Esos lugares en los que fui feliz

Una de las situaciones que más incomodidad me produce es la solicitud de alguien para que le recomiende un libro. Es como si ese mismo alguien fuese a una tienda y pidiese, sin más, sin otra explicación, una americana, o un jersey -un jersey que podría ser color azul tinta, por usarlo de hilo conductor con la entrada anterior-: ¿podría usted decirme algo más, talla, edad, altura, complexión, gustos, destino, sexo? No, sólo recomiéndeme una americana. Dado que hay más libros que americanas, el encargo literario se antoja más complejo que el textil.

Es obvio que tal solicitud responde a una previa situación que no podría sino agradecerse: piden un título porque presumen que la carne es triste y has leído muchos libros, y esa circunstancia genera confianza; mas yo quisiera declinar esa confianza, ese honor, que me abruma más que halaga a veces, y por un motivo muy concreto: yo no sé de libros. Es decir, creo ser incapaz de hablar de libros con inteligencia, con un criterio académico, casi forense. Creo ser incapaz de elaborar definiciones sobre éste o aquel, y por el mismo motivo incapaz por tanto de establecer taxonomías fiables más allá de mi propia vista. Sólo soy un tipo que lee. Una vez también escribí uno, sí, pero esa es otra historia.

Yo sólo sé de los libros que he sido y soy feliz con los libros. Al igual que la gente, en eso que llaman redes sociales cuelga las fotos de los sitios maravillosos a los que ha viajado, bahías vietnamitas, avenidas americanas, canales centrouropeos, fríos desiertos nórdicos, o si ha posado junto a algún famoso olvidable, yo quizás debiese colgar fotos abrazado a los libros a los que debo algo. Quien cuelga su foto en Manhattan es porque fue feliz en Manhattan; yo, que no he estado en Manhattan, podría colgar una foto mía leyendo esos versos de Lorca, Cuando la luna salga las poleas rodarán para turbar el cielo; un límite de agujas cercará la memoria, de Poeta en Nueva York, u otra foto leyendo en un autobús un viernes por la tarde Cuaderno de Nueva York, de José Hierro, porque cada libro es para mí un lugar en el que he sido feliz, inmensamente feliz a veces. Yo sólo sé hablar de los libros que me gustan contando la historia que me pasó cuando leí ese libro, que es lo que hacen esas fotos de viajes, esto es cuando estuve en Nueva York, esto es cuando estuve en Halong. Y por eso sé que frente a alguien que no lea mucho, o sin mucho criterio -esa expresión es tremendamente tramposa y pretenciosa, pues pretende aludir a que existiese un criterio de alta literatura, objetivable: no puedo llegar a compartir del todo la premisa, pues aun pensando que hay libros y luego resmas de papel impreso y encuadernado, no me atrevo tampoco a decir a nadie, cómo cojones puedes haber sido feliz en ese estercolero, por mucho que estuviese en Nueva York-, el espectáculo de oírme hablar de libros puede resultar en ocasiones insoportable si lo que se esperaba es que recomendase alguna kenfolletada -el neologismo es mío-, pero si logra el oyente superar esa fase y abrirse paso entre la fronda de pedanterías -lo que exteriormente entiendo que a veces pueda considerarse como pedantería- entonces verá a un hombre que está desmenuzando su corazón sobre una mesa a cuenta de una historia, que es la historia del libro del que hablo pero también la historia que pasó mientras leía el libro de qué hablo, mientras supe de él y lo busqué y encontré y obtuve, mientras lo leí y cuando lo terminé y quedé exhausto, demolido, maravillado, y hasta en ocasiones posteriores es también la historia que ocurrió si por un azar conocí al autor en algún momento y ese encuentro recuperó al menos una parte de la felicidad del libro -creer que los escritores son gente siempre estupenda es como creerse que en el porno todos los orgasmos son ciertos o que todos los negros de las películas de Tarzán morían al caer por el precipicio-.

