros que tensan las correas aquí y allá. Y cuando el niño entra, padre y perro quedan en la acera, y caminan en silencio en la mañana que se ha apaciguado de pronto tras el estrépito de la entrada al colegio, y llegan y lo recorren, el parque cercano al colegio, el perro y el hombre, ensimismado éste, entusiasmado aquel, distintas perspectivas ante la misma novedad. Y luego hay un rumor de motor potente, un motor capaz de hacer trepar a un automóvil por un cortado del terreno más abrupto.

Eso el martes también, y con reiteración el miércoles, copia fiel del original el jueves, y aun el viernes, para no ser menos. Los días se amontonan, y ese montón al cabo ni el motor más potente ni la tracción más brutal serán capaces de remontarlo.

Un día el niño contento de ver a su padre cada mañana se cansa de preguntarle por qué tiene tantas vacaciones; simplemente está allí. Y está también, lo mismo que estaría un mueble nuevo recién montado, un enorme y pesado silencio; un mueble que no cupiese en el todoterreno ni echando abajo los asientos, un mueble que ocupase cada estancia y casi cada conversación si los muebles fuesen capaces de llenar las conversaciones, está el padre y está el silencio, y el padre es como si no estuviese, se confunde con el sofá, la madre sigue ayudando al hijo a hacer los deberes y el padre ahorra en afeitados y lee periódicos gratuitos y los juguetes embolsados que acompañan a las hamburguesas ya no se renuevan cada semana, ni siquiera cada dos semanas. El coche del padre aparenta que hubiese intentado remontar una colina sucia, aunque salvo dos veces jamás haya pisado el campo.

Y luego está el perro. El perro va cada día al colegio, pero a la puerta del colegio, claro. Cuando el niño entra padre y perro caminan en silencio atravesando la mañana, alcanzando el parque cercano perro y padre, ensimismado éste, ensimismado aquel. Los perros olisquean ahora los parques en las mañanas acompañados de hombres que acompañan cada día a sus hijos al colegio, que los acompañan a la fuerza o por la fuerza, la misma fuerza violenta que hace innecesario que se afeiten cada mañana, ciega la fuerza ante el hecho de que alimentar y mantener ese motor que era capaz de trepar una cordillera acaso ya cada vez es menos posible. Temblorosos los perros en los parques porque olisquean en los parques la amenaza que se cierne, una amenaza que ha eliminado de sus vidas las caricias del mismo modo que el pienso caro. El animal olisquea la amenaza de la nueva rutina, pasear al perro en las mañanas sin nada que hacer, un perro que se detiene a veces tras mordisquear una rama o marcar un árbol, que inquieto mira hacia atrás para ver si ahí sigue su dueño, un dueño que mira a su perro y recuerda quizás el día que compró el perro y pagó ochocientos euros por él -que quizás pagó con el mismo cheque hipotecado que pagó el chalet adosado y el todoterreno-, y lo bien que le vendrían esos ochocientos euros para pagar el chalet y el todoterreno y que mira el todoterreno y piensa en lo bien que le vendrían esos nosecuantosmil euros para pagar el chalet adosado en zona residencial de nueva creación, junto a un parque que languidece florecido de bolsas rotas. Un parque en silencio, una casa en silencio, adosada a otra, con otro perro, otro niño, otro coche desproporcionado para el tamaño de la calle, también en silencio. Suciedad de ciudad en coches de campo.

Una mierda amantes de la naturaleza, Ka, concluyo pensando. Pero al fin y al cabo Ka está de vacaciones, buscando una felicidad luminosa que es como tender ropa blanca al sol de un domingo de otoño. A qué soliviantar a Ka, a qué entristecerlo. De modo que mientras miro al hombre que sigue al perro subrayo en el aire una palabra invisible y al momento el camarero trae la cuenta, y como Ka sigue mirando ensimismado la playa pisoteada por las aves saco el dinero y pago y le digo a Ka en español sarcástico, para españolizarlo, Coño, Ka, a ver si pagas alguna vez, que pareces judío, carajo.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Paseos. Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Animales tristes

  1. Mª del Mar dijo:

    Fantástico! Me ha encantado! Me alegra haberme suscrito a tu blog! Sabia mezcla de contenidos (observación de la cruda realidad y de la dura actualidad). Me ha recordado a la película “Los lunes al sol” … pues cada vez hay más gente que pasa todos los días de la semana al mismo sol … Espero que no me toque! Un saludo desde Almería! Estamos en contacto!

    Me gusta

  2. Antonio González Martín dijo:

    Navarro. Bello retrato de la desesperanza. Tu texto corta la respiración. No es la primera vez que me pasa con un escrito tuyo. Aún recuerdo el del pajarito.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s