Comprar un jersey

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Reviso hoy el concepto imprescindible porque abro la prensa y tropiezo sin cesar con la palabra, y a medida que la leo y leo se abren surcos, y enormes grietas, agujeros, simas, por los que siento que de modo inevitable -la revisión de este concepto es cosa de otro día- se desliza mi vida hacia el vacío, por no tener, porque nos ha sido mandado necesitar y estamos huérfanos, una orfandad incomprensible -la revisión de este concepto es cosa de un día posterior a la revisión del concepto inevitable- por sencilla de evitar, y basta por ejemplo pulsar botones de una máquina para tener una aplicación imprescindible, o correr a una tienda de esas que te hacen sentir como en casa, correr a un Zara por ejemplo -uno entra en Zara en Tokio asediado por la incomprensión del lenguaje y de los gestos y del paisaje y de pronto es como si entrase en el salón de su abuela en Almería, y se quedaría allí toda la tarde, mirando las etiquetas en las que pone Zara en español y mirando la ropa con la sensación que estar en el sofá archivisto que ha aprendido el hueco de nuestro cuerpo desde pequeños-, estaba corriendo a Zara antes de la digresión, decía, por las calles aneonadas y repletas de Tokio o por las de mi propia ciudad y llego a Zara, y entre las perchas buscar un jersey azul tinta con cuello de pico que este año será desde luego imprescindible, y apretar el jersey contra mi cuerpo una vez pagado y sentir entonces que he logrado tapar una fuga por la que se adelgazaba mi existencia.

Decido hoy que debo revisar el concepto imprescindible porque el concepto se ha vuelto asimilable a un motor viejo en el que al apretar una pieza otra se suelta, y de pronto ceso de apretar el jersey porque acabo de ver ahora una americana de tweed que según me dicen me debe resultar imprescindible -uso símiles textiles o tecnológicos porque si usase literarios podría entrarme mucha risa y estropearía el texto tanta risa, tanta aliteración de jotas, que sólo está permitida con cierto límite en los jamones- pero mi tarjeta ya no da más de sí y entonces otro trozo del glaciar de la felicidad se desploma y un frío de mar helado me inunda el pecho y nada me consuela, ni tan siquiera el azul tinta. Y sentado bajo un ficticio y acogedor escaparate decido que debo revisar hoy el concepto imprescindible, someter a la humanidad a mi propia tiranía de enumerar objetos, imágenes, gestos, que de un modo u otro resulten, levemente al menos, imprescindibles, y digo levemente porque los asuntos que tienen que ver con glaciares, con el cambio de estado en la acepción decimocuarta de la RAE, tienen una estabilidad frágil y efímera, la felicidad, decía. Pero antes de decía había dicho imprescindible.

Es imprescindible llorar.

Un beso en una tarde de levante es imprescindible.

Es imprescindible tener a quien dar ese beso, o tener al menos la confianza idiota y desinformada a veces que es la esperanza de darlo.

Es imprescindible la luz.

La oscuridad que da sentido a la luz es imprescindible.

Es imprescindible reivindicar lo automático: por ejemplo latir. Por ejemplo respirar.

El dolor es imprescindible, me temo que lo es.

Es imprescindible caer rendido ante un libro. ¿Lo es? Sí, lo es, porque permite diferenciar ser de existir, y aunque haya dicho que es imprescindible reivindicar lo automático, por ejemplo existir, también lo es alzar lo automático del suelo y hacerlo consciente, y habitar de modo consciente las metáforas.

El olvido es imprescindible; ¿cómo si no dar vida al recuerdo?

Es imprescindible la risa. Y oír la risa de otros.

Hablar del tiempo es imprescindible, porque en realidad hablamos de nosotros mismos.

Y entre otras muchas cosas, entender que todo lo imprescindible es enormemente pasajero y mutante, un disfraz barato, un truco de tahúr para alejar la muerte, debiera ser, sin duda, imprescindible.

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