Por eso me resulta tan insoportablemente difícil hablar a otro de un libro. No conozco a nadie que pida consejos del tipo recomiéndame una amante; es más, nadie -creo- presta a sus amantes, motivo suficiente por tanto para negarnos al préstamo de libros. Los libros son para mí una geografía de los sitios que amo. No las mismas cosas, visitar Halong, el porno, las pelis de Tarzán, un jersey azul tinta, el mismo libro,  hacen felices a dos personas. El amor es un misterioso fenómeno, de naturaleza poco controlable.

 Cedo en cualquier caso, recomiendo libros, intento saber talla, sexo, altura, cuando sucede, digo un título, dos, tres. Sin esperanza, confieso, la mayoría de ocasiones. Sin preguntar después, sin querer saber si se han fotografiado junto al Empire o junto a una marquesina de autobús sucia, anónima, de cualquier ciudad. Y a veces también regalo libros; poco, intento, pues me resulta uno de los regalos más íntimos que puedo imaginar, no sé, como colarse en el desfile de Navidad de Victoria´s Secret a regalar ropa interior a las modelos, un ejercicio de riesgo en el que encima no llamarías después a preguntar cómo les quedaba la lencería -el ejemplo quizás no sea bueno, pero la idea de colarme en ese desfile me parecía sugerente-; pero a veces, a veces pasa; quiero decir que alguna llama, una de las modelos con su lencería: a veces alguien lee un libro cuyo título tú has pronunciado para él por vez primera, que quizás le has regalado, y te cuenta cosas de él, sin ánimo forense alguno, en términos de puro y simple enamoramiento. Entonces, yo que he viajado poco, me siento como cuando miro una de esas fotos que la gente cuelga, y reconozco el lugar como uno de los pocos en los que he estado, uno de aquellos lugares en los que fui feliz.

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5 respuestas a Esos lugares en los que fui feliz

  1. Mariola Naranjo dijo:

    Gracias por saberte mi talla, sexo y altura.

  2. Luis Gragera dijo:

    Entonces a lo de pedirte que me dejes un libro….´
    Le veo lagunillas, ¿ no?

  3. jose manuel lopez vega dijo:

    Un pasillo delimitado por sendas rejas. A un lado, un hombre preso. Al otro, mientras el funcionario de prisiones pasea arriba y abajo, su hijo de 11 años. Se aproxima la Navidad de 1974, no hay perspectivas inmediatas de libertad.

    El preso pregunta a su hijo qué está leyendo. “Cien años de soledad”, responde. El preso, ahora más en su papel de padre, le pregunta si es lectura ajustada a su edad. Y empieza a interrogarle, suavemente, como si nada, acerca de los personajes, de sus emociones, de la vaga trama política que respira, allá al fondo. Y el niño responde a todo, y usa palabras como “desmesura” o “estirpe”, y el preso se percata de que ¡coño!, la infancia de su hijo se le ha escapado un poco.

    Pero el niño siente que ha entrado en otro mundo, el de los adultos, donde suceden cosas horribles, por ejemplo que su padre esté encarcelado, pero también donde se escriben pensamientos complejos con bellísimas palabras.

    Ya no soy aquel niño, sino un médico de casi 50 años, pero no tengo duda de cuál es mi libro, si es que una vida se puede subsumir en un solo libro. Y nunca he dejado de recomendarlo, pero naturalmente restringiendo el consejo a quienes pueden entenderlo cabalmente, con toda su profundidad emocional.

    • Mariola Naranjo dijo:

      Me alegra verte por aquí, JMLV, afortunadamente la literatura hace extraños compañeros de viaje. ¿Q tal vas en El Diario Montañés?

      • jose manuel lopez vega dijo:

        Dom Parsley está finiquitando otra novela de las suyas. JMLV acaba de publicar “El hueso rocoso de la aceituna”, sobre la enseñanza del inglés, en Diario Montañés. Si me das tu e-mail, puedo remitirte un pdf.

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